sábado, 10 de noviembre de 2012

Donde no sé si escribo sobre censura o sobre buen gusto

Hubo un tiempo -lejano, ciertamente- en que la prensa no publicaba malas noticias. Y si lo hacía era para dedicarle un espacio mínimo, superficial. Incluso cuando había grandes tragedias, éstas apenas eran mencionadas en alguna esquina de página, sin grandes titulares, sin fotos. Puede que haya excepciones, sin duda, pero cuando he ido a las hemerotecas a buscar cómo aparecieron algunas de aquellas desgracias, apenas he encontrado más que unas pocas líneas.

Ignoro cómo trataba la cosa la tele, aunque teniendo en cuenta de que entonces sólo había una, y ni siquiera contaba con centros territoriales, probablemente fuera algo parecido  a lo anterior. Información, discreción, respeto y silencio. Y de lo que hacía la radio sólo he oído hablar de la respuesta a la tragedia, no de la información de ésta. Porque nadie recuerda los informativos informando de las tragedias, pero sí se ha escrito, y mucho, de las campañas para ayudar a los damnificados, del aspecto positivo y solidario de la sociedad. Una radio donde se vendía más -intuyo- la cara amable del que ayuda que la triste y llorosa del afectado.

De lo que no me cabe ninguna duda -a las pruebas me remito- es que si alguno de aquellos trágicos momentos hubiera sucedido hoy, habría páginas y páginas dedicadas a ello. Fotos (en algunos casos absolutamente necrófilomorbosas) en color y especiales de radio y televisión. 

Y sí, me surge la duda. Porque no sé si aquello era censura o no. Si el Gobierno del General Superlativo imponía a los medios que no se dieran noticias malas y así todos pensaran que la unidad de destino en lo universal marchaba gloriosa e invicta siguiendo sobre el azul del mar el caminar del Sol o es que hablar de aquello, simplemente se consideraba de mal gusto.

Sí tengo claro que había sucesos que se divulgaban. Había incluso un semanario específico para ello: El Caso, un periódico que se publicó entre 1952 y 1987 y que era truculento a más no poder. No lo leí nunca, pero los críos de mi generación, cuando alguien se ponía morboso decíamos que parecía que estaba contando cosas del Caso. Y escarbando en mi memoria, tengo la sensación de que el interés por los sucesos se limitaba en aquellos años a los lectores del semanario mencionado, que por cierto eran considerados un poco raros, casi unos freakys, si es que entonces esa palabra hubiera estado en el vocabulario español, que ni de coña. Unos marginales.

O sea, que publicarse muertes atroces, asesinatos, vísceras y sangre, sí se publicaban. Pero la prensa seria no lo hacía. Daba cuenta de la noticia, pero con un gusto exquisito, sin cebarse, sin buscar detalles y sin publicar fotos ni extenderse varios días con las repercusiones. Por supuesto, y en ninguna cabeza cabe pensar lo contrario, no se entrevistaba a los familiares de las víctimas ni se relataban las páginas de los diarios de los finados, que venían a ser en cierto modo el facebook de la época.

Y como digo, no sé si aquello era impuesto por el Gobierno o era la Sociedad la que demandaba esa actitud en los medios. O simplemente es que imperaba un concepto del periodismo muy distinto del actual.

Y aunque me gane algún comentario despectivo o algún unfollow por ello, debo decir que si era la primera opción, no me parece que fuera la peor de las censuras. Ni criticable, oye. Si era la segunda, es una lamentable muestra para constatar la decadencia de la sociedad actual. Y si es la tercera, pues sería para mirarse cuándo y porqué cambió el concepto y quién o quiénes son los responsables. Y acto seguido juzgarles por crímenes de lesa humanidad.

Fotowiki: Mickey Dugan, el Chico Amarillo, el personaje de comic que dió origen al término de Prensa Amarilla. Se publicó en las Colonias Escindidas en los diarios de esos dos pájaros llamados Pultizer y Hearst entre 1895 y 1898.

martes, 6 de noviembre de 2012

De cuando mi hermana pequeña puso una foto en Facebook


Hubo un tiempo, little sister, en que al mirar por esa ventana, no se veían tantos edificios. Un tiempo remoto, aunque no tanto, en el que incluso las calles de Ciudad Jardín no estaban asfaltadas. Luego las asfaltaron, es cierto, y no sé por qué aquel asfalto tenía un tono verde. Me acuerdo perfectamente.

