jueves 31 de diciembre de 2009

De como se puede ser militar y bohemio (artículo con tintes musicales)


El 2 de noviembre de 1766 nacía en Třebnice, una pequeña localidad checa, en la región de Bohemia, Johann Joseph Wenzel Graf Radetzky von Radetz, en lo que los tópicos vienen a describir como "una familia noble". Por aquel entonces lo que hoy es la República Checa formaba parte ni más ni menos que del casi agonizante Sacro Imperio Romano Germánico, establecido por Carlomagno y por aquel entonces en manos de José II (qué nombre más poco imperial), el antepenúltimo de los mandamases de aquel.

Como Radetzky (en checo Jan Josef Václav hrabě Radecký z Radče) quedó huérfano de niño, su educación quedó a cargo de su abuelo -que era conde- y luego continuó (nos cuenta Tita Wiki) en Viena, ciudad en la que a los diecinueve años se enroló en el Ejército Austriaco, en el que pronto ascendería y se forjaría experiencia en batalla. Fue conocido por su valor y por sus iniciativas de modernización estratégica, haciéndose un nombre en el Ejército gracias a sus muchos méritos en la Batalla (los austríacos, que estaban de un pacífico subido allá por los finales del XVIII y comienzos del XIX).

La lectura de su biografía me recuerda a la de los antiguos centuriones romanos. Adorado por sus hombres, enfrentado en muchas ocasiones a la burocracia del Estado, que no satisfacía sus demandas de mejora para la estructura y la organización militar, con un vastísimo historial de victorias en los campos de batalla... Radetzky quizá pasó desapercibido para muchos de sus compatriotas, pero no para los militares, para sus hombres, que se referían a él como el Vater Radetzky, el "padre Radetzky", y no en un sentido religioso, sino familiar.

En 1848 Carlos Alberto de Saboya, Rey de Cerdeña, declaraba la Guerra al Imperio Austriaco y comenzaba un movimiento nacionalista en la península italiana, la que se considera como la Primera Guerra de Independencia. Al principio, los ejércitos imperiales fueron sorprendidos, y parecía que los del Piamonte se saldrían con la suya, pero entonces, entre el 22 y el 27 de julio las tropas de Austria presentaron batalla. Al frente del Ejército Imperial, el Mariscal de Campo Radetzky. Era la Batalla de Custoza, cerca de Verona y estratégicamente fundamental para el control de las llanuras del Véneto. Y la ganaron los austríacos, merced -dicen- a los cambios introducidos por Radetzky nada más asumir el control.

Tras aquella jaleada victoria, de la que me imagino que los cronistas de la época escribirían sus tópicos habituales sobre el fervor nacionalista y la alegría extrema de la población, los soldados de Radetzky volvieron a Viena, siendo recibidos por la población mientras cantaban una pieza popular llamada "Alter Tanz aus Wien". Johann Strauss -padre- que asistió a ese momento histórico, compuso en unos pocos días una marcha inspirada en el canto de aquellos soldados y dedicada al ilustre militar bohemio. La 'Marcha Opus 228 Radetzky', que fue estrenada el 31 de agosto de 1848 en el Wasserglacis de Viena, convirtiéndose en poco tiempo en una de las músicas más conocidas y sentidas por los austríacos.

Johann Joseph Radetzky fallecería el 5 de enero de 1858 en Milán, siendo enterrado en un gran panteón militar siguiendo sus deseos, aunque el emperador dispuso que podría hacerlo en la Cripta Imperial. Hoy un monumental obelisco recuerda sobre sus restos al ilustre militar.

Mañana, a estas horas, el francés Georges Prêtre, que por segunda vez dirigirá, a sus ochenta y cinco años, el Concierto de Año Nuevo en Viena, lo dará por finalizado dando paso a esta popular pieza, con la participación de músicos y público asistente (para mi desgracia no estaré entre éstos, pero algún año lo conseguiré). Y como uno es un clásico, éste y no las campanadas de medianoche será el momento en que se inicie para el bloggero 2010.

Mis mejores deseos para todos vosotros en este año nuevo que comienza. Feliz 2010.

Fotowiki: Radetzky retratado hacia 1850 por Decker. Museo del Ejército, Viena.

miércoles 30 de diciembre de 2009

Si me pierdo, podéis encontrarme en un museo (6 - Museo del Louvre, París)


Mira que hay museos en el mundo. De todo tipo, espacio y condición. Desde los que se montan algunos en su casa para exhibir(se) alguna colección particular a los que montan ayuntamientos o comunidadesautónomas para lucir palmito, que a veces esto de los museos es como lo de las catedrales del Gótico, que lo importante es tenerla más grande que el vecino. Hay museos con impresionantes colecciones, museos donde el continente es (casi) mejor que el contenido y museos imprescindibles. Los de cuidada museografía, que cuentan "algo" a través de sus salas, los de una arquitectura exquisita (antigua o nueva) para realzar sus colecciones, los de aire descuidado y escaso presupuesto, porque con algunas de sus obras ya se sostienen, en fin, que los hay para todos los gustos. Y luego está el Louvre.

