jueves, 31 de diciembre de 2009

De como se puede ser militar y bohemio (artículo con tintes musicales)


El 2 de noviembre de 1766 nacía en Třebnice, una pequeña localidad checa, en la región de Bohemia, Johann Joseph Wenzel Graf Radetzky von Radetz, en lo que los tópicos vienen a describir como "una familia noble". Por aquel entonces lo que hoy es la República Checa formaba parte ni más ni menos que del casi agonizante Sacro Imperio Romano Germánico, establecido por Carlomagno y por aquel entonces en manos de José II (qué nombre más poco imperial), el antepenúltimo de los mandamases de aquel.

Como Radetzky (en checo Jan Josef Václav hrabě Radecký z Radče) quedó huérfano de niño, su educación quedó a cargo de su abuelo -que era conde- y luego continuó (nos cuenta Tita Wiki) en Viena, ciudad en la que a los diecinueve años se enroló en el Ejército Austriaco, en el que pronto ascendería y se forjaría experiencia en batalla. Fue conocido por su valor y por sus iniciativas de modernización estratégica, haciéndose un nombre en el Ejército gracias a sus muchos méritos en la Batalla (los austríacos, que estaban de un pacífico subido allá por los finales del XVIII y comienzos del XIX).

La lectura de su biografía me recuerda a la de los antiguos centuriones romanos. Adorado por sus hombres, enfrentado en muchas ocasiones a la burocracia del Estado, que no satisfacía sus demandas de mejora para la estructura y la organización militar, con un vastísimo historial de victorias en los campos de batalla... Radetzky quizá pasó desapercibido para muchos de sus compatriotas, pero no para los militares, para sus hombres, que se referían a él como el Vater Radetzky, el "padre Radetzky", y no en un sentido religioso, sino familiar.

En 1848 Carlos Alberto de Saboya, Rey de Cerdeña, declaraba la Guerra al Imperio Austriaco y comenzaba un movimiento nacionalista en la península italiana, la que se considera como la Primera Guerra de Independencia. Al principio, los ejércitos imperiales fueron sorprendidos, y parecía que los del Piamonte se saldrían con la suya, pero entonces, entre el 22 y el 27 de julio las tropas de Austria presentaron batalla. Al frente del Ejército Imperial, el Mariscal de Campo Radetzky. Era la Batalla de Custoza, cerca de Verona y estratégicamente fundamental para el control de las llanuras del Véneto. Y la ganaron los austríacos, merced -dicen- a los cambios introducidos por Radetzky nada más asumir el control.

Tras aquella jaleada victoria, de la que me imagino que los cronistas de la época escribirían sus tópicos habituales sobre el fervor nacionalista y la alegría extrema de la población, los soldados de Radetzky volvieron a Viena, siendo recibidos por la población mientras cantaban una pieza popular llamada "Alter Tanz aus Wien". Johann Strauss -padre- que asistió a ese momento histórico, compuso en unos pocos días una marcha inspirada en el canto de aquellos soldados y dedicada al ilustre militar bohemio. La 'Marcha Opus 228 Radetzky', que fue estrenada el 31 de agosto de 1848 en el Wasserglacis de Viena, convirtiéndose en poco tiempo en una de las músicas más conocidas y sentidas por los austríacos.

Johann Joseph Radetzky fallecería el 5 de enero de 1858 en Milán, siendo enterrado en un gran panteón militar siguiendo sus deseos, aunque el emperador dispuso que podría hacerlo en la Cripta Imperial. Hoy un monumental obelisco recuerda sobre sus restos al ilustre militar.

Mañana, a estas horas, el francés Georges Prêtre, que por segunda vez dirigirá, a sus ochenta y cinco años, el Concierto de Año Nuevo en Viena, lo dará por finalizado dando paso a esta popular pieza, con la participación de músicos y público asistente (para mi desgracia no estaré entre éstos, pero algún año lo conseguiré). Y como uno es un clásico, éste y no las campanadas de medianoche será el momento en que se inicie para el bloggero 2010.

Mis mejores deseos para todos vosotros en este año nuevo que comienza. Feliz 2010.

Fotowiki: Radetzky retratado hacia 1850 por Decker. Museo del Ejército, Viena.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Si me pierdo, podéis encontrarme en un museo (6 - Museo del Louvre, París)


Mira que hay museos en el mundo. De todo tipo, espacio y condición. Desde los que se montan algunos en su casa para exhibir(se) alguna colección particular a los que montan ayuntamientos o comunidadesautónomas para lucir palmito, que a veces esto de los museos es como lo de las catedrales del Gótico, que lo importante es tenerla más grande que el vecino. Hay museos con impresionantes colecciones, museos donde el continente es (casi) mejor que el contenido y museos imprescindibles. Los de cuidada museografía, que cuentan "algo" a través de sus salas, los de una arquitectura exquisita (antigua o nueva) para realzar sus colecciones, los de aire descuidado y escaso presupuesto, porque con algunas de sus obras ya se sostienen, en fin, que los hay para todos los gustos. Y luego está el Louvre.

Confieso, no sin algo de pudor, que este museo tiene algo que me cautiva especialmente. Es cierto que hay algunos otros museos (tampoco muchos) que no tienen nada que envidiar al espacio que Catalina de Médicis reformó sobre el antiguo castillo de los reyes de Francia, hasta convertirlo en uno de los más espléndidos palacios reales de Europa. Pero es como un alumno que saca una excelente nota media y casi todo sobresalientes, pero flojea en alguna materia. El Louvre no.

Si lo miramos desde el punto de vista de las colecciones que alberga, éstas son impecables. Y a diferencia de otros, no solo en pintura, o en escultura, o en arqueología. Del marco no diré nada. De los servicios de acceso, tiendas, restaurantes, etc., tampoco tras la excelente (qué se le va a hacer, a mi me gusta) pirámide que construyó uno de los pocos arquitectos que deben pasar a la Historia (con mayúsculas): Ieoh Ming Pei. Así es. Aunque resulte curioso, no me gusta especialmente París (me pasa como con Audrey Hepburn, que no hay un motivo, pero...) pero me gusta el Louvre.

Es obvio que no puedo comentar nada que no conozcáis ya de sus colecciones. Ni siquiera de las obras emblemáticas que alberga, porque éstas son de dominio público. Y además no son precisamente, y quizá por su condición icónica, las obras que más me atraen. Pero comencemos por el principio.

Me encanta lo de nombrar cada una de las alas, de las secciones con el nombre de un personaje ilustre. Dos de los protagonistas del sitio de La Rochelle, en el que los franceses -católicos- de Luis XIII se enfrentaron a los hugonotes que contaban con el apoyo de los ingleses (creo que allí se forjó el papel de malo malísimo que los vecinos del norte daban al Duque de Buckingham, antes de que Dumas escribiera lo de los herretes de diamantes y Milady y todo eso. También en el Asedio de La Rochelle se forjó la gran amistad de Athos, Porthos y Aramis). Dicen que allí se convirtió en más todopoderoso si cabe Armand-Jean du Plessis, conocido como el Cardenal Richelieu (1585-1642), que da nombre a una de las alas del Louvre. Como también recibe otra el nombre de su ilustre antecesor, Maximilien de Béthune, Duque de Sully (1559-1641), que hizo toda su carrera política como ministro con Enrique IV y luego fue recuperado brevemente por Luis XIII como mediador en lo de La Rochelle, nombrándolo tras ello Mariscal de Francia.

Por el contrario, la tercera de las alas en discordia no recibe el nombre de un ministro, sino el de Dominique Vivant, Barón de Denon (1747-1825), al que se tiene como "gran precursor" de la museología, la historia del arte y la egiptología y que fuera el primer director del Musée central de la République, que con los años se convertiría en el Museo del Louvre.

Sully, Richelieu, Denon... tres espacios de ensueño. Incluso si sacáramos de su interior las extraordinarias colecciones que albergan, tan sólo los espacios desnudos merecerían la pena ser visitados. Pero claro, luego pusieron lo que pusieron y...

Como digo no me voy a extender en la historia del museo, ni en la descripción de sus colecciones. Me gusta ese concepto de "grandeur" que destila desde su entrada. Es como si el Palacio Real de Madrid albergara las colecciones del Prado y el Arqueológico Nacional. No tendríamos (en realidad no tenemos, aunque sea por separado) nada que envidiar a los franceses, pero nos faltaría para poder presumir contar con la autoestima superlativa de éstos. En fin, no seguiré por la vía de las comparaciones.

En las dos ocasiones que he visitado el Louvre he entrado por el ala Sully. Me gusta ver la parte de Egipto (ni os cuento a mi hijo), aunque quizá esté más valorada -por lo conocido- que el resto de la colección de antigüedades orientales, entre las que se encuentra ni más ni menos que el Código de Hammurabi o la excelente colección de arte persa, que nada tiene que envidiar al Escriba Sentado o a (y reconozco que me gustan especialmente) los retratos de Akhenaton y Nefertiti o los hallados en El Fayum. Confieso que me defraudó ligeramente -ya en lo griego- la Venus de Milo y que me rendí a los pies de la impresionante Victoria de Samotracia.