En algunos veranos, cuando no había que ir al colegio y no chapoteábamos en aguas playeras (tu amada urbanización en territorio murciano extrañamente ubicado en los mapas de la provincia de Alicante, ni existía en nuestra memoria), en algunos veranos, digo, una diversión posible consistía en contar cuantos coches se veían aparcados en aquellas calles que aún tenían nombres hoy proscritos. Y aunque no te lo creas, los domingos del verano sobraban dedos en las manos para contar el número de vehículos.

A lo lejos se divisaba con nitidez la fachada de la iglesia de Los Molinos, esa tan original que en lugar de estar dedicada al Sagrado Corazón de Jesús lo estaba al de María. Por cierto que en aquellos tiempos, si bajabas andando veías en las puertas de tus futuros vecinos más de una y más de dos efigies plateadas del Sagrado Corazón clavaditas en sus puertas.

A la derecha, más allá de José María Lapuerta, no había ni un solo edificio y se veían, y muy bien, unos cuantos árboles entre los que tus hermanos sesenteros de nacimiento veíamos pasar el tren cuando llegaba a la Tri o salía de ella. Y se le oía pitar cuando se aproximaba al afortunadamente desmantelado paso a nivel del Barrio Peral.

Si te fijas bien, te darás cuenta que antes de Urbincasa y llegando a la parrroquia de San Fulgencio, hay unos edificios en torno a una plaza que, no sé muy bien porqué, se llama de las Salesas. Pues ahí, cuando yo tenía la mitad de años que tus sobrinos "ya natos", ponían el circo. Sí, ahí cerquita. Que menuda expectación cuando te lo encontrabas una mañana antes de ir al colegio ya plantado. Porque los circos crecían por las noches de la nada, sin que los vieras venir ni te dieras cuenta de cómo los montaban, de cómo nacían sus carpas. Zas y ahí estaban. Y ojo, que tal y como aparecían, volvían a esfumarse sin necesidad de nieblas y humaredas. Que la Tri no está junto al Támesis ni es escenario de películas de Amenábar. Te acostabas y al despertarte ya se habían ido a sorprender a los niños de otra ciudad.

A la izquierda, cuando aún no me habías provocado el vértigo que me acompaña desde 1979, me doblaba sobre la barandilla para tratar de atisbar la Alameda, más allá del Economato de Marina. Y no se veían casi edificios hasta llegar a ella. Y desde luego no eran altos, para nada. Que me acuerdo cuando construyeron el más antiguo de la zona, el que hay enfrente de la Parroquia (que no sé si ya lo era cuando a tu padre lo precedía en ella Don Joaquín como párroco laico) en la esquina con la calle dieciocho.

Y por supuesto no estaba el cortinglés, y por ese lado se veía con nitidez el entorno del Hospital de Los Pinos. Y al fondo, la calle Burgos, de inolvidable olor de paseos nocturnos que bien te puede contar tu hermana mayor. Un olor que a veces -no muchas- llegaba hasta esa ventana de la foto.

En fin, que esos paisajes siempre estuvieron allí. Al menos desde que Dios creó el mundo en julio de 1967 (que antes no tengo constancia de su existencia). Los puedes ver en varias fotos en que yo era más pequeño y delgado, incluso vestía un curioso uniforme de camisa celeste y corbata roja. Y en esas casas vivía gente que ya no está, pero como ya habré hecho que llores no te voy a dar más datos. 

Besos. Tu hermano mayor.

Foto: La que hace un rato ha puesto en Facebook mi hermana Camino, a la que le debía una entrada bloggera.

lunes, 29 de octubre de 2012

Donde se escribe de reyes y cementerios

Los españoles somos así. Puñeteros y un poquico xenófobos. Tenemos nuestras costumbres, y no nos gusta que nos lleven la contraria en éstas, por más razón que tenga el fulano de tal. Sobre todo si el fulano de tal viene de fuera. Que se lo digan si no a una tal Angela Dorothea Kasner (ex-señora de Ulrich Merkel), que la ponen bonica en estos lares a fuerza de querer que nuestro Estado cueste menos perras.

Resulta que a Carlos III lo consideramos "el mejor alcalde de Madrid" y un rey chachi. Le hacemos monumentos y le ponemos su nombre a las plazas, las calles y hasta los cines. Mientras, a su más famoso ministro y eficaz servidor, Leopoldo de Gregorio,  que no hacía sino lo que le gustaba a su señorito, no lo lincharon en las Españas porque cogió a tiempo un barco en la Tri (cómo no) y salió zumbando de vuelta a Italia como embajador. Sí, obviamente me refiero al que fue más conocido con su título de Marqués de Esquilache.