Confieso, no sin algo de pudor, que este museo tiene algo que me cautiva especialmente. Es cierto que hay algunos otros museos (tampoco muchos) que no tienen nada que envidiar al espacio que Catalina de Médicis reformó sobre el antiguo castillo de los reyes de Francia, hasta convertirlo en uno de los más espléndidos palacios reales de Europa. Pero es como un alumno que saca una excelente nota media y casi todo sobresalientes, pero flojea en alguna materia. El Louvre no.

Si lo miramos desde el punto de vista de las colecciones que alberga, éstas son impecables. Y a diferencia de otros, no solo en pintura, o en escultura, o en arqueología. Del marco no diré nada. De los servicios de acceso, tiendas, restaurantes, etc., tampoco tras la excelente (qué se le va a hacer, a mi me gusta) pirámide que construyó uno de los pocos arquitectos que deben pasar a la Historia (con mayúsculas): Ieoh Ming Pei. Así es. Aunque resulte curioso, no me gusta especialmente París (me pasa como con Audrey Hepburn, que no hay un motivo, pero...) pero me gusta el Louvre.

Es obvio que no puedo comentar nada que no conozcáis ya de sus colecciones. Ni siquiera de las obras emblemáticas que alberga, porque éstas son de dominio público. Y además no son precisamente, y quizá por su condición icónica, las obras que más me atraen. Pero comencemos por el principio.

Me encanta lo de nombrar cada una de las alas, de las secciones con el nombre de un personaje ilustre. Dos de los protagonistas del sitio de La Rochelle, en el que los franceses -católicos- de Luis XIII se enfrentaron a los hugonotes que contaban con el apoyo de los ingleses (creo que allí se forjó el papel de malo malísimo que los vecinos del norte daban al Duque de Buckingham, antes de que Dumas escribiera lo de los herretes de diamantes y Milady y todo eso. También en el Asedio de La Rochelle se forjó la gran amistad de Athos, Porthos y Aramis). Dicen que allí se convirtió en más todopoderoso si cabe Armand-Jean du Plessis, conocido como el Cardenal Richelieu (1585-1642), que da nombre a una de las alas del Louvre. Como también recibe otra el nombre de su ilustre antecesor, Maximilien de Béthune, Duque de Sully (1559-1641), que hizo toda su carrera política como ministro con Enrique IV y luego fue recuperado brevemente por Luis XIII como mediador en lo de La Rochelle, nombrándolo tras ello Mariscal de Francia.

Por el contrario, la tercera de las alas en discordia no recibe el nombre de un ministro, sino el de Dominique Vivant, Barón de Denon (1747-1825), al que se tiene como "gran precursor" de la museología, la historia del arte y la egiptología y que fuera el primer director del Musée central de la République, que con los años se convertiría en el Museo del Louvre.

Sully, Richelieu, Denon... tres espacios de ensueño. Incluso si sacáramos de su interior las extraordinarias colecciones que albergan, tan sólo los espacios desnudos merecerían la pena ser visitados. Pero claro, luego pusieron lo que pusieron y...

Como digo no me voy a extender en la historia del museo, ni en la descripción de sus colecciones. Me gusta ese concepto de "grandeur" que destila desde su entrada. Es como si el Palacio Real de Madrid albergara las colecciones del Prado y el Arqueológico Nacional. No tendríamos (en realidad no tenemos, aunque sea por separado) nada que envidiar a los franceses, pero nos faltaría para poder presumir contar con la autoestima superlativa de éstos. En fin, no seguiré por la vía de las comparaciones.

En las dos ocasiones que he visitado el Louvre he entrado por el ala Sully. Me gusta ver la parte de Egipto (ni os cuento a mi hijo), aunque quizá esté más valorada -por lo conocido- que el resto de la colección de antigüedades orientales, entre las que se encuentra ni más ni menos que el Código de Hammurabi o la excelente colección de arte persa, que nada tiene que envidiar al Escriba Sentado o a (y reconozco que me gustan especialmente) los retratos de Akhenaton y Nefertiti o los hallados en El Fayum. Confieso que me defraudó ligeramente -ya en lo griego- la Venus de Milo y que me rendí a los pies de la impresionante Victoria de Samotracia.