Le reconozco el mérito y la fama a Doña Lisa Gherardini, esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo, pintada por Leonardo Da Vinci y verdadero icono del museo, aunque no sé si sorprenderá que me guste más otro cuadro del de Anchiano: 'Santa Ana, la Virgen y el Niño' pese a lo que sobre él escribió Sigmund Freud; o la 'Virgen de las Rocas', gemela de la de Londres. Por supuesto que me gustan 'Las Bodas de Caná' de Veronese, pero tengo en mi peculiar recorrido a los 'Discípulos de Emaús', de Rembrandt. Y que me gusta el también icónico 'La libertad guiando al pueblo', de Eugène Delacroix, o las estatuas de Miguel Ángel, o...

Pero como digo, como escribo, como cuento, lo que me más me gusta del Louvre es el Louvre y el alto concepto que de su museo tienen los parisinos. Y además esa sensación de tener que volver que tienes siempre antes de terminar de salir. Y volveré, lo aseguro.

Fotowiki: Lo siento mucho por los revolucionarios del arte que, a comienzos del XX consideraron a la Victoria de Samotracia la personificación de todo aquello contra lo que luchaban. Para mí es LA obra.

martes, 29 de diciembre de 2009

Donde se cuenta porqué El Rollo se llama el Rollo y se cuenta qué era un rollo


Podría ser repetitivo que a estas alturas volviera a escribir aquello de que, en mi opinión, el fracaso escolar no es que suspendan muchos alumnos, sino que los que aprueban no tengan ni repajolera idea de prácticamente nada, empezando por la Ortografía. Pero lo más grave no es que no se sepa, no. Lo más grave es que no se quiere saber, que no se valora el conocimiento de las cosas como algo positivo. Y eso, naturalmente, acaba por condicionar la vida de un entorno, el nuestro, cuyos significados mueren al morir la curiosidad por saber el porqué de las cosas. Pero es lo que hay, que podríamos decir con una resignación que, como decía Goethe, es un suicidio cotidiano.

Con todo, no me resigno a pensar que no haya nadie interesado en saber algo sobre cuestiones que, aun cercanas en el espacio, quedan lejanas en el tiempo, hasta el punto de que nadie sabe muy bien el porqué de su origen, de su nombre. El sentido que tiene que, por ejemplo, la plaza por la que se accede a Murcia desde el Sur tenga el nombre de El Rollo. Es más intentaré que contarlo no sea un rollo (chiste fácil y malo) e interese a alguno de vosotros.

Murcia se levantó en la margen izquierda del Segura, donde nunca la hubiera ubicado los egipcios (que preferían para los vivos la margen derecha, reservando la contraria a pirámides y tumbas). Sin embargo, y aunque la ciudad se situaba en su mayor parte en dicho lugar, al otro lado del Thader se ubicó el Barrio de San Benito, luego llamado del Carmen, en cuyo comienzo -o final, según se mire- se situó El Rollo. Porque éste era un espacio físico determinado, una columna, por ser concretos.

Escribió González Blanco (el profesor, no el futbolista) un interesante estudio donde nos lo cuenta. Resulta que a la entrada de las villas (y sólo de las que tenían dicho estatus, para ser preciso) se alzaba "una robusta columna de piedra que simbolizaba la categoría administrativa de la ciudad y el régimen al que quedaba sometida (señorío real, secular o eclesiástico)". De lo primero daba cuenta la misma existencia de dicho elemento, que recibía el nombre de rollo. Su sola presencia denotaba que se entraba en una villa, con las connotaciones en cuanto a ejercicio de la jurisdicción tenía la cosa. De lo segundo, pues ahí cada uno contaba su historia, sus fueros, privilegios, etc. Contaba si la Justicia correspondía aplicarla al Concejo y por tanto había alcalde. Si por el contrario era competencia del representante real, o del Obispo, o de una Orden Monástica o Militar, o de un Señor.

La verdad que en aquellos tiempos antiguos (muy antiguos) el informar al viandante de si la justicia de la villa correspondía al Rey, al Obispo o algún señor no debía ser información menor, a juzgar por la gran diferencia que uno encuentra entre los diversos municipios de la Región tal y como recopila el interesante trabajo referido de Antonino González Blanco, un riojano que ejerció durante un montón de años la docencia en la Universidad de Murcia como Catedrático de Historia Antigua. Unos eran del Rey (los más y entre ellos Murcia, otros de Órdenes Militares, otros de un Marqués, etc.). Y claro, la gente debía saber a qué atenerse, máxime cuando la cosa era cambiante y no necesariamente el estatus se prolongaba siempre en el tiempo con idéntico protagonista.

Para colmo -y no tengo datos concretos de Murcia-, los rollos se levantaron en muchos de los casos donde previamente se levantaron las horcas, que a fin de cuentas era un lugar donde se ejercía la Justicia, y claro, la ejercía quien podía. No describiré las horcas, pero vamos, ya sabemos para lo que servían.

Así que ese -y no otro, incluido el nombre de ninguna gasolinera- es el origen de lo de llamar El Rollo a El Rollo, un nombre que reciben parajes y plazas de un gran número de localidades, no sólo de esta tierra nuestra, aunque aquellas columnas desaparecieron, muchas de ellas "cristianizadas" (sin que los rollos dejaran de serlo) al convertirlas en cruceros (inmediatamente me surge la duda de si el crucero situado a la entrada de la calle Real de Cartagena, que no deja de ser el comienzo de la ciudad, fue en su origen un rollo). En esa "cristianización" de los rollos no dejó de tener su parte de "culpa" el Decreto que promulgaron el 26 de mayo de 1813 las Cortes de Cádiz ordenando "la demolición de todos los signos de vasallaje que hubiera en sus entradas, casas particulares, o cualesquiera otros sitios, puesto que los pueblos de la Nación Española no reconocen ni reconocerán jamás otro señorío que el de la Nación misma, y que su noble orgullo sufriría por tener a la vista un recuerdo continuo de humillación". Ahí es nada. Y ahí acabaron los rollos, aunque no, como digo, la costumbre de denominar a los sitios donde estuvieron tal y como habían sido conocidos durante siglos.

Lo que no consigo encontrar es ninguna diferencia -aunque escriben que las había- entre los rollos y las picotas, que también eran columnas donde se ejercía la Justicia (de ahí lo de poner a alguien en la picota) aunque me da que los rollos eran más informativos y las picotas más empíricas.


Fotowiki:  Rollo del siglo XV de la localidad vallisoletana de Curiel de Duero. Así debía ser -imagino- el que se ubicara en Murcia, como en otros tantos municipios.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Donde se escribe sobre una matanza, una salvajada, una auténtica barbaridad


Llevaba yo unos cuantos días dándole vueltas a la idea de contaros una salvajada que me provocó un considerable impacto hace unos años, pero las fechas no se prestaban para ello, entre tanto dulce, tanto polvorón y tanto fun, fun, fun. Aunque llegado el día en que medio mundo se pone a hacer el indio (algunos sin pudor) para conmemorar que en un pueblo del otro lado del Mediterráneo asesinaron a un buen número de niños (una veintena según algunos estudios modernos, miles según las crónicas medievales, cero según Flavio Josefo), pues como que da menos reparo teñir de sangre el blog. Así que procedo.

Resulta que al bloggero le dió por ponerse internet en casa casi antes de que se inventara. Que en 1996 esto de la red de redes era un capricho de cuatro, y un incordio que ni te cuento. Que aunque algunos ahora no se lo crean, había que enchufar el ordenador al cable del teléfono, desconectando éste (no se podía tener a la vez conexión a internet y realizar una llamada... de hecho la conexión a internet era una llamada, marcando el número y todo). Y ni hablo de la velocidad, que para cargar una página podían pasar perfectamente dos minutos. Y entonces pinchabas un enlace y vuelta a empezar. Eso por no hablar de que casi todo estaba en inglés y muy poquitas empresas o instituciones tenían páginas web.

Pero resulta que en aquellos tiempos protohistóricos, había también algunos retos que tenían su gracia. Y entre algunos internautas primitivos jugábamos, por ejemplo, a tratar de encontrar una foto de alguien (que puedo asegurar que no era cosa fácil, aunque fuera de algún famoso/a). Para que os hagáis una idea no existía Google (se inventó en 1998) o el Messenger (1999) y la búsqueda se realizaba a través de un elemental buscador de Yahoo o de los buscadores españoles Ozú y Olé.

Puedo asegurar que aquella especie de gymkana tenía su cierto atractivo, máxime cuando los niveles de seguridad de ciertos sitios eran poco menos que inexistentes, lo que te permitía encontrar sin problemas documentos que hoy, con todo lo que ha avanzado internet, ya no están accesibles. Es el caso de uno que encontré una noche, que me permitió ganar a los colegas en aquello de encontrar algo raro por la red y que me produjo un enorme impacto emocional: el informe del fiscal (incluyendo el del forense) sobre el asesinato en 1969 de la actriz Sharon Tate y otras cuatro personas en su residencia de Beverly Hills.

Por aquel entonces yo ya conocía la historia. Había visto la serie de la CBS 'Helter Skelter' de 1976, pero puedo asegurar que cualquier comentario al respecto se hubiera quedado corto antes de aquel momento en que ví las fotos del escenario del crimen. Por si alguno la ignora, la resumo.