Que nuestros mandamases pueden ser buenos o malos, pero tienen que tener una denominación de origen subpirenaica. Que, ouija mediante, le pregunten si no a un tal Joseph Bonaparte, que quisó llamarse José I y se quedó en Pepe Botella, siendo bastante mejor monarca que el imbécil de su antecesor y sucesor, por muy madrileño que fuera aquel y hubiera sido nacido en San Lorenzo del Escorial, que ahora es donde entierran reyes, y antes donde los parían.

Y aunque no siempre les hacemos caso, como digo, si el baranda es tonto se le perdona si es nuestro baranda. A los de fuera nos acordamos facilito de sus ancestros. Y de eso va esta entrada, de los muertos. De sus entierros. De cementerios y otras criptas.

Resulta que en esos tiempos tan bonitos del Barroco, cuando Salzillo hacía santos de palo y se fundaban cofradías que aún subsisten en esta, nuestra Diócesis, las iglesias echaban peste. Tal cual. Que oye, llegaba la señora de Murcia de toda la vida a rezar un poquico y era entrar por la puerta y el olor la tiraba para atrás. Hay quien dice incluso que la proliferación del incienso en los templos no fue si no una manera de intentar que la peña no saliera corriendo de éstos antes de que el cura dijera el pertinente 'Ite Missa Est'.

Y es que en aquellos tiempos a los muertos los enterraban en las iglesias. Bueno, a los que tenían pecunio suficiente como para hacer frente a los gastos, que por entonces no existían los seguros de decesos. De eso se encargaban, caso de no poder pagar, por ejemplo, las cofradías. Y si no, pues allá cada uno. Que constancia de muertos de baja alcurnia pudriéndose por los caminos, haberla, hayla.

Pero tuvo que ser en tiempos de Carlos III, con sus costumbres italianas, cuando la cosa empezó a cambiar. O al menos a intentarlo, que ya he dicho que aquí, eso de las cosas de fuera, como que no. Y aunque no es de extrañar que al mencionado monarca le llegaran informes de todo tipo sobre la situación de los muertos, las iglesias y los olores, tras lo de marzo del 66, al Borbón le costó tomar alguna medida al respecto, sobre todo dada su mala relación con el sector más rancio de la Iglesia patria a raíz del afamado Motín.

Con todo, lo intentó y el 9 de diciembre de 1786 promulgó una Ley sobre cementerios y entierros. En ella decía que "se harán los cementerios fuera de las poblaciones, siempre que no hubiera dificultad invencible o grandes anchuras dentro de ellos, en sitios ventilados e inmediatos a las parroquias y distantes de las casas de vecinos, y se aprovecharán para capillas de los mismos cementerios las ermitas que existan fuera de los pueblos, como se ha empezado a practicar en algunos con buen suceso". Se libraban de la cuestión las criptas de los monasterios y las capillas de los nobles en algunas iglesias.

¿Caso? El justo. Al personal le dió por decir que a ellos los enterraban en sagrado y no en cualquier sitio. En 1787 y 1796 volvieron a legislar al respecto. Ni flores. Carlos IV lo volvió a intentar, antes de que llegaran los gabachos, pero tuvo que ser por narices bajo el reinado de José I cuando se construyeron más cementerios. ¿El motivo? Ni de coña hacerle caso al francés, lo que pasa es que las tropas imperiales se cargaban a tantos propios que ya no cabían en las iglesias. Y así, pues claro, se construyeron cementerios -provisionales, eso sí- a toda velocidad. Y no digamos luego cuando Mendizábal se dedicó a cerrar iglesias conventuales. No había hueco para los muertos en los templos. Y todo el reinado de Isabel II siguió contando con normas que obligaban a la materia, pero ésta no terminaba de cuajar.

Si nos ceñimos a la zona, me viene a la memoria que en la Tri la calle de San Miguel se abrió para separar los enterramientos del cementerio situado junto a la iglesia de Santa María de ésta, toda vez que al parecer se habían acostumbrado ya a que dentro del templo -incienso mediante, intuyo- ya no cantara tanto la putrefacción de los exrecipientes de almas.