Le reconozco el mérito y la fama a Doña Lisa Gherardini, esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo, pintada por Leonardo Da Vinci y verdadero icono del museo, aunque no sé si sorprenderá que me guste más otro cuadro del de Anchiano: 'Santa Ana, la Virgen y el Niño' pese a lo que sobre él escribió Sigmund Freud; o la 'Virgen de las Rocas', gemela de la de Londres. Por supuesto que me gustan 'Las Bodas de Caná' de Veronese, pero tengo en mi peculiar recorrido a los 'Discípulos de Emaús', de Rembrandt. Y que me gusta el también icónico 'La libertad guiando al pueblo', de Eugène Delacroix, o las estatuas de Miguel Ángel, o...

Pero como digo, como escribo, como cuento, lo que me más me gusta del Louvre es el Louvre y el alto concepto que de su museo tienen los parisinos. Y además esa sensación de tener que volver que tienes siempre antes de terminar de salir. Y volveré, lo aseguro.

Fotowiki: Lo siento mucho por los revolucionarios del arte que, a comienzos del XX consideraron a la Victoria de Samotracia la personificación de todo aquello contra lo que luchaban. Para mí es LA obra.

martes 29 de diciembre de 2009

Donde se cuenta porqué El Rollo se llama el Rollo y se cuenta qué era un rollo


Podría ser repetitivo que a estas alturas volviera a escribir aquello de que, en mi opinión, el fracaso escolar no es que suspendan muchos alumnos, sino que los que aprueban no tengan ni repajolera idea de prácticamente nada, empezando por la Ortografía. Pero lo más grave no es que no se sepa, no. Lo más grave es que no se quiere saber, que no se valora el conocimiento de las cosas como algo positivo. Y eso, naturalmente, acaba por condicionar la vida de un entorno, el nuestro, cuyos significados mueren al morir la curiosidad por saber el porqué de las cosas. Pero es lo que hay, que podríamos decir con una resignación que, como decía Goethe, es un suicidio cotidiano.

Con todo, no me resigno a pensar que no haya nadie interesado en saber algo sobre cuestiones que, aun cercanas en el espacio, quedan lejanas en el tiempo, hasta el punto de que nadie sabe muy bien el porqué de su origen, de su nombre. El sentido que tiene que, por ejemplo, la plaza por la que se accede a Murcia desde el Sur tenga el nombre de El Rollo. Es más intentaré que contarlo no sea un rollo (chiste fácil y malo) e interese a alguno de vosotros.

Murcia se levantó en la margen izquierda del Segura, donde nunca la hubiera ubicado los egipcios (que preferían para los vivos la margen derecha, reservando la contraria a pirámides y tumbas). Sin embargo, y aunque la ciudad se situaba en su mayor parte en dicho lugar, al otro lado del Thader se ubicó el Barrio de San Benito, luego llamado del Carmen, en cuyo comienzo -o final, según se mire- se situó El Rollo. Porque éste era un espacio físico determinado, una columna, por ser concretos.

Escribió González Blanco (el profesor, no el futbolista) un interesante estudio donde nos lo cuenta. Resulta que a la entrada de las villas (y sólo de las que tenían dicho estatus, para ser preciso) se alzaba "una robusta columna de piedra que simbolizaba la categoría administrativa de la ciudad y el régimen al que quedaba sometida (señorío real, secular o eclesiástico)". De lo primero daba cuenta la misma existencia de dicho elemento, que recibía el nombre de rollo. Su sola presencia denotaba que se entraba en una villa, con las connotaciones en cuanto a ejercicio de la jurisdicción tenía la cosa. De lo segundo, pues ahí cada uno contaba su historia, sus fueros, privilegios, etc. Contaba si la Justicia correspondía aplicarla al Concejo y por tanto había alcalde. Si por el contrario era competencia del representante real, o del Obispo, o de una Orden Monástica o Militar, o de un Señor.

La verdad que en aquellos tiempos antiguos (muy antiguos) el informar al viandante de si la justicia de la villa correspondía al Rey, al Obispo o algún señor no debía ser información menor, a juzgar por la gran diferencia que uno encuentra entre los diversos municipios de la Región tal y como recopila el interesante trabajo referido de Antonino González Blanco, un riojano que ejerció durante un montón de años la docencia en la Universidad de Murcia como Catedrático de Historia Antigua. Unos eran del Rey (los más y entre ellos Murcia, otros de Órdenes Militares, otros de un Marqués, etc.). Y claro, la gente debía saber a qué atenerse, máxime cuando la cosa era cambiante y no necesariamente el estatus se prolongaba siempre en el tiempo con idéntico protagonista.

Para colmo -y no tengo datos concretos de Murcia-, los rollos se levantaron en muchos de los casos donde previamente se levantaron las horcas, que a fin de cuentas era un lugar donde se ejercía la Justicia, y claro, la ejercía quien podía. No describiré las horcas, pero vamos, ya sabemos para lo que servían.

