Hubo un tiempo -lejano, ciertamente- en que la prensa no publicaba malas noticias. Y si lo hacía era para dedicarle un espacio mínimo, superficial. Incluso cuando había grandes tragedias, éstas apenas eran mencionadas en alguna esquina de página, sin grandes titulares, sin fotos. Puede que haya excepciones, sin duda, pero cuando he ido a las hemerotecas a buscar cómo aparecieron algunas de aquellas desgracias, apenas he encontrado más que unas pocas líneas.
Ignoro cómo trataba la cosa la tele, aunque teniendo en cuenta de que entonces sólo había una, y ni siquiera contaba con centros territoriales, probablemente fuera algo parecido a lo anterior. Información, discreción, respeto y silencio. Y de lo que hacía la radio sólo he oído hablar de la respuesta a la tragedia, no de la información de ésta. Porque nadie recuerda los informativos informando de las tragedias, pero sí se ha escrito, y mucho, de las campañas para ayudar a los damnificados, del aspecto positivo y solidario de la sociedad. Una radio donde se vendía más -intuyo- la cara amable del que ayuda que la triste y llorosa del afectado.
De lo que no me cabe ninguna duda -a las pruebas me remito- es que si alguno de aquellos trágicos momentos hubiera sucedido hoy, habría páginas y páginas dedicadas a ello. Fotos (en algunos casos absolutamente necrófilomorbosas) en color y especiales de radio y televisión.
Y sí, me surge la duda. Porque no sé si aquello era censura o no. Si el Gobierno del General Superlativo imponía a los medios que no se dieran noticias malas y así todos pensaran que la unidad de destino en lo universal marchaba gloriosa e invicta siguiendo sobre el azul del mar el caminar del Sol o es que hablar de aquello, simplemente se consideraba de mal gusto.
Sí tengo claro que había sucesos que se divulgaban. Había incluso un semanario específico para ello: El Caso, un periódico que se publicó entre 1952 y 1987 y que era truculento a más no poder. No lo leí nunca, pero los críos de mi generación, cuando alguien se ponía morboso decíamos que parecía que estaba contando cosas del Caso. Y escarbando en mi memoria, tengo la sensación de que el interés por los sucesos se limitaba en aquellos años a los lectores del semanario mencionado, que por cierto eran considerados un poco raros, casi unos freakys, si es que entonces esa palabra hubiera estado en el vocabulario español, que ni de coña. Unos marginales.
O sea, que publicarse muertes atroces, asesinatos, vísceras y sangre, sí se publicaban. Pero la prensa seria no lo hacía. Daba cuenta de la noticia, pero con un gusto exquisito, sin cebarse, sin buscar detalles y sin publicar fotos ni extenderse varios días con las repercusiones. Por supuesto, y en ninguna cabeza cabe pensar lo contrario, no se entrevistaba a los familiares de las víctimas ni se relataban las páginas de los diarios de los finados, que venían a ser en cierto modo el facebook de la época.
Y como digo, no sé si aquello era impuesto por el Gobierno o era la Sociedad la que demandaba esa actitud en los medios. O simplemente es que imperaba un concepto del periodismo muy distinto del actual.
Y aunque me gane algún comentario despectivo o algún unfollow por ello, debo decir que si era la primera opción, no me parece que fuera la peor de las censuras. Ni criticable, oye. Si era la segunda, es una lamentable muestra para constatar la decadencia de la sociedad actual. Y si es la tercera, pues sería para mirarse cuándo y porqué cambió el concepto y quién o quiénes son los responsables. Y acto seguido juzgarles por crímenes de lesa humanidad.
Fotowiki: Mickey Dugan, el Chico Amarillo, el personaje de comic que dió origen al término de Prensa Amarilla. Se publicó en las Colonias Escindidas en los diarios de esos dos pájaros llamados Pultizer y Hearst entre 1895 y 1898.