Pero eso sí, en la Tri, el Cementerio de Nuestra Señora de los Remedios no se comenzó a construir hasta 1866. El de Nuestro Padre Jesús de Espinardo, en North Cartagena tardaría aún siete años más en iniciarse, inaugurándose en 1887. Y en Lorca el de San Clemente se abrió en 1900.

Así que, como aquel que dicen, llevan abiertos cuatro días. Eso sí, imagino que esa costumbre tan atávica de ir a visitar a los difuntos, llevarle flores y pasarle un trapo a la lápida ya existiría antes. Que aquí somos muy propios para esas cosas. Aunque algunos prefiramos (aunque sea para uso propio) que prolifere la costumbre de quemar a los finados y se coloquen los pertinentes columbarios en las iglesias. Al menos en cierta capilla de cierta iglesia. Aunque tampoco hay prisa, ciertamente, que así no me muero. Ea.

Fotowiki: Será de lo más protestante, pero a menda, caso de optar por la sepultura y no por la incineración, le ponen mucho más los cementerios de las Colonias, con sus lápidas sobre la tierra, sobre el verde cesped como en el Cementerio Militar de Arlington (Virginia).

miércoles, 24 de octubre de 2012

Licencia para pecar... o no

Puede que al bloggero le diera por suponer que a alguno de sus lectores le gustara hacer fotos. Incluso puede que no tenga que suponerlo y que se lo sepa a pies juntillas. Pero lo que sí que podríamos imaginar es que alguno de vosotros se dispusiera a hacer una foto con tan mala suerte de pegarse un castañazo del quince y acabar en el suelo. La maldita búsqueda del plano bueno o de la perspectiva imposible.

Golpetazo, cámara hecha mistos, aullidos de dolor y para colmo, las dos piernas -las dos- magulladas y doloridas. No es algo grave. No requiere operación. Quizá sólo es una pequeña fisura, pero como ahora los médicos se la cogen con papel de fumar (para evitar demandas de esas que proliferan por doquier) no se le ocurre otra cosa al tipo que te trata en urgencias (elíjase el Hospital) que escayolarte las dos piernas. Ea. A la silla de ruedas. Porque con una escayolada y unas muletas como que te apañas, pero con las dos metidas en yeso no hay más opción que la silla de ruedas (toda vez que las sillas de mano y las gestatorias están demodé).

Baja médica (bella señal de que laboras) y confinado en casita. Emparedado como Don Mendo, aunque con puertas en los muros que no puedes traspasar.

Intuyo (no sé por qué) que una baja prolongada termina por aburrir. Y aunque el médico ha dicho que en principio serán sólo tres semanas de castigo, al final no es plan de estar todo el día viendo la tele o conectado al ordenador, y me temo (intuyo) que hay momentos para el aburrimiento. Además, como suponer es gratis, digamos que hace bastante calor, porque -no lo había dicho- todo eso os pasa en pleno verano. Las ventanas abiertas para que corra el aire, un poco de ruido de la calle y a soportar el tedio cotidiano. Sin más.

Pero al igual que a unos les da por peinar bombillas y a otros por garbillar agua, a vosotros puede que os diera por mirar por la ventana. Al fondo y a no mucha distancia, quizá a través de un gran patio de luces, la parte de atrás de otro edificio. Decenas de ventanas. Abiertas. Indiscretas. Y a lo tonto tonto os ponéis a observar a los vecinos. Y os aficionáis a ello. Los vais reconociendo, les ponéis nombre. Conocéis sus costumbres y cuando os queréis dar cuenta, ya no estáis mirando simplemente apoyados en el dintel, sino que os habéis hecho con unos prismáticos, o un teleobjetivo que os permite llegar hasta el último detalle. 

Y en tres días ya no os centráis en si la del quinto está haciendo la comida mientras discute con los zagalones y espera que su Pepe llegue de currar. Ni en que la señora Gertrudis se pone a tender la ropa, procurando que las sábanas camuflen a ojos ajenos la ajada ropa interior que procura colgar de las cuerdas interiores.

Os percatáis de que Anita está perdida en su habitación sin saber qué hacer, entre un montón de discos revueltos, y enciende el televisor, se pone a fumar, toma una cerveza para merendar y se pasa las tardes hablando con una pared.

Al final de lo que estáis pendientes es de si la nena de los Plómez anda en sujetador por su habitación o de que una tarde salió de la ducha con una toalla que casi le dejaba ver de todo. Y que para colmo se puso en el ángulo muerto para quitársela. La muy pérfida.