Así que ese -y no otro, incluido el nombre de ninguna gasolinera- es el origen de lo de llamar El Rollo a El Rollo, un nombre que reciben parajes y plazas de un gran número de localidades, no sólo de esta tierra nuestra, aunque aquellas columnas desaparecieron, muchas de ellas "cristianizadas" (sin que los rollos dejaran de serlo) al convertirlas en cruceros (inmediatamente me surge la duda de si el crucero situado a la entrada de la calle Real de Cartagena, que no deja de ser el comienzo de la ciudad, fue en su origen un rollo). En esa "cristianización" de los rollos no dejó de tener su parte de "culpa" el Decreto que promulgaron el 26 de mayo de 1813 las Cortes de Cádiz ordenando "la demolición de todos los signos de vasallaje que hubiera en sus entradas, casas particulares, o cualesquiera otros sitios, puesto que los pueblos de la Nación Española no reconocen ni reconocerán jamás otro señorío que el de la Nación misma, y que su noble orgullo sufriría por tener a la vista un recuerdo continuo de humillación". Ahí es nada. Y ahí acabaron los rollos, aunque no, como digo, la costumbre de denominar a los sitios donde estuvieron tal y como habían sido conocidos durante siglos.

Lo que no consigo encontrar es ninguna diferencia -aunque escriben que las había- entre los rollos y las picotas, que también eran columnas donde se ejercía la Justicia (de ahí lo de poner a alguien en la picota) aunque me da que los rollos eran más informativos y las picotas más empíricas.


Fotowiki:  Rollo del siglo XV de la localidad vallisoletana de Curiel de Duero. Así debía ser -imagino- el que se ubicara en Murcia, como en otros tantos municipios.

lunes 28 de diciembre de 2009

Donde se escribe sobre una matanza, una salvajada, una auténtica barbaridad


Llevaba yo unos cuantos días dándole vueltas a la idea de contaros una salvajada que me provocó un considerable impacto hace unos años, pero las fechas no se prestaban para ello, entre tanto dulce, tanto polvorón y tanto fun, fun, fun. Aunque llegado el día en que medio mundo se pone a hacer el indio (algunos sin pudor) para conmemorar que en un pueblo del otro lado del Mediterráneo asesinaron a un buen número de niños (una veintena según algunos estudios modernos, miles según las crónicas medievales, cero según Flavio Josefo), pues como que da menos reparo teñir de sangre el blog. Así que procedo.

Resulta que al bloggero le dió por ponerse internet en casa casi antes de que se inventara. Que en 1996 esto de la red de redes era un capricho de cuatro, y un incordio que ni te cuento. Que aunque algunos ahora no se lo crean, había que enchufar el ordenador al cable del teléfono, desconectando éste (no se podía tener a la vez conexión a internet y realizar una llamada... de hecho la conexión a internet era una llamada, marcando el número y todo). Y ni hablo de la velocidad, que para cargar una página podían pasar perfectamente dos minutos. Y entonces pinchabas un enlace y vuelta a empezar. Eso por no hablar de que casi todo estaba en inglés y muy poquitas empresas o instituciones tenían páginas web.

Pero resulta que en aquellos tiempos protohistóricos, había también algunos retos que tenían su gracia. Y entre algunos internautas primitivos jugábamos, por ejemplo, a tratar de encontrar una foto de alguien (que puedo asegurar que no era cosa fácil, aunque fuera de algún famoso/a). Para que os hagáis una idea no existía Google (se inventó en 1998) o el Messenger (1999) y la búsqueda se realizaba a través de un elemental buscador de Yahoo o de los buscadores españoles Ozú y Olé.

Puedo asegurar que aquella especie de gymkana tenía su cierto atractivo, máxime cuando los niveles de seguridad de ciertos sitios eran poco menos que inexistentes, lo que te permitía encontrar sin problemas documentos que hoy, con todo lo que ha avanzado internet, ya no están accesibles. Es el caso de uno que encontré una noche, que me permitió ganar a los colegas en aquello de encontrar algo raro por la red y que me produjo un enorme impacto emocional: el informe del fiscal (incluyendo el del forense) sobre el asesinato en 1969 de la actriz Sharon Tate y otras cuatro personas en su residencia de Beverly Hills.

Por aquel entonces yo ya conocía la historia. Había visto la serie de la CBS 'Helter Skelter' de 1976, pero puedo asegurar que cualquier comentario al respecto se hubiera quedado corto antes de aquel momento en que ví las fotos del escenario del crimen. Por si alguno la ignora, la resumo.

