En mi niñez a las azoteas las llamaban "el terrao". Ni siquiera "la terraza", no, "el terrao", que es como más castizo. Pero eso era en mi niñez, porque ahora, lo que se lleva son los áticos, y entre éstos o los aparatos de aire acondicionado, se han comido no solo un elemento estético, sino incluso un elemento costumbrista donde los haya: el mundo de las azoteas.
Muchas veces, en mis elucubraciones sobre cómo sería la Tri en el siglo XVII (mi favorito) he soñado con que pudiéramos tener una herramienta tipo Google Maps en la que ir, a base de zoom, viendo la fisonomía de la ciudad (de las ciudades) en esa o en cualquier otra época. Y en dicho escorzo imaginario siempre he pensado que, a buen seguro, se mantendría una visión cenital de la ciudad muy similar a la de la época de los moros, con esas azoteas planas y con vida. Nada de tejaditos a dos aguas, que aquí no llueve para eso ni ahora ni en los siglos pasados.
Vida. Eso es lo que tenían aquellos terraos. Y no por las jaulas de palomas o de pájaros que había en el de mi abuela Carmen, que tenía un vecino con aquellas aficiones. Ni siquiera por la ropa tendida en los cables -que no cuerdas- que los cruzaban de lado a lado. O por los trasteros, no. Tenían vida porque la gente los hacía propios. Desde las conversaciones de vecinas -del propio terrao o de alguno cercano- a los ratos en que se subía a los mismos a tomar el fresco en las noches de verano. Alguna que otra fiesta o guateque -que se decía en los tiempos preconcepcionales del bloggero- o algún encuentro fugaz -o no tanto- entre parejas de amantes.
El cine -ya se lee- ha puesto guión y contenido a aquellos escasos recuerdos infantiles míos de la mera existencia de aquellas azoteas. Películas de una España que ya no existe -dicen- o incluso de países cercanos, porque el cine italiano tiene también un buen puñao de azoteas en su filmografía. De unas azoteas de intensa vida social, no como las turcas que sólo acogen persecuciones de espías americanos en el cine.
Y a mí me gustan esas azoteas. Claro que a mi contraria le gustaría que tuviéramos un ático en una de ellas, pero lo que es a mí no me importaría compartir con mis vecinos algo de vida en el terrao. Que el mío -que el edificio donde habito lo tiene- no es utilizable entre el sonido de los motores de los ascensores, el de la calle, los aparatos de aire acondicionado, los cables de las antenas -parabólicas o no- y la grava (por cierto, me encanta la definición de esta palabra en el DRAE como "conjunto de guijas") que hace las veces de filtro para el sofisticado -y caro- sistema que evita que se filtre agua en los pisos superiores cuando llueve. Las terrazas ya no son lo que eran. Curiosamente, eso sí, no sé si os habéis fijado pero llamamos terrazas, por su vida social, a las mesas que ponen los bares en la calle y que en verano se ponen de bote en bote. Por algo será.
Pero ya no hay vida de azotea, de terrao, en North Cartagena, como tampoco la hay ya en la Tri. Se murió casi tanto como la costumbre -más de pueblo o huerta que de la ciudad de mi infancia- de sentarse en la puerta de la calle, en aquellas sillas de madera y esparto a cotorrear un poco con las vecinas. La de barrer la puerta, que era una de las aficiones más traídas de las señoras de aquellos carriles, que aprovechaban el momento de echar un poco de agua (con la mano, desde el cubo, nada de mangueras) y pasar la escoba para controlar hasta el último mosquito que pasara por su entorno. ¿Véis? Eso no lo tenían los terraos, porque de allí se podía ver un poco lo que pasaba abajo -además desde el anonimato-, pero era como más distante y daba lugar a un mayor ejercicio imaginativo de nuestras abuelas cuando se ponían marujas.
Así que entre que los niños han perdido la calle y los mayores los terraos, no era de extrañar que inventaran Facebook y similares, que son como los terraos de antaño, donde en lugar de ver la ropa tendida de la vecina, uno ve sus fotos y comentarios. Pero en versión menos castiza.
Yo, sin embargo, hubiera disfrutado un montón con la vida de los terraos que uno imagina. Compruebo, eso sí, que la palabra terrado viene en el Diccionario de la RAE como sinónimo de terraza, de cubierta de un edificio, así que no es un cartagenerismo como pensaba.
Fotowiki: Mujer y niña en una terraza, de Berthe Morisot (1873), en el Instituto de Arte de Chicago.