Al final no sois unos simples mirones, sois unos puñeteros pervertidos.

Salvo que alguien mate a alguien, os llaméis James Stewart y lo cuente Hitchcock. Entonces no sois unos sátiros. Entonces lo vuestro estaría con todo orgullo en la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos como un "ejemplo cultural significativo". Ahí es nada.

Fotowiki: 'Rear Window' ('La Ventana Indiscreta'). Sir Alfred Joseph Hitchcock, 1954. Ahora les ha dado por descubrir que al sátiro de Leytonstone le gustaban más las chatis que comer con los dedos. A estas alturas... Anda que...

jueves, 11 de octubre de 2012

Que trata del asesinato de un general cuando iba a viajar a Cartagena



Madrid, 27 de diciembre de 1870
19,30 Berlina del Presidente del Consejo de Ministros
Trayecto del Palacio de las Cortes al de Buenavista


Bueno, éste tipo es un imbécil, por muy jefe de los republicanos que sea. No se entera de que las cosas están cambiando en buena dirección, y de que hace un mes que tuvimos 191 votos para elegir a Amadeo como nuevo rey. Ni República, ni federal, ni nada de nada. Que para eso no triunfamos en La Gloriosa hace dos años, sino para hacer las cosas bien. Y hacer las cosas bien es que el de Saboya sea investido rey y yo siga como Presidente del Consejo de Ministros. Y que no me retenga cuando voy a montar en el coche para irme. En fin, que se quede en las Cortes, y a ver si el cochero no tarda en dejarme en mi residencia.

No me termina de convencer que el domicilio oficial del Presidente del Consejo esté en el Palacio de Buenavista, compartiendo espacio con el Ministerio de la Guerra. A Paca y a los niños les asusta ver tanto soldado. Y menudo lío que hay montado con esa idea de trasladar la fuente de Cibeles que tenemos en la puerta al centro de la plaza. Me temo que al final se saldrán con la suya, y en lugar de llamarla plaza de Madrid, la llamarán con el nombre de esa diosa romana... Tiempo al tiempo.

En fin, me da tiempo de leer unos papeles antes de llegar a casa. ¿Qué es esto? El informe sobre el viaje de mañana. Hay que reconocer que Ángel González Nandín es un magnífico ayudante. Muchas gracias, Nandín. A ver. Hace sólo cinco años que se puede viajar en tren de Madrid a Cartagena, pues mira que bien. Desde el 27 de abril de 1865. Eso fue, creo recordar, apenas unos días después de que asesinaran a Abraham Lincoln. Menos mal que eso de los magnicidios es cosa de los americanos. ¡Qué ridícula la exreina Isabel II! Pues no inauguró la línea en una de las dos estaciones de Murcia (la que llaman del Carmen) el 24 de octubre de 1862, cuando ni siquiera habían terminado de poner las vías. Con el nuevo rey no haremos esas tonterías, llevaremos más cuidado.

Uff. La salida está prevista mañana a las 11,15 desde la Estación de Atocha y aunque han asegurado que el tren en el que viajo llevará la locomotora francesa que le compraron a Ernest Goüin en 1863 y que es la más nueva que tienen en la MZA, son casi veinte horas hasta llegar a Cartagena. Y eso si no hay imprevistos. Bueno, en cualquier caso, el 29 por la mañana estaré allí, y el rey no llega hasta el 30. Tendré tiempo de descansar, aunque me imagino que las autoridades de allá habrán previsto algo para saludarme y todo eso. Al menos espero que no sean demasiado pesados. Topete los conoce, que estuvo allí, le preguntaré a ver.

Espero que Paca no haya ordenado al servicio que preparen nada mexicano para cenar. Que ya le he dicho muchas veces que la comida de su país es demasiado fuerte aquí, y que prefiero que Juanito e Isabel conozcan las cosas típicas de España. Por cierto, aunque la exreina sea la madrina de la chiquilla, no sé yo si Isabelita debería cambiarse de nombre, ahora que ya no están los Borbones. Ocho años tiene ya la cría. Y Juanito, doce. Cómo pasa el tiempo. 

¡Qué manera de nevar! No sé yo si los dos caballos van a acabar patinando. No recuerdo una nevada como ésta en tiempo. Ya ni siquiera se aprecia el color verde de la berlina y sólo hemos llegado a la calle del Turco.