La joven actriz Sharon Tate (Dallas, 1943) conoció al director de cine Roman Polanski, mientras hacía una prueba para la película 'El Baile de los Vampiros', que se estrenaría en 1967 con la participación de la actriz en el papel de Sara. Se casaron el 20 de enero de 1968 en Londres, y unos meses más tarde se trasladarían a una casa que alquilaron en Estados Unidos: el 10050 de Cielo Drive, en Beverly Hills, California. Aquella residencia se había construido en 1944 para la actriz Michèle Morgan (que protagonizó junto a Humphrey Bogart una película que a buen seguro casi nadie conoce: la secuela de 'Casablanca' llamada 'Un pasaje para Marsella') y en la que también habían vivido otros actores como Henry Fonda o Cary Grant.

Durante el verano de 1969 la prensa se fijaba bastante en la actriz, que lucía orgullosa su embarazo de quien iba a ser llamado Paul Richard Polanski. Acababa de rodar en Italia con Orson Welles y Vittorio Gassman y mientras su marido finalizaba su trabajo en Londres, Sharon Tate había vuelto a Estados Unidos para dar a luz.

El 8 de agosto, a solo dos semanas del parto, Tate comió en casa con unas amigas y luego fue a cenar a El Coyote, su restaurante favorito con unos amigos: el polaco Wojciech Frykowski, gran amigo de Polanski, su pareja, la joven heredera americana Abigail Folger y el peluquero Jay Sebring, ex novio de la actriz. Se dice que entre los invitados estaba también Bruce Lee, buen amigo de la actriz texana, pero que no pudo asistir. A las diez y media de la noche regresaban a la casa de los Polanski y se disponían a tomar unas copas.


Ya de madrugada del día 9, cuatro miembros de una secta de corte satánico, La Familia, liderada por Charles Manson (tres mujeres y un hombre cuyos nombres no pienso reproducir) irrumpieron en la vivienda, matando a la actriz así como al resto de invitados. Lo de matando no resume lo que allí pasó.

De entrada, los seguidores de Manson ya habían matado al entrar a un joven estudiante, Steven Parent que sorprendió a los asaltantes cuando éstos llegaban a la casa en un Chevrolet, cuando ya estaban cortando los cables del teléfono. Lo que pasó en el interior fue una auténtica salvajada. Tate fue apuñalada dieciséis veces. Le seccionaron los pechos. Todos se desangraron. Pintaron con su sangre en las paredes palabras como "Pig" (cerdo) o "Helter Skelter" (nombre de una canción de The Beatles). Que conste que procuro ser lo menos explícito posible, que podría. Y más después de haber tenido la mala suerte de toparme con las fotos de dicha salvajada. Pero os ahorraré comentarios o descripciones.

La conmoción fue total en los Estados Unidos al conocerse la noticia. Los famosos se asustaron tanto que muchos mandaron a sus hijos a estudiar fuera. Dicen que Steve McQueen fue armado al entierro de Jay Sebring. Sharon Tate fue enterrada en el cementerio de Holly Cross -donde yacen multitud de estrellas del cine- con su bebé no nacido en sus brazos. Durante el juicio, los asesinos dijeron que eligieron la vivienda al azar, cosa que no cree casi nadie. Por el contrario, suele encontrarse cierta relación entre el asesinato y el hecho de que Roman Polanski hubiera estrenado el año anterior la película 'Rosemary's Baby' (estrenada en España con el inadecuado título de 'La Semilla del Diablo').

Y lo que más me indigna -que no me sorprende- es la legión de imbéciles defensores del animal de Manson y de los salvajes de sus acólitos, entre ellos de la asesina material de Tate, que es posible encontrar a nada que uno bucee un poquito en internet. Vomitivo.

Y vale que es una salvajada, pero quería contaros aquel momento en que aprendí que no todo lo que aparece en internet es necesario verlo.

Fotowiki: Sharon Tate. Podría haber puesto la foto que Uncle Wiki tiene de ella el mismo día de su muerte mostrando embarazo, pero me pareció demasiado morboso.

jueves 24 de diciembre de 2009

De un belén, un santo, una nochebuena y un deseo para todos


Hay cosas que se saben, pero que no por eso nos deja de apetecer ver con los ojos. Es, pongamos por caso, como hacer turismo. Que sabemos que las ciudades existen, pero lo que nos apetece es pisarlas, verlas, disfrutarlas. Pues eso mismo le ocurrió a Giovanni Bernardone, un tipo interesante y de vida admirable, que fue proclamado santo por la Iglesia Católica, siendo papa Gregorio IX, el 19 de julio de 1228, antes de que se cumplieran dos años de su muerte en la localidad italiana de Assisi. Sí, me estoy refiriendo a quien todos conocemos como San Francisco de Asís.