La joven actriz Sharon Tate (Dallas, 1943) conoció al director de cine Roman Polanski, mientras hacía una prueba para la película 'El Baile de los Vampiros', que se estrenaría en 1967 con la participación de la actriz en el papel de Sara. Se casaron el 20 de enero de 1968 en Londres, y unos meses más tarde se trasladarían a una casa que alquilaron en Estados Unidos: el 10050 de Cielo Drive, en Beverly Hills, California. Aquella residencia se había construido en 1944 para la actriz Michèle Morgan (que protagonizó junto a Humphrey Bogart una película que a buen seguro casi nadie conoce: la secuela de 'Casablanca' llamada 'Un pasaje para Marsella') y en la que también habían vivido otros actores como Henry Fonda o Cary Grant.

Durante el verano de 1969 la prensa se fijaba bastante en la actriz, que lucía orgullosa su embarazo de quien iba a ser llamado Paul Richard Polanski. Acababa de rodar en Italia con Orson Welles y Vittorio Gassman y mientras su marido finalizaba su trabajo en Londres, Sharon Tate había vuelto a Estados Unidos para dar a luz.

El 8 de agosto, a solo dos semanas del parto, Tate comió en casa con unas amigas y luego fue a cenar a El Coyote, su restaurante favorito con unos amigos: el polaco Wojciech Frykowski, gran amigo de Polanski, su pareja, la joven heredera americana Abigail Folger y el peluquero Jay Sebring, ex novio de la actriz. Se dice que entre los invitados estaba también Bruce Lee, buen amigo de la actriz texana, pero que no pudo asistir. A las diez y media de la noche regresaban a la casa de los Polanski y se disponían a tomar unas copas.


Ya de madrugada del día 9, cuatro miembros de una secta de corte satánico, La Familia, liderada por Charles Manson (tres mujeres y un hombre cuyos nombres no pienso reproducir) irrumpieron en la vivienda, matando a la actriz así como al resto de invitados. Lo de matando no resume lo que allí pasó.

De entrada, los seguidores de Manson ya habían matado al entrar a un joven estudiante, Steven Parent que sorprendió a los asaltantes cuando éstos llegaban a la casa en un Chevrolet, cuando ya estaban cortando los cables del teléfono. Lo que pasó en el interior fue una auténtica salvajada. Tate fue apuñalada dieciséis veces. Le seccionaron los pechos. Todos se desangraron. Pintaron con su sangre en las paredes palabras como "Pig" (cerdo) o "Helter Skelter" (nombre de una canción de The Beatles). Que conste que procuro ser lo menos explícito posible, que podría. Y más después de haber tenido la mala suerte de toparme con las fotos de dicha salvajada. Pero os ahorraré comentarios o descripciones.

La conmoción fue total en los Estados Unidos al conocerse la noticia. Los famosos se asustaron tanto que muchos mandaron a sus hijos a estudiar fuera. Dicen que Steve McQueen fue armado al entierro de Jay Sebring. Sharon Tate fue enterrada en el cementerio de Holly Cross -donde yacen multitud de estrellas del cine- con su bebé no nacido en sus brazos. Durante el juicio, los asesinos dijeron que eligieron la vivienda al azar, cosa que no cree casi nadie. Por el contrario, suele encontrarse cierta relación entre el asesinato y el hecho de que Roman Polanski hubiera estrenado el año anterior la película 'Rosemary's Baby' (estrenada en España con el inadecuado título de 'La Semilla del Diablo').

Y lo que más me indigna -que no me sorprende- es la legión de imbéciles defensores del animal de Manson y de los salvajes de sus acólitos, entre ellos de la asesina material de Tate, que es posible encontrar a nada que uno bucee un poquito en internet. Vomitivo.

Y vale que es una salvajada, pero quería contaros aquel momento en que aprendí que no todo lo que aparece en internet es necesario verlo.

Fotowiki: Sharon Tate. Podría haber puesto la foto que Uncle Wiki tiene de ella el mismo día de su muerte mostrando embarazo, pero me pareció demasiado morboso.

jueves, 24 de diciembre de 2009

De un belén, un santo, una nochebuena y un deseo para todos


Hay cosas que se saben, pero que no por eso nos deja de apetecer ver con los ojos. Es, pongamos por caso, como hacer turismo. Que sabemos que las ciudades existen, pero lo que nos apetece es pisarlas, verlas, disfrutarlas. Pues eso mismo le ocurrió a Giovanni Bernardone, un tipo interesante y de vida admirable, que fue proclamado santo por la Iglesia Católica, siendo papa Gregorio IX, el 19 de julio de 1228, antes de que se cumplieran dos años de su muerte en la localidad italiana de Assisi. Sí, me estoy refiriendo a quien todos conocemos como San Francisco de Asís.

Es obvio que Francisco conocía el Nacimiento de Jesús. Que lo habia leído, conmemorado y celebrado desde niño, antes incluso de renunciar a su fortuna familiar, a la vida cómoda y a una condición de rico comerciante de tejidos que podría haber heredado de su padre y le hubiera procurado, a buen seguro, un amplio repertorio de viajes a su apreciada Francia, país del que tomó el apodo, Francesco, por el que fue conocido por todos.

Pero si me lo permitís saltaré en el tiempo, para llegar a aquello que hoy quería contar. Me iré al año 1223, cuando el poverello -nombre por el que era conocido en alusión a su opción de vida pobre- tenía la misma edad que el bloggero, o sea 42 años, aunque en su caso mucho más intensos, dedicados por entero al servicio de los demás. Había creado la Orden de los Franciscanos en 1209 -este año hemos celebrado su setecientos aniversario- y tras viajar bastante había vuelto a su Umbría natal. Se acercaba la Navidad, y se propuso celebrarla de modo especial. Así que se puso en contacto con un buen amigo suyo, llamado Giovanni de Greccio. Faltaban un par de semanas para la Navidad y Francisco le dijo que quería que su celebración de ese año fuera singular. Quería vivirla, quería ver cómo fue aquel momento. Con los ojos del cuerpo, no con los del espíritu. Así que, dicho y hecho, se dispusieron a ello.

Como no estaba la época para inventar nada de por libre, que a la primera te etiquetaban y te mandaban a los soldados, nos cuenta San Buenaventura que Francisco pidió permiso al Papa para realizar su idea, y lo obtuvo. Ya no había obstáculo, así que aquel día se congregó un buen número de personas, que llevaban antorchas para iluminar la noche italiana. Se dispuso heno, se trajeron una mula y un buey. Se colocó un niño en el pesebre y allí San Francisco oró y predicó. Y conmemoró la Navidad. E inventó el belén, esa costumbre tan nuestra, esa costumbre que forma parte de una amplia tradición cultural que se asentó en estas tierras, allá por el reinado de Carlos III. Y que a mí me gusta especialmente.

Así que como uno es un tipo de orden, pongo hoy un belén en el blog, aunque en este caso virtual e histórico, con la ayuda -que no es poca- del mismo Francisco de Asís, y junto al belén, en este día de Nochebuena os deseo a todos vosotros Feliz Navidad, hoy y todos los días del año. Un abrazo a todos.

Fotowiki: San Francisco Asís en las tierras de Giovanni de Greccio en la Navidad de 1223, instaurando la costumbre del belén, tal y como lo reflejó Giotto.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

De algunos personajes que no quisiera ser, y de uno que no me importaría


Creo que debe ser una reacción lógica de la lectura de una novela el tratar de identificarse con alguno de los personajes. A veces es más complicado, a veces más sencillo, pero lo cierto es que bien de una forma absoluta o con un poquito de éste y otro de aquel, uno procura verse en cierto modo reflejado en las páginas de un libro, y dicen que de ello, de esa cierta empatía, parte el éxito de una publicación.

Y aunque estaba tentado de reflexionar sobre el libro de los roles, que es como denomino a 'El Padrino', de Mario Puzo, lo dejo para otro día, porque hoy me apetece viajar a la literatura de las Islas Británicas.

A ver. Analicemos personajes famosos a ver si os identificáis con alguno. Por cuestiones de género, yo hablo de los masculinos. Si alguna lectora quiere, le dejo los femeninos a ella.

Yo desde luego no quiero ser Peter Pan (James Matthew Barry, 1904). Ni tengo intención de ser niño siempre (por otro lado, a estas alturas...) ni me atrae lo más mínimo volar. ¡Si ayer hasta tuve que dejar de jugar un nivel del Lego Star Wars para la Wii porque me dió vértigo! Además eso de vivir en el campo, en un árbol y rodeado de niños sucios y ruidosos. Como que no.

Sin abandonar la tierna infancia, ni de coña soportaría las vivencias de Oliver Twist o David Copperfield (Charles Dickens, 1837 y 1849) -nuevamente niños sucios y ruidosos-. Lo siento por Dickens, pero sus niños me parecen unos modelos poco atractivos para identificarse con ellos. Aunque crezcan. Y por supuesto no me puedo ver reflejado en Ebenezer Scrooge (1843). Si acaso con Samuel Pickwick (1836-1837), pero tampoco me colma. No. Yo del Londres de aquellos años me veo más en la obra de Conan Doyle, aunque un poco a medio camino entre Sherlock Holmes y John H. Watson, doctor en Medicina (1887).