¿Qué pasa? ¿Qué dice el Coronel Moya? Hay tres individuos que parecen armados. Moya dice que me baje, que disparan... El cochero trata de golpearlos con el látigo. Son trabucos. Disparan. El cochero consigue que huyamos. Me han herido. Me duele el hombro izquierdo, y el pecho. A Nandín también le han dado, ha tratado de protegerme con su brazo. Me arde la cara, pero ya estamos en casa. Puedo subir andando, quietos. Paca sale a la escalera. No te preocupes, que estoy bien. Cuida de los niños,  que no quiero que me vean así. Mi mano sangra cuando la levanto y creo que la he asustado más que tranquilizarla. Que venga el médico. Creo que tengo metido un trozo del abrigo de oso en la herida del pecho. ¿Quién habrá sido? Seguro que Montpensier o Serrano están detrás de esto. Qué desastre... Y el Rey llega en tres días. 

Juan Prim y Prats, presidente del Consejo de Ministros de España y ministro de la Guerra: Capitán General de los Ejércitos, Marqués de los Castillejos, Conde de Reus y Vizconde de Bruch falleció en Madrid el 30 de diciembre de 1870 a los 56 años de edad, tres días de ser tiroteado en la calle del Turco. En 2012 le están haciendo en Reus la autopsia para dilucidar si murió desangrado o como consecuencia de una infección.

martes, 9 de octubre de 2012

De cuando una verdad pasa ante tus ojos 24 veces por segundo

La verdad es que no tengo ni la más remota idea de cuántos fotogramas se proyectan en el cine cada segundo. Ni siquiera de si sigue existiendo el fotograma, porque desde que uno ya no ve los rollos grandotes esos de celuloide, no está muy seguro de que no los hayan sustituidos por deuvedés o el bluréis (o blureyes) y en realidad, cuando vas al cine, lo que ves, simplemente es una pantalla más grande y no necesariamente de mejor calidad que esas teles que ahora te venden para las casas. Pero como quería empezar esta entrada con alguna frase sobre cine pronunciada por un cineasta, pues no vamos a discutirle a Jean Luc Goddard si son 24 o 48. Aunque su concepto del mayo del 68 y esas cosas que tanto le gustan no sea mi predilecto, sobre todo desde que vi a Eva Green haciendo cochinadas dirigidas y pensadas por Bertolucci.

El cine. Ese gran invento. El cine, que para muchos es algo que dan por la tele o que te bajas de internet, pero que para los románticos sigue estando vinculado a las salas, a los cines (metonimia). A esos lugares que hubo un tiempo que ocupaban amplios espacios en las ciudades y que hoy se amontonan en centros comerciales de la periferia. A aquellos que fueron notables obras de la arquitectura y hoy son de diseño estandar destinadas a servir de caja de resonancia de altavoces a todo trapo-surráun.

Y la verdad es que uno podría parecer muy abuelo cebolleta si recordara las veces que fue al Principal (donde he llegado a ver desde la parchisera Guerra de los Niños y sus secuelas a comedias de esas que precedieron a los "pies americanos" en tiempos en que un instituto podía llamarse Angel Beach High School y tener no sé qué en relación a un cerdito. O incluso los últimos estertores de Cantinflas, que de todo hubo) o a la Sala Azul que había encima cuando dejó de ser sala equis, porque siéndolo no estuve nunca (ni me hubieran dejado, ciertamente, que no tenía uno años para eso). O al notable hecho de haber estado en uno de mis dos cines favoritos, el Mariola, un montón de veces, entre otras en el estreno en 1977 de 'La Guerra de las Galaxias', que por aquel entonces no se llamaba estarguars ni era el episodio cuatro de nada. (Digresión, acepto invitaciones a explorar la antigua sala del Mariola, hoy convertida en almacén comercial y buscar si queda en ella algún resto de su condición primera de patio de armas de un cuartel).

Recuerdo las matinales en el Carlos III (con Terence Hill y Bud Spencer dando vida al mítico y por mí venerado Corsario Negro salgarístico), cine al que acudí también a ver alguna ñoñería como 'La Guerra de Papá' o unas cuantas pelis de catástrofes de la serie Aeropuerto. Y el Máiquez, en su versión última en dos salas en las que una tarde de mediados de los ochenta decidí que era más interesante volver a ver a Brooke Shields bañándose en un lago azul que escuchar a algún profesor tratando de enseñarte algo. 