Es obvio que Francisco conocía el Nacimiento de Jesús. Que lo habia leído, conmemorado y celebrado desde niño, antes incluso de renunciar a su fortuna familiar, a la vida cómoda y a una condición de rico comerciante de tejidos que podría haber heredado de su padre y le hubiera procurado, a buen seguro, un amplio repertorio de viajes a su apreciada Francia, país del que tomó el apodo, Francesco, por el que fue conocido por todos.

Pero si me lo permitís saltaré en el tiempo, para llegar a aquello que hoy quería contar. Me iré al año 1223, cuando el poverello -nombre por el que era conocido en alusión a su opción de vida pobre- tenía la misma edad que el bloggero, o sea 42 años, aunque en su caso mucho más intensos, dedicados por entero al servicio de los demás. Había creado la Orden de los Franciscanos en 1209 -este año hemos celebrado su setecientos aniversario- y tras viajar bastante había vuelto a su Umbría natal. Se acercaba la Navidad, y se propuso celebrarla de modo especial. Así que se puso en contacto con un buen amigo suyo, llamado Giovanni de Greccio. Faltaban un par de semanas para la Navidad y Francisco le dijo que quería que su celebración de ese año fuera singular. Quería vivirla, quería ver cómo fue aquel momento. Con los ojos del cuerpo, no con los del espíritu. Así que, dicho y hecho, se dispusieron a ello.

Como no estaba la época para inventar nada de por libre, que a la primera te etiquetaban y te mandaban a los soldados, nos cuenta San Buenaventura que Francisco pidió permiso al Papa para realizar su idea, y lo obtuvo. Ya no había obstáculo, así que aquel día se congregó un buen número de personas, que llevaban antorchas para iluminar la noche italiana. Se dispuso heno, se trajeron una mula y un buey. Se colocó un niño en el pesebre y allí San Francisco oró y predicó. Y conmemoró la Navidad. E inventó el belén, esa costumbre tan nuestra, esa costumbre que forma parte de una amplia tradición cultural que se asentó en estas tierras, allá por el reinado de Carlos III. Y que a mí me gusta especialmente.

Así que como uno es un tipo de orden, pongo hoy un belén en el blog, aunque en este caso virtual e histórico, con la ayuda -que no es poca- del mismo Francisco de Asís, y junto al belén, en este día de Nochebuena os deseo a todos vosotros Feliz Navidad, hoy y todos los días del año. Un abrazo a todos.

Fotowiki: San Francisco Asís en las tierras de Giovanni de Greccio en la Navidad de 1223, instaurando la costumbre del belén, tal y como lo reflejó Giotto.

miércoles 23 de diciembre de 2009

De algunos personajes que no quisiera ser, y de uno que no me importaría


Creo que debe ser una reacción lógica de la lectura de una novela el tratar de identificarse con alguno de los personajes. A veces es más complicado, a veces más sencillo, pero lo cierto es que bien de una forma absoluta o con un poquito de éste y otro de aquel, uno procura verse en cierto modo reflejado en las páginas de un libro, y dicen que de ello, de esa cierta empatía, parte el éxito de una publicación.

Y aunque estaba tentado de reflexionar sobre el libro de los roles, que es como denomino a 'El Padrino', de Mario Puzo, lo dejo para otro día, porque hoy me apetece viajar a la literatura de las Islas Británicas.

A ver. Analicemos personajes famosos a ver si os identificáis con alguno. Por cuestiones de género, yo hablo de los masculinos. Si alguna lectora quiere, le dejo los femeninos a ella.

Yo desde luego no quiero ser Peter Pan (James Matthew Barry, 1904). Ni tengo intención de ser niño siempre (por otro lado, a estas alturas...) ni me atrae lo más mínimo volar. ¡Si ayer hasta tuve que dejar de jugar un nivel del Lego Star Wars para la Wii porque me dió vértigo! Además eso de vivir en el campo, en un árbol y rodeado de niños sucios y ruidosos. Como que no.

Sin abandonar la tierna infancia, ni de coña soportaría las vivencias de Oliver Twist o David Copperfield (Charles Dickens, 1837 y 1849) -nuevamente niños sucios y ruidosos-. Lo siento por Dickens, pero sus niños me parecen unos modelos poco atractivos para identificarse con ellos. Aunque crezcan. Y por supuesto no me puedo ver reflejado en Ebenezer Scrooge (1843). Si acaso con Samuel Pickwick (1836-1837), pero tampoco me colma. No. Yo del Londres de aquellos años me veo más en la obra de Conan Doyle, aunque un poco a medio camino entre Sherlock Holmes y John H. Watson, doctor en Medicina (1887).