Sin dejar atrás a los londinenses victorianos de corta edad, creo que si fuera Michael Banks no podría soportar sin tratamiento médico a una niñera como Mary Poppins (Pamela Lyndon Travers, 1934), ni que me llevaran a saltar entre los deshollinadores (por supuesto, tampoco me puedo ver reflejado en Bert) sin rebelarme y mandar a la niñera a emular a su colega de profesión Anna Leonowens (aunque ésta es real y no ficticia por mucho que se haya escrito sobre ella o llevado al cine) y largarse a Siam (hoy Thailandia). Y si viajamos en el tiempo (mucho) tampoco me veo -salvo en lo amante de la buena vida- en la piel de Bond, James Bond (Ian Fleming, 1952)

Creo que me sentiría más cómodo en papeles menos ajetreados. Y por supuesto, ventas o superventas al margen, lo siento, pero no me va la magia en versión adolescente. Lo siento por Harry James Potter (J.K. Rowling, 1995) y su legión de seguidores. Ya puestos, y de la misma edad, eran algunos personajes de 'Los Cuentos de Canterbury' y a buen seguro que se lo pasaban mejor. Eso sí, tampoco me adentraré en la literatura antigua, porque en ese caso empezarían los líos de nacionalidades, que ya sabemos que el señor Shakespeare era inglés, pero su príncipe más conocido era de Dinamarca y su muchachito más famoso de Verona y qué queréis que os diga, que ni me veo a estas alturas paseandome en leotardos para decir chorradas debajo de un balcón ni para hacer Filosofía macabra, calavera en mano.

Pero sí hay un personaje que me encantaría representar en la vida. Y no necesariamente a edad considerable ni con connotaciones sexuales (que las hay en el original). Me refiero a Henry Higgins (George Bernard Shaw, 1916), profesor de fonética y otras cuantas cosas de la vida.

No sé a vosotros, pero a mí me encanta ese personaje, al que ineludiblemente ligo a la figura de Rex Harrison, que lo protagonizó en la película 'My Fair Lady' en 1964 enfrentándose a una de esas actrices icono y mito de todo el mundo-mundial excepto el bloggero, para el que no es santa de especial devoción (más bien e inexplicablemente al contrario): Audrey Hepburn.

Puede que sea la frustrada vocación docente, unida a la visión política de una sociedad en la que uno gusta de participar y cambiar para mejor, pero lo cierto es que Henry Higgins es, así de entrada, el personaje literario que me apetecería encarnar en la vida real. Y repito que sin connotaciones malévolas de corte sexual, que estoy seguro que el bueno de Higgins albergaba desde el principio en el fondo de su mente, incluso aunque no se lo dijera al coronel Pickering, el deseo de ventilarse la honra de Eliza Doolitle. Yo no. Que me daría igual formar alumnos que alumnas, en singular o en plural. Eso sí, sin mayor condición que su voluntad y decisión de aprender, que no debe haber peor que dar clase a quien no la quiere recibir. De hecho el otro día en el gimnasio comentaba con un interfecto ejerciente de segundo de bachillerato que, si uno que yo me sé ejerciera la docencia, el primer día mi discurso sería sencillo: "Buenos días. El que quiera aprender, estudiar, sacar buena nota para que le sirva a la hora de entrar una carrera y tal, que se quede y procuraré enseñarle. El que no tenga interés en la asignatura está aprobado. Tiene un cinco a condición de que no venga a clase en todo el año y no moleste." Por supuesto que me consta que después de eso no habría segundo día, sino un magnífico expediente disciplinario para el bloggero-profesor. En fin, cosas que ya no tienen que ver con esto de la Literatura y los personajes.

Fotowiki: Harrison y Hepburn o lo que es lo mismo, Higgins y Doolitle en una escena de la peli en la que ella ya sabía decir aquello de "The rain in Spain stays mainly in the plain".

martes, 22 de diciembre de 2009

Donde el bloggero escribe sobre sus más frías experiencias


Creo que ya he escrito en alguna ocasión que no me gusta el frío. Que uno es de calor, calor. Que me nacieron en julio y cualquier temperatura inferior a 35º me parece indecente e insoportable. No me gusta el frío y no tengo sentido del ridículo, así que no es difícil encontrarme estos días con una sobredosis textil a base de chaquetón, bufanda (mi contraria me ha enseñado a ponérmela en plan moderno y todo), guantes y según la ocasión y el momento, hasta un gorro de lana o con orejeras. Que antes de perder los kilos que se me han caído por ahí, cuando llegaba el invierno parecía la versión abrigada del muñeco de Michelín.

Y no sólo cuando uno sale a la calle, sino que son elementos básicos de mi vida cotidiana invernal la calefacción encendida y una manta para taparse cuando me tumbo en el sofá a ver la tele o jugar a la Wii. Pero lo que está claro es que el frío es patrimonio de la vía pública y, claro, con estas premisas es comprensible que uno recuerde aquellas experiencias vividas a temperaturas gélidas y que sea capaz de rememorarlas con espanto. Os cuento.

Es obvio que habré pasado frío más de una y más de dos veces, porque ya os habréis percatado de que los cuatro grados que están haciendo estas mañanas en North Cartagena a la hora de ir a trabajar, me parecen una ordinariez (por ordinario) claramente criticable. Pero me centraré en algunas ocasiones concretas de esas que se te quedan grabadas en hielo en el cerebro.

La primera de esas veces que uno es consciente de haber pasado frío, pero frío, frío, frío, fue una noche de noviembre de 1989 en Madrid. No tengo ni idea de la temperatura que hacía, pero lo cierto es que no estaba preparado para aquello. Iba camino de Santiago de Compostela (sin peregrinaje) en tren y esperaba en la Estación del Norte a que saliera el correo de Santiago, uno de aquellos trenes nocturnos que salían entrada la noche y llegaban al alba a su destino. Y en los andenes de aquella estación creí congelarme y fuí, por vez primera, consciente de que en el mundo podía hacer frío. Mucho frío.

Otro sitio que recuerdo con frío fue mi primera vez en París. Creo recordar que fue en diciembre de 1998, cuando acompañé al equipo del Tenis de Mesa femenino de Cartagena que iba a disputar una importante eliminatoria de competición europea en la capital francesa. Jugaban contra el Kremlin-Bicêtre, que pese a su nombre es un equipo de un céntrico barrio parisino que lleva dicho nombre (en el que se ubica, por cierto, un conocido hospital psiquiátrico que albergó, entre sus muchos huéspedes, al Marqués de Sade). ¡Menudo frío! Incluso yendo preparado -eso creía yo- con ropa de abrigo (es posible encontrar en internet fotos de la guisa que llevaba en aquel viaje), el frío se te metía en los huesos. Ufff.

Aunque para frío de esos que te poseen como un espíritu maligno, de esos que te congelan los alveolos (incluso dándole este nombre a otra cosa, también) el que pasé en Venecia poco después, en aquella Nochevieja. No se nos ocurrió otra cosa que contratar una oferta de esas que ofrecía a última hora elcortinglés para irnos a pasar el fin de año a la Serenísima. Y menudo. Resulta que le dió entonces por invadir Europa una ola de frío polar que ríete tú de las invasiones napoleónicas. Que dicen incluso que fue la única vez en que los gondoleros se han quitado el tradicional sombrero de paja y lo sustituyeron por un gorro de lana. Así pegaba.

La laguna, helada. Las góndolas y sus embarcaderos con carámbanos a modo de estalactitas de hielo. Las fuentes de las plazas inmersas en un cerco de hielo. Y ocho bajo cero que, con la humedad daban una sensación térmica de, por lo menos, ochocientos bajo cero. Pero si es que por pasar frío ni fumaba (que entonces lo hacía) por no quitarme los guantes. Y cuando te decían que miraras algo, no podías girar la cabeza, entre bufandas, orejeras, gorro y abrigo y tenías que girar el cuerpo entero, como si fueras una única masa rígida y no un ser humano con articulaciones.

Y ni os cuento cuando volvimos a España, que el vuelo nos dejó en Barajas y allí cogimos (los lectores argentinos deben leer tomamos) el coche y nos aventuramos hacia el Sur. Y al ratico la Benemérita nos manda parar y poner las cadenas (curiosamente las llevábamos). Menudo viajecito encadenado a 10 por hora (aunque claro, como el bloggero no conduce -soy objetor de conciencia al carné de conducir- los otros tres se turnaban al volante mientras yo me turnaba conmigo mismo a la hora de dormitar). Eso sí, ni os cuento cómo estuvieron a punto de degollarme cuando a la hora de quitar las cadenas toqué donde no debía y acabé enrollando las cadenas en el eje de la rueda. Eso, que mejor no lo cuento, que eso no es de frío (aunque lo hacía).

En fin, no me enrollaré más. Que como anécdotas de gélidas temperaturas ya tenéis unas cuantas y ya os podéis hacer a la idea de que antes preferiría ver 'Avatar' que irme de vacaciones al frío. Pero como uno es un poco masoca, y tuvo a bien matrimoniar en diciembre -y por tanto celebrar sus aniversarios en tal mes- al final acaba viajando con abrigos. Eso sí, seguirá sin gustarme el cine fantástico.

Fotowiki: Tengo una foto delante del Puente de los Suspiros en la que no podría suspirar aunque quisiera, por miedo a congelarme la laringe.

lunes, 21 de diciembre de 2009

De los olores


Vaya temita. Pero es que resulta que ayer, mientras le echaba un vistazo a 'Master and Commander', que ponían en Antena 3, me vino a la mente un comentario -siempre atinado, como no- del Pensador. Resulta que, en una de mis múltiples divagaciones acerca de lo interesante que resultaría viajar en el tiempo para conocer la vida cotidiana de otras épocas, me decía que, por encima de cualquier otra cosa, lo que me sorprendería sobremanera, hasta hacer insoportable alguna de las rutas previstas, sería el olor.