Recuerdo cómo daban y pulían cera en el Nuevo Teatro Circo, al que sin embargo identifico más con alguna película más subida de tono (del tono de entonces, que hoy no llamaría la atención ni en horario infantil). Y, como no, el mítico cine Central, probablemente la sala de más calidad artístico-estética de la Tri, que hoy duerme a la espera de (iluso que es uno) una recuperación soñada. En el Central vi el estreno de 'Superman' (¿en español lleva tilde en la a?), con una cola tan descontrolada que ciertos agentes de la autoridad vestidos  como el hombre de la novela de Sloan Wilson tuvieron que ordenarla en un pis pas, cuando ya rodeaba el extinto Puerto Rico.

O el moderno y flamante Alfonso XIII, que pasó de ser un ejemplo de modernidad e innovación a quedarse anticuado y desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. De allí podría hablaros de Drew Barrymore y sus juegos con un muñeco extraterrestre antes de hacerse mayor y ser Drew Barrymore y no la hermana pequeña de Elliot. Aunque también en el Alfonso XIII, como en el Mariola o el Nuevo Teatro Circo , recuerdo las sesiones de la Semana Internacional de Cine Naval y del Mar, nombre que, por cierto, me gustaba más que lo de ahora.

Y podría seguir con el cine de los Maristas los domingos por la tarde (la serie completa del Planeta de los Simios, Fumanchú y sobre todo el inspector Clouseau) o el de los Juncos, del que he escrito ya alguna vez. O de las salas de North Cartagena que visité en alguna ocasión (Salzillo, Rex, Floridablanca, Centrofama), antes de que con honrosas excepciones, todo aquello muriera a manos de lo que hay ahora, donde durante la última década he visto casi todos los estrenos de dibujos animados que en el mundo han sido (y poco más).

Pero me gustaba aquello de los cines con personalidad. Esas salas que se llenaban a reventar y donde uno disfrutaba de una buena película sin necesidad de hincharte a palomitas (que no recuerdo yo que vendieran). Y con un precio bastante más razonable que el de ahora, pese a tener más empleados.

Hoy aquellas salas en desuso son ya supermercados o tiendas. O acumulan polvo y ratas en locales cerrados esperando que, en tiempos mejores, alguien los convierta en supermercados o tiendas.

Quedan algunas abiertas. Y no sé a vosotros, pero me parece que están tristes. Sin renovar en años, avejentadas. Esperando la piedad de algún cinéfilo que aún sea capaz de adentrarse en ellas. Salas que languidecen como el personal que aún las habita, porque son las únicas en las que sus empleados parecen cumplir años, quizá porque no son empleos de seis meses para jóvenes. Salas en las que hoy uno ya no imagina a parejas jóvenes que se acurrucan en sus butacas y alternan las miradas a la pantalla con besos furtivos, sino que parecen destinadas a individuos solitarios, a tristes personas de ajada indumentaria que deciden vivir su soledad ante la gran pantalla.

Fotowiki: Cartelera en color de 'Una noche en Casablanca', de los Hermanos Marx. Si no recuerdo mal, es la última en blanco y negro que he visto en un cine. Fue en el Mariola, obviamente no fue en 1946, y no sé en qué contexto la dieron. Pero la dieron. Y fui.

jueves, 4 de octubre de 2012

Donde se cuenta que un General mistagógico creó un gorro y se puso una estación

Que los años treinta del pasado siglo fueron un poco insoportables, ya no hay quien lo dude. Y así bien que lo escribía el porteño Enrique Santos Discépolo, cuando en 1934, para referirse a la que en Argentina se llamó 'Década Infame' dijo aquello de que "el mundo fue y será una porquería", tal y como cantara Ernesto Famá por vez primera al año siguiente en la película 'El Alma del Bandoneón'. Porque, aunque algunos no se lo crean, el tango 'Cambalache' no lo cantó Gardel (que murió en 1935). Y en efecto, "el mundo era un despliegue de maldad imponente", cosa que ya nadie dudaba por aquel entonces.

Claro que todo aquello pasó en Ultramar, en una Argentina que hacía un siglo que ya no era española, y en cierto modo podríamos decir que de eso se libraron. Porque si la cuarta década del siglo veinte fue desastrosa, no creo que eso a los españoles les cogiera (término que no debería haber usado si siguiera hablando de Argentina) por sorpresa. Porque mira que ha habido siglos tontos, malos y negros, pero creo que ninguno tan claramente desastroso como el XIX español. No en vano acabaron, en 1898, hablando del Desastre: porque lo venían ensayando cien años.