Sin dejar atrás a los londinenses victorianos de corta edad, creo que si fuera Michael Banks no podría soportar sin tratamiento médico a una niñera como Mary Poppins (Pamela Lyndon Travers, 1934), ni que me llevaran a saltar entre los deshollinadores (por supuesto, tampoco me puedo ver reflejado en Bert) sin rebelarme y mandar a la niñera a emular a su colega de profesión Anna Leonowens (aunque ésta es real y no ficticia por mucho que se haya escrito sobre ella o llevado al cine) y largarse a Siam (hoy Thailandia). Y si viajamos en el tiempo (mucho) tampoco me veo -salvo en lo amante de la buena vida- en la piel de Bond, James Bond (Ian Fleming, 1952)

Creo que me sentiría más cómodo en papeles menos ajetreados. Y por supuesto, ventas o superventas al margen, lo siento, pero no me va la magia en versión adolescente. Lo siento por Harry James Potter (J.K. Rowling, 1995) y su legión de seguidores. Ya puestos, y de la misma edad, eran algunos personajes de 'Los Cuentos de Canterbury' y a buen seguro que se lo pasaban mejor. Eso sí, tampoco me adentraré en la literatura antigua, porque en ese caso empezarían los líos de nacionalidades, que ya sabemos que el señor Shakespeare era inglés, pero su príncipe más conocido era de Dinamarca y su muchachito más famoso de Verona y qué queréis que os diga, que ni me veo a estas alturas paseandome en leotardos para decir chorradas debajo de un balcón ni para hacer Filosofía macabra, calavera en mano.

Pero sí hay un personaje que me encantaría representar en la vida. Y no necesariamente a edad considerable ni con connotaciones sexuales (que las hay en el original). Me refiero a Henry Higgins (George Bernard Shaw, 1916), profesor de fonética y otras cuantas cosas de la vida.

No sé a vosotros, pero a mí me encanta ese personaje, al que ineludiblemente ligo a la figura de Rex Harrison, que lo protagonizó en la película 'My Fair Lady' en 1964 enfrentándose a una de esas actrices icono y mito de todo el mundo-mundial excepto el bloggero, para el que no es santa de especial devoción (más bien e inexplicablemente al contrario): Audrey Hepburn.

Puede que sea la frustrada vocación docente, unida a la visión política de una sociedad en la que uno gusta de participar y cambiar para mejor, pero lo cierto es que Henry Higgins es, así de entrada, el personaje literario que me apetecería encarnar en la vida real. Y repito que sin connotaciones malévolas de corte sexual, que estoy seguro que el bueno de Higgins albergaba desde el principio en el fondo de su mente, incluso aunque no se lo dijera al coronel Pickering, el deseo de ventilarse la honra de Eliza Doolitle. Yo no. Que me daría igual formar alumnos que alumnas, en singular o en plural. Eso sí, sin mayor condición que su voluntad y decisión de aprender, que no debe haber peor que dar clase a quien no la quiere recibir. De hecho el otro día en el gimnasio comentaba con un interfecto ejerciente de segundo de bachillerato que, si uno que yo me sé ejerciera la docencia, el primer día mi discurso sería sencillo: "Buenos días. El que quiera aprender, estudiar, sacar buena nota para que le sirva a la hora de entrar una carrera y tal, que se quede y procuraré enseñarle. El que no tenga interés en la asignatura está aprobado. Tiene un cinco a condición de que no venga a clase en todo el año y no moleste." Por supuesto que me consta que después de eso no habría segundo día, sino un magnífico expediente disciplinario para el bloggero-profesor. En fin, cosas que ya no tienen que ver con esto de la Literatura y los personajes.

Fotowiki: Harrison y Hepburn o lo que es lo mismo, Higgins y Doolitle en una escena de la peli en la que ella ya sabía decir aquello de "The rain in Spain stays mainly in the plain".

martes 22 de diciembre de 2009

Donde el bloggero escribe sobre sus más frías experiencias


Creo que ya he escrito en alguna ocasión que no me gusta el frío. Que uno es de calor, calor. Que me nacieron en julio y cualquier temperatura inferior a 35º me parece indecente e insoportable. No me gusta el frío y no tengo sentido del ridículo, así que no es difícil encontrarme estos días con una sobredosis textil a base de chaquetón, bufanda (mi contraria me ha enseñado a ponérmela en plan moderno y todo), guantes y según la ocasión y el momento, hasta un gorro de lana o con orejeras. Que antes de perder los kilos que se me han caído por ahí, cuando llegaba el invierno parecía la versión abrigada del muñeco de Michelín.