El olor de las cosas, de las gentes, de los lugares. El olor bestial que debería soportar un marinero durante días y días de travesía a bordo de uno de aquellos barcos de madera en los que se llegó a América, o en las galeras que recorrían el Mediterráneo. Ese olor a humanidad (por decirlo finamente), a sudor, a la carga, a la podredumbre de cabos y maderas. El olor de las ratas muertas y de las inmundicias. Un olor que justifica sobradamente la alegría que imaginamos que exteriorizarían cada vez que llegaban a una isla en medio de la nada océana para no sólo poner los pies en tierra firme, sino para dejar de oler al barco.

El olor de los puertos, de las ciudades cerradas y amuralladas (interesantísima disertación el viernes pasado del Doctor sobre la enfermedad en los recintos cerrados de las ciudades, algo de lo que escribiré un día de estos). El olor de los mercados, de las especias y de las carnes o pescados que se vendían no ya sin frigoríficos, sino siquiera sin hielo sobre el que colocar la mercancía. El olor de las iglesias en las que se enterraba a los muertos en criptas y fosas, o en cementerios anejos, iglesias que como sabemos no eran precisamente fáciles de ventilar.

El olor de la falta de higiene, de la falta de agua corriente, de los animales que compartían espacio en las viviendas más modestas con sus propietarios. El de los caballos y cuadras que se repartían por todas las zonas de las ciudades como único medio de transporte terrestre y que abonaban a su paso calles y plazas.

Que por ejemplo, imaginemos el portal de Belén, que estamos en época estacional en la que éste prolifera por todos lados. ¿A qué olería un establo, con animales, etc.? No creo que a Gloria, salvo que los ángeles se lo curraran a base de bien. Que no me extraña lo bien recibidos que serían los Reyes Magos con aquello del incienso y la mirra, para nada poco práctico en este oloroso contexto.

Verdaderamente -y podría extenderme- tenía razón el Pensador cuando afirmaba que el olor de las ciudades de antes no sería tolerable para el individuo del presente, pero ni de casualidad. Y me hacía pensar esto también en cómo olerían los cuadros. Que siempre nos han dicho que una determinada obra, una buena pintura podría "trasladarnos al ambiente de una época concreta" pero claro, no es lo mismo ver que oler. Para nada.

No, no es que me haya vuelto loco es que, pongamos por caso, Las Meninas, una obra maestra, si no la obra maestra de la pintura española. Un cuadro en el que podemos ver al fondo, en un espejo, a Felipe IV y Mariana de Austria, reflejados en un espejo. No podemos oir los cuchicheos, con marcado acento teutón, de la reina a su marido sobre la educación de la chiquilla, o sobre la necesidade casarla con su tito Leopoldo para así conciliar de nuevo a los Habsburgo, convirtiendo a la niña en emperatriz. Ni tampoco qué le dicen las meninas, Isabel de Velasco o María Agustina Sarmiento a la Infanta Margarita, los ladridos del perro, los comentarios de los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato o las obscenidades que, a buen seguro, se dicen al fondo Marcela de Ulloa y su acompañante masculino. Ni mucho menos leer el pensamiento de José Nieto, al fondo, en la puerta, dudando si entra o no, o del pintor Don Diego, que estaría hasta los mismísimos de aquellos.

Pero seguro que a nadie se le ha ocurrido pensar en el olor. El de las salas del antiguo Alcázar de Madrid, con la ventilación justa -o sea ninguna-, con las alfombras acumulando ácaros sobre el envejecimiento de las maderas. Estarían lejos de las cocinas, con lo que no llegaría hasta allá el olor de los guisos, pero sí el de los cuerpos que no conocían la ducha diaria. El de los ropajes y las telas de las cortinas. El de los muchos soldados que hacían guardia en palacio sin conocer el Heno de Pravia (inmenso Muñoz Seca en 'Don Mendo'). El olor de la pintura fresca que aplica Velázquez sobre su paleta y sobre el inmenso lienzo...

Sí, es evidente que los cuadros pueden oler. Y no necesariamente bien.

Fotowiki: ¿A qué olería la madrileña montaña de Príncipe Pío en la madrugada del 3 de mayo de 1808?

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Del incendio de Atlanta, de una película y una Guerra de Secesión


En 1864 en España reinaba Isabel II y en el Imperio Británico -como no- Victoria I. Una curiosa pareja de soberanas de gran personalidad que, pese a su género, ejercieron el poder casi doscientos años antes de la simpar Bibiana. Otra pareja, menos prosaica, se disputaba por aquellos años el bastón de mando en las Colonias Escindidas y el Lejano Oeste. De un lado Abraham Lincoln, primer Presidente por el Partido Republicano, al que aún faltaban unos meses antes de que el 15 de abril de 1865 lo mandaran directamente al otro barrio desde el Teatro Ford, en Washington, sin que ningún John Malkovich le brindara la oportunidad que le dan a George Clooney en el anuncio de Nespresso. En el otro bando, con sede en Richmond (Virginia), Jefferson Davis era el baranda supremo, si bien tanto en uno como en otro bando de aquella Guerra de Secesión, los más conocidos rivales serían, en el campo de batalla, Ulysses S. Grant -por los azules del Norte- y Robert E. Lee -por los grises del Sur-.

Aquel año en que nacieron Miguel de Unamuno o Richard Strauss y Julio Verne publicaba su 'Viaje al Centro de la Tierra', la Guerra Civil norteamericana estaba ya lista para sentencia. La victoria unionista en la Batalla de Gettysburg (Pensilvania) en julio del año anterior había decantado las tornas y tan solo la pericia de Lee y el carácter de los militares sudistas frenaba ya lo que era un paseo triunfal del Norte.

En septiembre de 1864 culminó una dura campaña, la de Atlanta, en la que según Tita Wiki los dos bandos tuvieron un altísimo número de bajas, una cifra que hoy, con la guerra moderna, se nos antoja escandalosa, pero que era común en las batallas de hace más de cien años. Los de la Unión conquistaron Atlanta, sí, pero se dejaron en los campos de batalla 4.423 muertos, 22.822 heridos, 4.442 desaparecidos o capturados. Los de la Confederación, además de perder la capital y el norte del estado de Georgia, tuvieron como balance de aquellos cruentos días un total de 3.044 muertos (menos que los ganadores), 18.952 heridos (menos que los ganadores), 12.983 desaparecidos o capturados. Claro que el Ejército del Norte compareció con muchos más efectivos que el del Sur cuando, en julio, comenzó la llamada Campaña de Atlanta.

La importancia de Atlanta en aquellos momentos de guerra era notable. Era un destacado centro de abastecimiento para los Confederados, lo que la convertía en un objetivo militar prioritario para la Unión. Así, el General William T. Sherman, al frente de las tropas unionistas, compuestas para aquella campaña por los Ejércitos de Cumberland, Tennessee y Ohio, afrontó en aquel verano la toma de la ciudad, algo que no lograría hasta el 1 de septiembre tras los duros combates y batallas antes mencionados. Aunque la noche del 1 al 2 de septiembre las tropas del Norte entraban en Atlanta, no sería hasta una semana después que el alcalde de ésta, James Calhoun, la rendiría oficialmente. Los hombres del Sur, al mando del General John Bell Hood, habían huido.

Las tropas unionistas ocupaban la ciudad de Atlanta, el estado de Georgia, pero la Guerra continuaba, y Sherman debía perseguir las tropas de Hood, que marchaban hacia Tennessee. Pero no podía permitir que Atlanta volviera a caer en manos de los Confederados, que éstos contaran con una salida al mar en la que reaprovisionarse. Así, antes de marcharse de Atlanta, ordenó prender fuego a almacenes e instalaciones militares o de aprovisionamiento. Un fuego que se extendió rápidamente a toda la ciudad, que quedaría calcinada (se cuenta que de la actual ciudad de Atlanta, en la que desde 1885 comenzaría a comercializarse por John Pemberton, en la farmacia Jacobs un conocido refresco llamado Coca-Cola, tan solo queda una calle anterior al gran incendio). Era el 15 de noviembre de 1864.


Atlanta quedaba calcinada, destruida, y su orgullo sureño herido. Admitido Georgia como Estado de la Unión, sería expulsado de la misma en 1869, por no ratificar la Decimoquinta Enmienda, según la cual cualquier norteamericano mayor de edad tenía derecho al voto. Cualquiera, con independencia de su raza. Tardarían un año en firmar dicha Enmienda y ser readmitidos en los Estados Unidos, ostentando el honor de ser el último estado confederado en integrarse.


Setenta y cinco años después del gran incendio de Atlanta, el 15 de diciembre de 1939, el gran teatro Loews, construido en aquella ciudad renacida, escuchaba los sones de 'Dixie' interpretados por una banda de música cuando Vivien Leigh descendió de su limusina para el estreno de una esperada película, 'Lo que el Viento se Llevó', que llevaba al cine la novela publicada tres años antes por la periodista local Margaret Mitchell. Una de las escenas más recordadas de aquella película es la del incendio de Atlanta, de la que tanto se ha escrito, quema de decorados de 'King Kong' incluida.

