Llegar a casa un Viernes Santo sin haber esperado a la recogida de la procesión, sin haberle cantado la Salve a la Soledad en el día en que la he visto mejor que nunca, en un trono sencillamente espectacular.
Llegar a casa y no tener que quitarse la capa, dejar el capuz, soltarse (con cierta dificultad) el fajín, dejar a la vista los guantes para el Sábado Santo, quitarse la túnica y luego soltarse las sandalias, notando cómo han dejado su marca sobre los calcetines, y cómo tus pies siguen notando su presencia aun cuando ya no las llevas.
Llegar a casa sin haber estado pendiente del Sudario toda la procesión, sin estar concentrado en no perder la alineación con el de al lado y mantener la distancia con el de delante. Sin haber escuchado 'Santa Agonía' más que un par de veces. Sin sudar.
Llegar a casa tras haber contemplado completa la mejor procesión del mundo. Tras haberse maravillado al ver llegar al Jesús en su trono de la Casa Granda. Tras haber visto pasar a los Granaderos y el Cáliz. Y el Expolio. Y el Descendimiento, que es algo que uno no puede ver normalmente.
Llegar a casa y haber visto pasar a la Agonía. He aguantado bien, aunque al principio casi que no, pero luego sí. Y es alucinante ver cómo es el trono de espectacular desde los ojos de un espectador.
Llegar a casa tras haber visto la procesión desde el único sitio en que un marrajo historicista podía verla en un año en que no puede salir en ella: en Santo Domingo, entre la puerta de la iglesia y la de la capilla marraja.
Llegar a casa tras contemplar la sorpresa y el gesto de cuantos pasaban ante la capilla marraja (desde dentro o desde fuera de la procesión) y veían su puerta abierta, y tras ella la impresionante imagen de la Santísima Virgen de la Soledad de los Pobres, que hoy presidía la capilla del Nazareno tras el dintel de la puerta y sobrecogía a cuantos la contemplaban al paso del cortejo del Santo Entierro.
Llegar a casa y ponerse a escribir en internet, cuando sabes que no se ha cantado la Salve, pero cuando eres plenamente consciente de que si la procesión de hoy no hubiera sido la del Santo Entierro no hubieras podido ir a verla, que el cuerpo tiene sus límites y sólo se pueden sobrepasar con un motivo tan justificado como éste. Que lo era.
Llegar a casa sin tener la necesidad de descansar como sea para la procesión de la Vera Cruz. Sin estar pensando en el tercio y en su desfile. Sin pensar en el recorrido y en las cosas que cada año te sorprenderán.
Llegar a casa y no ver -ni haber visto en toda la semana- ni un solo traje de capirote colgado de su percha, cuando hace nada veías cuatro (bueno, tres de capirote y uno de monaguillo). Menos mal que mi hermano ha tenido el detalle de venir a vestirse aquí, aunque no he tenido fuerzas para estar pendiente. Pero se lo agradezco.
Llegar a casa después de tomarme dos asiáticos, una cocacola y un paracetamol como doping innecesario, porque el necesario es el tambor, que es lo que verdaderamente despierta la procesionina, esa hormona extraña de la que escribía hace unos días.
Llegar a casa y contar los días que faltan para que vuelva a ser Viernes Santo. Bueno, en realidad esto no es raro, es lo normal. Y quedan pocos. El 29 de marzo, si los mayas no lo impiden. O sea, que once meses y poquito. Me gusta. Sed buenos.