Y no sólo cuando uno sale a la calle, sino que son elementos básicos de mi vida cotidiana invernal la calefacción encendida y una manta para taparse cuando me tumbo en el sofá a ver la tele o jugar a la Wii. Pero lo que está claro es que el frío es patrimonio de la vía pública y, claro, con estas premisas es comprensible que uno recuerde aquellas experiencias vividas a temperaturas gélidas y que sea capaz de rememorarlas con espanto. Os cuento.

Es obvio que habré pasado frío más de una y más de dos veces, porque ya os habréis percatado de que los cuatro grados que están haciendo estas mañanas en North Cartagena a la hora de ir a trabajar, me parecen una ordinariez (por ordinario) claramente criticable. Pero me centraré en algunas ocasiones concretas de esas que se te quedan grabadas en hielo en el cerebro.

La primera de esas veces que uno es consciente de haber pasado frío, pero frío, frío, frío, fue una noche de noviembre de 1989 en Madrid. No tengo ni idea de la temperatura que hacía, pero lo cierto es que no estaba preparado para aquello. Iba camino de Santiago de Compostela (sin peregrinaje) en tren y esperaba en la Estación del Norte a que saliera el correo de Santiago, uno de aquellos trenes nocturnos que salían entrada la noche y llegaban al alba a su destino. Y en los andenes de aquella estación creí congelarme y fuí, por vez primera, consciente de que en el mundo podía hacer frío. Mucho frío.

Otro sitio que recuerdo con frío fue mi primera vez en París. Creo recordar que fue en diciembre de 1998, cuando acompañé al equipo del Tenis de Mesa femenino de Cartagena que iba a disputar una importante eliminatoria de competición europea en la capital francesa. Jugaban contra el Kremlin-Bicêtre, que pese a su nombre es un equipo de un céntrico barrio parisino que lleva dicho nombre (en el que se ubica, por cierto, un conocido hospital psiquiátrico que albergó, entre sus muchos huéspedes, al Marqués de Sade). ¡Menudo frío! Incluso yendo preparado -eso creía yo- con ropa de abrigo (es posible encontrar en internet fotos de la guisa que llevaba en aquel viaje), el frío se te metía en los huesos. Ufff.

Aunque para frío de esos que te poseen como un espíritu maligno, de esos que te congelan los alveolos (incluso dándole este nombre a otra cosa, también) el que pasé en Venecia poco después, en aquella Nochevieja. No se nos ocurrió otra cosa que contratar una oferta de esas que ofrecía a última hora elcortinglés para irnos a pasar el fin de año a la Serenísima. Y menudo. Resulta que le dió entonces por invadir Europa una ola de frío polar que ríete tú de las invasiones napoleónicas. Que dicen incluso que fue la única vez en que los gondoleros se han quitado el tradicional sombrero de paja y lo sustituyeron por un gorro de lana. Así pegaba.

La laguna, helada. Las góndolas y sus embarcaderos con carámbanos a modo de estalactitas de hielo. Las fuentes de las plazas inmersas en un cerco de hielo. Y ocho bajo cero que, con la humedad daban una sensación térmica de, por lo menos, ochocientos bajo cero. Pero si es que por pasar frío ni fumaba (que entonces lo hacía) por no quitarme los guantes. Y cuando te decían que miraras algo, no podías girar la cabeza, entre bufandas, orejeras, gorro y abrigo y tenías que girar el cuerpo entero, como si fueras una única masa rígida y no un ser humano con articulaciones.

Y ni os cuento cuando volvimos a España, que el vuelo nos dejó en Barajas y allí cogimos (los lectores argentinos deben leer tomamos) el coche y nos aventuramos hacia el Sur. Y al ratico la Benemérita nos manda parar y poner las cadenas (curiosamente las llevábamos). Menudo viajecito encadenado a 10 por hora (aunque claro, como el bloggero no conduce -soy objetor de conciencia al carné de conducir- los otros tres se turnaban al volante mientras yo me turnaba conmigo mismo a la hora de dormitar). Eso sí, ni os cuento cómo estuvieron a punto de degollarme cuando a la hora de quitar las cadenas toqué donde no debía y acabé enrollando las cadenas en el eje de la rueda. Eso, que mejor no lo cuento, que eso no es de frío (aunque lo hacía).

En fin, no me enrollaré más. Que como anécdotas de gélidas temperaturas ya tenéis unas cuantas y ya os podéis hacer a la idea de que antes preferiría ver 'Avatar' que irme de vacaciones al frío. Pero como uno es un poco masoca, y tuvo a bien matrimoniar en diciembre -y por tanto celebrar sus aniversarios en tal mes- al final acaba viajando con abrigos. Eso sí, seguirá sin gustarme el cine fantástico.

Fotowiki: Tengo una foto delante del Puente de los Suspiros en la que no podría suspirar aunque quisiera, por miedo a congelarme la laringe.