Lo que pocos saben es que el incendio que refleja la película no es el gran incendio de Atlanta, no es el que causaron las tropas de Sherman (que tuvo lugar dos meses y medio después de la toma de la capital). No es por tanto el histórico y famoso incendio que destruyó la ciudad, sino, "simplemente" la huida de las tropas del Sur, de los Ejércitos de Hood camino de Tennessee. Y no os creáis que no fue bien polémico el tema en su momento, que hasta David O. Selznick se vió forzado a pedir al departamento de publicidad que no se refirieran nunca a esa escena como "el incendio de Atlanta", aunque sin nada de éxito a la vista de que todo el mundo la conoce como tal. Y que hasta una asociación (Daughters of Union Veterans) amenazó con boicotear la película ante el equívoco de pensar que se retrataba la quema de la ciudad por las tropas de Sherman.

El caso es que ayer la prensa y muchos "interneteros" conmemoraron el 70 aniversario del estreno de una de las más afamadas películas de la historia del cine. Y como después de todo, mañana (hoy) será otro día, pues es hoy cuando pongo -a mi manera- mi granito de arena.

Fotowiki: El cartel de la película en su versión original, aquella que termina con aquella frase: «Frankly, my dear, I don't give a damn»

martes, 15 de diciembre de 2009

De un poeta, una fosa común y una curiosa historia


El domingo siete de marzo de 1999 por la noche, el bloggero y su entonces embarazada esposa zapeaban (otro palabro que ya admite la RAE) cuando se encontraron un curioso programa en La 2. Se llamaba 'Páginas ocultas de la Historia' y lo presentaba Felipe Mellizo, un periodista de conocida solvencia, que algunos recordábamos de su época al frente del Telediario. El programa del mencionado siete de marzo se titulaba 'La otra muerte de Federico García Lorca' y debo confesar que me pareció sorprendente. Impactante incluso.

Lo curioso es que, como pude averiguar más tarde, el programa en cuestión era pura ficción. Es decir, que bajo la apariencia de un documental, los autores del mismo lo que hacían era inventarse una historia y contarla. Pero con un amplio trabajo de documentación, entrevistas, imágenes... vamos, que te lo tenías que creer aunque te vendieran en el mismo que Stalin era, en realidad, un alias de Imperio Argentina. Y del día en cuestión no es que recuerde la fecha exacta de emisión del programa, es que lo he buscado en internet para documentar esta entrada. Os cuento.

¿Qué es lo que contaron -inventaron- aquel día que me pareció tan sorprendente? Pues según los autores de la historia (Fernando Marías y Juan Bas), resulta que el 19 de agosto de 1976, una periodista llamada Rocío Pérez había publicado en el diario Ideal, de Granada, la primera parte de un reportaje titulado 'Las dos muertes de Lorca', si bien el director del mencionado periódico decidió que no se publicara el resto de artículos. En dicho reportaje la autora contaba que un panadero llamado Rogelio Bermejo, le había narrado cómo la mañana del 20 de agosto de 1936, mientras repartía el pan, se había encontrado en la cuneta a un individuo casi muerto, con tres disparos "dos en el cuerpo y uno en la cabeza", llevándolo al convento de San Bartolomé. Se trataba, aunque él no lo sabía en esos momentos, de Federico García Lorca. Las monjas consiguieron con sus cuidados que aquel individuo salvara su vida, aunque el tiro en la cabeza había dañado de forma tan considerable su cerebro que no recuperó la memoria y sus facultades mentales quedaron muy mermadas. Le pusieron como nombre Manolo, y vivió en dicho convento hasta 1954, cuando falleció. Remataban la historia -apoyada en una sorprendente fotografía (montaje) que publico arriba- contando cómo la construcción de un pantano donde se ubicaba el cementerio de aquel convento hacía inviable exhumar los restos del tal Manolo y hacerles cualquier prueba de ADN.


Como digo, todo inventado. Pero claro, esto es un poco como 'La Guerra de los Mundos' de Orson Wells, que si no estás advertido antes, la primera reacción es de una sorpresa tremenda, porque puedo asegurar que el programa estaba muy bien hecho. Otra cosa es que algunos pensemos que no es correcto (iba a escribir "no es ético") hacer ese tipo de recreaciones históricas de una manera tan elaborada y sin que en todo momento aparezca un rótulo que indique que lo que se cuenta es falso. Estaba tan bien hecho que mucha gente se lo creyó a pies juntillas (para colmo, unos meses más tarde, una revista de las de misterio publicó la historia como cierta). Y no digamos ahora que en internet circula cualquier rumor con facilidad. Hay un montón de páginas que dan cuenta de aquellos "hechos".

Y claro, cuando hace unos días publicaban noticias sobre la excavación de la fosa en la que se supone están los restos del poeta y éstos no aparecían, no tardaron en revivir esta conspiranoica teoría y decir aquello de "ya lo decía yo". Pues resulta que no. Que puede que estén o no estén ahí los restos del poeta (jamás entenderé la manía de remover las heridas de la Historia), que puede que sea verdad cualquiera de las muchas teorías al respecto (la última que he leído que el general superlativo ordenó el traslado de los restos), pero lo cierto es que Lorca está en sus obras, no en ningún barranco, ni en ninguna fosa, ni en ningún cementerio. Y por supuesto, no se llamó nunca Manolo.

Y como me parecía curiosa historia, pues os la cuento, no sea que os la quieran colar.

Foto: El referido montaje de monjas y presunto superviviente. El tal "Manolo" (García) es "el último de la fila". Je.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Donde se escribe sobre la que se lió en torno a San Esteban


Menudo lío, ya te digo, el que se vino a montar en torno a San Esteban. A ver si es que se pensaba uno que después de la que se había organizado en un principio, de crucificar incluso a Jesús de Nazaret, la muchedumbre se iba a estar quietecita y a dejar que cada uno hiciera, dijera o pensara lo que quisiera. Pues no. Ni de coña. Y el caso es que es una historia francamente curiosa, para contarla incluso. Procedo pues.

Resulta que una vez que habían crucificado a Jesús de Nazaret (año 33), a todos nos han contado que quedaban once apóstoles (tras la baja voluntaria de Judas Iscariote, que tuvo un encontronazo con una cuerda y una higuera). Y aquellos once (que pese al número no tenían connotaciones futbolísticas) tenían el encargo de predicar el Evangelio por todo el mundo, lo que era ingente tarea. Como es sabido, cada vez eran más los seguidores del mensaje de aquel que nació en Belén y claro, todo aquello conllevaba una cierta necesidad de organización, y así, tuvieron que nombrar varios cargos intermedios para que la cosa marchara.

Y entre lo que he leído me ha resultado especialmente curioso (que no sorprendente) el hecho de un cierto clasismo -por no decir racismo- entre los primeros cristianos, heredado de los vecinos judíos. Resulta que había dos tipos de judíos -y de cristianos-. Los llamados hebreos (que además recordemos que tenían sus broncas entre judíos, samaritanos y galileos) y los de la diáspora (ya por entonces), la mayoría de lengua griega y llamados helenistas. Y al parecer los primeros solían pasar olímpicamente de los segundos, sobre todo de viudas y niños que, al contrario que los cristianos hebreos, no tenían quien se ocupara de ellos.

Así que los jefes de la cosa -los apóstoles- nombraron a un grupo de siete individuos para que organizaran la intendencia y el apoyo, según cuentan en los Hechos de los Apóstoles. Eran siete hombres "de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría" que respondían a los nombres de Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás. Se les considera los primeros diáconos.

Entre ellos, el tal Esteban parece que era un figura. Su ímpetu y capacidad, su vehemencia para narrar la muerte de Jesús, para interpretar todo el Antiguo Testamento en función de aquello eran notables y saltaban a la vista. Su capacidad de convicción, que llevó a muchos judíos a convertirse al cristianismo y su negación -a diferencia de su maestro- de la religión judía, le llevaron a comparecer ante el Sanedrín, como cuatro años antes el de Nazaret, y acabar condenado a muerte.

Solo que en este caso -no cuentan demasiado más los textos que hay acerca de los hechos, sobre todo el de Benedicto XVI que es el más interesante- en lugar de ir a buscar a los romanos como en el 33, parece que ya no debían tener tanto problema para ejecutar ellos mismos sus sentencias, por lo que en vez de una muerte de cruz, que era de estilo romano, lo lapidaron directamente al norte de Jerusalén, cerca de lo que hoy es la Puerta de Damasco, donde se erige una iglesia, la de Saint-Étienne (exacto, significa San Esteban) y la «École Biblique» de los dominicos.

Una lapidación no era cosa de broma (por mucho que a algunos nos venga a la mente la de 'La Vida de Brian') y así, a pedradas, mataron al bueno de Esteban (que en griego -Stephanos- quiere decir corona), mientras éste perdonaba a sus verdugos. Se convirtió así en el primer martir de la historia cristiana, que con los siglos aumentó dicha nómina en progresión geométrica. Y además, cuenta también la historia, que un joven Saulo de Tarso, que por aquel entonces no era santo ni por asomo (aún no se había caído del caballo, ya sabéis) fue testigo de los hechos, aunque -dicen- no participó en la lapidación.

Y así la iglesia conmemora, el 26 de diciembre, a aquel San Esteban que fue lapidado en el año 37 en las afueras de Jerusalén. Y de eso es de lo que iba yo a escribir hoy. ¿O pensábais que me refería a otra cosa sobre San Esteban?