Y es que entre reyes ineptos y reyes de importación, carlistos y cartontos, revoluciones y contrarrevoluciones, especulación inmobiliaria con pretexto desamortizador, invasiones de un señor de Córcega o los cien mil hijos de su respetable madre, aquel siglo en las Españas no hay por dónde cogerlo (que en este caso no sé si decir lo mismo de antes o aplicar el vocabulario mardelplático y decir que al XIX bien podían cogerlo por la cola).

Así que cuando uno se pone a mirar la biografía de un militar español de aquella centuria, más vale ponerse a temblar, porque por lo general, lo de menos es si valía o no, porque se ascendía más bien en función de si en cada una de las revoluciones y algaradas sucesivas se posicionaba del lado de los que ganaron -con razón o sin ella- o perdieron -incluso la razón-. Que entre eso y alguna incursión en las batallas del otro lado del mundo, componer una Hoja de Servicios intachable no estaba al alcance de casi ninguno. Eso sí, hay algunas cosas que permiten ver a un tipo inteligente entre las grandes hazañas bélicas que de él se escriban.

El protagonista de esta entrada tiene varias referencias de su buen criterio. En primer lugar, y como le pasó a más de uno de sus coetáneos, nació allende los mares, puesto que siendo hijo de militar, esas cosas podían pasarte con normalidad, y el que sería general Antonio Ros de Olano fue nacido en Caracas. Pero lo positivo a que me refiero es a que se dejó caer pronto por estas tierras del "sureste de España, junto al mar que la baña por la gracia de Dios". Porque el primer rasgo positivo que leo en su biografía es que, tras quedar huérfano de niño y formarse sucesivamente en Barcelona y -ya en la Milicia- en Madrid, el bueno de Don Antonio, Teniente Coronel a sus treinta y dos años, anduvo destinado en la Tri, donde además de marcar el paso se dedicó a invertir en industria y minería, campos ambos en los que debió sacar algún beneficio, y así, tres años más tarde y tras haber contribuido a la caída de Espartero como Regente, se compró una buena finca en terreno desamortizado en Balsicas, terreno en el que destaca la gran casa (torre incluida) que había sido de una orden religiosa (la de San Felipe Neri)  y que reformó y amuebló y que hoy es conocida como el Castillo de Ros.

En Balsicas dirigió una amplia explotación agrícola (olivos, higueras, viñas,...) que debía ser notable, llegando a construir -presumía el general- tres norias para abastecer de agua todo aquello. Y allí también cazaba (conejos) y se dedicaba, supongo, a sus cosas, tanto en el campo de la milicia como en el de la literatura, donde destacó notablemente, se relacionó muy bien y le aplicaron el calificativo de mistagógico que me ha gustado tanto que me lo he llevado al título de la entrada.

El hecho de estar allí y sus buenas influencias provocaron que la línea de tren más conocida por estas tierras se desviara de su ruta más corta y se adentrara en Balsicas, porque habréis de saber que si el tren de Madrid a Cartagena tiene parada allí no es para que los gatos de finales XIX se bañaran en la Ribera, sino para que el tren lo tuviera cerquita el General, que era accionista de la MZA y se puso la estación casi en la puerta de su casa (a quinientos metros).

Y sólo eso bastaría para dedicarle una entrada, pero en realidad el motivo de escribirla no era éste, sino contar que en 1855, y siendo Director General de Infantería, diseñó un nuevo gorro para el Ejército español, en realidad una variante del quepis que ya llevaban los franceses desde unos años antes, pero más ligero y práctico. Implantado por Orden de la Dirección de Infantería del 30 de Diciembre de 1855, la primera unidad del Ejercito Español en usarlo fue el Batallon de Cazadores de Madrid nº2. Y a fe que tuvo éxito, porque se implantó sucesivamente y en muy poco tiempo en prácticamente todas las unidades. Y hoy seguimos viéndolo en los uniformes de gala del Ejército de Tierra o la Guardia Real.

Su diseño no sólo ha hecho pasar al General Ros de Olano a los libros de historia, sino al diccionario, que hasta en la RAE aparece mencionado con nombre y apellidos por ser el creador de tan singular prenda que lleva su nombre (el ros), una prenda que, quién sabe, lo mismo dibujó una mañana de otoño en su finca de Balsicas.

Fotowiki: El General Antonio Ros de Olano. Conde de la Almina. Caracas, 9 de diciembre de 1808 - Madrid, 24 de julio de 1886.