Fotowiki: San Esteban, en pintura de Giotto que se conserva en Florencia.

jueves, 10 de diciembre de 2009

De como los nombres de las calles vienen y van


Hay tipos que van y se hacen famosos. Que de pronto los paisanos les quieren y les vitorean y van y le ponen su nombre a una calle o a una plaza. Y todos tan contentos y felices. Y los niños leen su nombre en los carteles, y los ancianitos se sientan en los bancos de la plaza del fulano en cuestión, y los colegas quedan en la calle de fulanito. Y así el nombre se te hace familiar, aunque por lo general, cuatro días más tarde nadie sabe quién era el interfecto o porqué le pusieron su nombre a unos metros de ciudad, lo cual da mucho juego a los cronistas locales a la hora de escribir libros sobre calles y personajes.

A mí hay algunos casos que confieso que me llaman especialmente la atención. Pongamos por caso lo de los barandas foráneos. Esos que un día tuvieron un poquito de mando y los pelotas de los Ayuntamientos (que siempre los hubo) les pusieron su nombre a una calle. Con el tiempo, unos quedan y otros no, con lo que se dan curiosas paradojas. Por ejemplo, en Cartagena hay una calle Sagasta, pero no una de Cánovas del Castillo, que es un poco como tener una calle de Stan Laurel y no tener una de Oliver Hardy.

Sin embargo lo más divertido (sic) es cuando en esta iconoclasta España nuestra nos da por los cambios. Que se proclama la República y hay que eliminar toda la nomenclatura monárquica del callejero. Que luego vienen los del General Superlativo del Ferrol y toca poner a las calles todo tipo de nombres de los propios. Que luego hay que quitarlos todos y poner nombres abstractos. Que... Vamos, que al final se originan algunos absurdos en el callejero de esos que no hay humano que los entienda.

Podría escribir de muchos. De calles que llevan nombres de tipos que ni pisaron esta tierra, ni falta que nos hizo, o de otros tantos que se lo curraron a base de bien y, sin embargo, ni calle ni leches. Podría, digo, escribir de todos ellos, pero hoy voy a hacerlo tan solo de dos.

A este lado de Chain's Port nació, un 17 de febrero de 1856 un tipo que con los años se hizo famoso, hasta el punto de que Murcia le puso una calle. Su nombre era Agustín Rubio Sánchez, y fue un músico notable. En su casa eran al menos tres hermanos, el citado y dos que también frecuentarían los ambientes artísticos, en este caso como pintores (su hermano Adolfo aparece mencionado en el Monumento a la Fama). La formación musical de Agustín Rubio se inció en Madrid, en el Real Conservatorio de Musica, de donde pasó a Berlín, donde amplió sus estudios hasta llegar a ser considerado uno de los mayores violoncelistas de la época.

El reconocimiento que obtuvo fue notabilísimo. Era amigo de Pau Casal, formó un quinteto con Isaac Albéniz, interpretó su música por toda Europa, obteniendo todo tipo de elogios. La prensa de Murcia se refería de continuo a quien, además fue compositor de un buen número de piezas (incluso llegó a componer una marcha procesional dedicada a la Dolorosa de Salzillo). Se estableció en Londres, donde murió el 4 de abril de 1940. Y en Murcia le pusieron una calle.

Era lógico, creo yo, dedicar una calle a quien es -a juicio de lo que cuenta la Historia- uno de los mejores músicos que ha habido por aquí. Sin embargo ¿alguien sabe qué calle es la que le dedicaron? Y a la vista de que no aparece en el callejero ¿cuándo dejó de llamarse así? Ni siquiera hay un conservatorio, un colegio o un instituto que lleve su nombre. Curiosamente en Murcia ciudad sí hay una calle dedicada a Isaac Albéniz... Eso sí, en honor a la verdad me consta que el próximo año la Consejería de Cultura tiene previsto recordar a Rubio. Al César lo que es del César.

El caso contrario lo encontramos en la Tri. Resulta que hubo un tipo que fue varias veces Hermano Mayor de una cofradía (bueno, vistos algunos casos, tampoco eso es para tirar cohetes). Lo que pasa es que en ese tiempo el caballero en cuestión inventó algo que pasaría a la historia local, como fue el sistema de iluminación eléctrico de los hachotes de los penitentes. Se abandonaba así la cera para configurar uno de los elementos estéticos más característicos de la Semana Santa cartagenera. Todo eso además de otros méritos en ese ámbito. Pero claro, resulta que el interfecto era militar y además desempeñó un papel importante en un período histórico en el que en España no había Democracia. Y claro, ahora algunos claman porque se le quite su nombre a una plaza. Vamos, que al final, lo que cuenta no son tus méritos para con una ciudad, sino tu ideología política a la hora de tener derecho -o no- a figurar en el callejero. Me refiero a José López-Pinto y Berizo (1876-1942) aunque podría hacer una amplia relación de monarcas o políticos con calle o plaza pese a que nunca tuvieron el más mínimo atisbo de comportamiento democrático a lo largo de los siglos de historia.

En fin, que ya lo dijo aquel holandés que vivió unos años en España. Nuestra actuación "siempre negativo, nunca positivo". Es que se nos da mejor despellejar, olvidar o vituperar que mantener la memoria o el recuerdo de los nuestros. Lo hicieran mejor o peor.

Fotowiki: El tipo del grabado escribió mucho de política. Además de alguna calle, hasta un Instituto lleva su nombre. Se le rinde homenaje todos los años. Y no sólo no escribió de Democracia, sino que tenía ideas de un gobierno confesional. ¿Tratarán de condenar al ostracismo también a Diego Saavedra Fajardo?

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Navidad con burbujas


Si el bloggero fuera amigo de generalizar escribiría cosas como que le gusta más el champagne que el cava, pero claro, eso, además de sonar bastante esnob (que es como perullo, pero con recursos) sería totalmente injusto. Porque hace años tuve la suerte de visitar una antigua masía catalana y degustar un cava extraordinario, si bien no comercial, que allí se realizaba. Y hay cavas geniales, como hay champagnes cutrecillos. Asi que no es cuestión de denominación de origen, sino de otras cosas.

Creo que tampoco es lo mismo degustarlo con normalidad en cualquier época del año que hacerlo en esta época que se avecina, de grandes atracones y brindis con copa de cava. Navidad con burbujas que estos días nos atacan desde la tele, aunque sea, dicen, con repetición de protagonistas (que con lo raritos que se han puesto que si la web y tal, media España ni se ha enterado). No, no es la bebida de la Navidad. Es más, no debería ser ni siquiera un complemento final de cualquier sarao que se precie.

En un viaje a Barcelona descubrí, hace unos años, el consumo de cava como aperitivo, y a fe que me pareció bastante más interesante que su consumo cuando el estómago está pidiendo auxilio y la vejiga gritando "mayday" (que por cierto no es palabro americano, sino que deriva del francés m'aidez). Incluso he disfrutado de magníficos almuerzos en los que por toda bebida se utilizó el cava. Mejor, mucho mejor que la típica horterada esa del brindis de las bodas (me refiero al que acaba con el lanzamiento de copas en la puerta de la iglesia o del restaurante) o que acabar todos bebiendo cava o sidra (deberían llamar a eso de otra manera para no difamar el buen nombre de la sidra asturiana de verdad, la que se escancia).

Reconozco que no soy del todo imparcial, y que alguna mala experiencia he tenido con los finales de comida pasados por cava (por ejemplo, hace muchos, muchos años, en el almuerzo posterior a la Primera Comunión de mi hermana Camino cuando decidí acabar con las existencias de cava del salón de celebraciones y cogí un pedal del quince). Pero aun así uno no trata de imponer sus excentricidades a los demás y cuando organiza alguna cena -mejor algún almuerzo en casa- suele tener bebidas de éstas por si los invitados quieren. Y aunque quede como muy palomacuevas (nada más lejos de la realidad y de mi absoluta sencillez), cierto es que suele ser champagne y más concretamente Veuve Clicquot, pero no hago ascos al cava, ni mucho menos.

Y es que -y en eso sí que soy un tradicional- parece que no llega la Navidad sin que entre la sucesión de anuncios con que nos castigan los malos programadores televisivos, aparezca, cada año, el de Freixenet.

Reconozco que lo de estos tíos tiene mérito. Y mucho. Han conseguido, desde hace años, que su anuncio sea noticia, con lo que además salen en el telediario o en los periódicos. Que todo el mundo se entere de quién va a protagonizar el anuncio de las burbujas, por mucho que éste últimamente no sea ni anuncio ni -casi- de burbujas. Que este año se hayan marcado el tanto de "vender" que con la crisis no había anuncio nuevo, cuando lo que no hay es cambio de protagonistas. O sea, lo dicho, que lo de los de Freixenet es de genios del marketing.

Freixenet, cuenta Tita Wiki, nació en 1889, el mismo año que se construyó la Torre Eiffel, nacieron Adolf Hitler o Charles Chaplin (creo que repartían bigotillos en las maternidades) y se creó el Recreativo de Huelva, primer club del fútbol español.

La unión de dos familias de la burguesía vinícola catalana (los Ferrer y los Sala) merced al matrimonio de un Ferrer y una Sala (no pone nada de si fue por amor) dió origen a esta compañía en Sant Sadurní de Noya (Barcelona), una empresa que empezaría a embotellar espumosos en 1914 y que en 1941 creó lo de "Carta Nevada" y en 1971 "Cordón Negro".

Es obvio que hay más cavas, y más anuncios, como el de Codorniu o aquel que todos recordamos de Rondel Oro, Rondel Verde, que era como el BIC Naranja, BIC Cristal en versión navidades, pero desde hace unos cuantos años los de Freixenet se llevan la palma. En un rápido repaso, y desde 1977 en que Liza Minelli inaugurara esa costumbre de contratar famosos para la campaña de Navidad, podemos encontrar a un buen número de éstos. Incluso algunos que hoy nos despiertan media sonrisa al leer su nombre: Gene Kelly, Shirley MacLaine, Raquel Welch, Paul Newman, Christopher Reeve, Sharon Stone, Kim Bassinger, Anthony Quinn, Meg Ryan, Demi Moore, Jacqueline Bisset, Pierce Brosnan o Gwyneth Paltrow entre los guiris. Plácido Domingo, Miguel Bosé, Josep Carreras, Inés Sastre, Antonio Banderas, Nacho Duato, Maribel Verdú, Alejandro Sanz, Montserrat Caballé, Ainhoa Arteta, Penélope Cruz, Gabino Diego, Pilar López de Ayala o Paz Vega entre los españoles que precedieron a las chicas de la Sincronizada. Pero también anunciaron Freixenet Bárbara Rey, Lorenzo Santamaría, Norma Duval, Ana García Obregón, Don Johnson, Mar Flores, Sofía Mazagatos, Juncal Rivero,... Vamos, un montón de gente de lo más diverso.

Y este año ya hemos dicho que no hay novedades, pero eso no quita para que algunos nos atrevamos a dar sugerencias. Que por ejemplo quedarían de muerte en un anuncio de estos las vicepresidentas y el resto de ministras de zetapé. O Espe y Alberto. E incluso como burbujas góticas esas que ustedes saben. O Federico y César (que son muy cava, ya que son como la versión hispana de los champagneros Asterix y Obelix).

Lo dicho, que llega la Navidad y lo hace con sus burbujas. ¿A vosotros os gustan los anuncios de Freixenet? ¿Bebéis cava?

Fotowiki:  Existe un código en los tapones de corcho de las botellas de champagne/cava. Dicen que las marcas de la base del mismo ayudan a distinguir la forma en que se ha elaborado. A buscarlas.

jueves, 3 de diciembre de 2009

De cuando a falta de un puerto, buenas son torres


La sabiduría popular, que es sabia y es del pueblo (vaya chorrada de silogismo que me acabo de escribir), no suele equivocarse. Y en la Tri hay un dicho que resume en cuatro palabras todo un compendio de saber, un tratado de psicología y cuarto y mitad de terapia: "los cabreaos al muelle".

Cierto y verdad como la vida misma. Real como la corona del colista de Segunda (je). Porque, ya en serio, nada consuela más, nada resulta mejor para el estado de ánimo que sentarse en el cantil del muelle, o en uno de los antiguos norays que por allí quedan y dejar que el movimiento ondulante del agua, el suave golpeo de la brisa y el penetrante olor de la sal te relajen. Tratamiento baratico, de la tierra (bueno, de la mar). Incluso los graznidos de las gaviotas te parecen cantos de sirena, la idem de los barcos un sonido agradable y te olvidas de todo lo demás. Del mundo entero.

Y claro, cuando uno se aleja de la Tri y se adentra en la península hispánica, pues como que echas de menos el mar antes de darte cuenta. Y no digamos cuando te estableces a vivir tierra adentro, aunque sea a media horica de ná de la costa. Parece que te has instalado enmedio del desierto del Sahara, de la morriña marina que te entra. Que puede que estando en sus inmediaciones te tires días y semanas sin echártelo a la cara para que, en cuanto te dejaba el giménezgarcía en la estación de autobuses ya notes que el aire no huele a sal y te entren ganas de salir corriendo al puerto.

Alguno puede pensar que exagero, pero aseguro que no es así. Que aunque ahora uno ya esté más acostumbrado, en cuanto pongo el pie en la Tri, aunque sea en la zona norte, ya huelo a sal en el aire. Lo juro. Eso sí, ya lleva uno un poco mejor lo de la morriña, y duele menos, aunque nunca deje de echarse en falta el mar.

El caso es que cuando me vine a vivir por vez primera a estas tierras que fueron de Aben Hud -y que parece que van a volver a serlo, a tenor de la pasión que han despertado algunas piedras- asumí una dura evidencia de golpe: en Murcia no hay mar. Y aunque podía haberme dado por cantar, como hicieron poco después los del grupo The Refrescos -"Aquí no hay playa", ya se sabe, la Movida ochentera y tal- mi nula capacidad de coordinación auditiva-vocal (vamos, que desafino como una bisagra oxidada) no me llevó por tal camino.

Y claro, en los primeros días -o semanas- de estancia estudiantil, entre adaptación a la Universidad, a la vida lejos de casa y a las resacas de los viernes por la mañana, tuve momentos de mal humor. Momentos en que el cuerpo me pedía relajarme de una manera imposible. Si no había mar, no había muelle, por mucho que en el entorno del Thader (que entonces no era el nombre de ningún centro comercial) algunos patos comieran mosquitos. No. No me valía el río como sustituto de ninguna de las maneras. Es más, me resultaba contraproducente. Era como darle un café cargadico a un hipertenso.

Y en esas quiso Dios que descubriera un lugar alejado de la tierra en el que poder relajarme un rato. En lugar de subirme al terrao del edificio en que entonces moraba (que dudo que lo tuviera), tal y como ayer narraba ese maestro de escritores y futuro Cronista que es achopijo, opté por encontrar uno más rebuscado e histórico, que a fin de cuentas es algo propio de mí. Un sitio en el que poder pensar de forma abstraida del mundo: la torre de la Ecclesia Cathedralis Carthaginense.

Vale, ya sé que ni aun así veía, sentía u olía el mar, pero oye, como que ayudaba. Era como subir a un terrao, pero a lo bestia. Me encantaba divisar Orihuela -no me preguntéis por qué-, concretamente el Seminario de San Miguel, que se alza junto a aquella ciudad de erróneo empadronamiento autonómico. O sea, que no miraba hacia la Tri, sino "desde ella", como si me encontrara en un puesto avanzado. Aunque eso lo escribo ahora, que entonces no pensaba yo en esas cosas. Bueno, ni en esas ni en casi ninguna, que a la torre se subía para no pensar. Y digo "casi" porque había una que tenías que tener presente: la hora. Porque como no estuvieras atento y prolongaras tu estancia por encima de los diez minutos, las campanas se ponían a zurrir a metro y medio de tus pabellones auditivos hasta dejarte sordo (no te cuento si en vez de un cuarto tocaban las seis, pongamos por caso).

Desde entonces aquella torre dejó de tener para mí un sentido místico catedralicio, incluso un sentido histórico artístico, por mucho que luego me estudiara lo de las cuatro fases de su construcción, desde el Plateresco en que fue iniciada en 1521, al Barroco exultante con el que se concluyó en 1793. Lo de que cada cuerpo es de un estilo o de la importancia del tañido de sus campanas para avisar de riadas o de saraos (que es lo bueno que tenían los toques de las campanas, un código sonoro que no debiera perderse).

Para mí la torre era una prolongación del suelo murciano, creada en exclusiva para abandonar el ruido y las preocupaciones, pese a que para escalar a su cima hubiera que recorrer un duro trecho de rampas que circundaban -creo que eso era lo que más me gustaba- una suerte de leyenda documental, pues siempre escuché que en las salas existentes en su centro se guardaba el archivo de la Diócesis, al que no me oculto en confesar que mataría (licencia literaria, obviamente) por echarle mano.

Así que ya véis lo complicado que era el chiquillo hace dos décadas, aunque luego, como cerraron aquello por obras dejé de subir. Y luego llegó la época de la pereza, con lo que hace demasiado que no subo. Pero como estoy nuevamente en forma, la excursión que me falta para cerrar el dosmilnueve es esa. A ver si así retomo mi sitio de pensar. A casi noventa metros del suelo (la torre mide 93 -98 con veleta, dicen-, pero obviamente no se sube hasta el remate).

Fotowiki: La torre, en un alarde de originalidad del bloggero al documentar gráficamente el artículo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

De donde se deduce que no falta nada para la Navidad (4. De cine)


Hago hoy un alto en esta relación de anuncios televisivos que me traigo entre manos como anticipo de la Navidad y, en lugar de centrarme en uno de ellos, escribo de otras cosas de la tele. Porque sí. La Navidad se anticipa cada año con la irrupción de miles de anuncios de juguetes, de colonias o de ropa. Con el de las Muñecas de Famosa, El Almendro, Coca-Cola, Freixenet o la Lotería, pero también con una serie de películas que demuestran, bien a las claras, la razón que tenían los de Presuntos Implicados (después de lo de ^^ no sé si ya habrán dejado de ser presuntos para ser solamente implicados). Chistes malos al margen parece verdad aquello de "cómo hemos cambiado".

Y no sólo por la temática, ciertamente. Resulta que por estas fechas empiezan a florecer, cual primavera cinematográfico-navideña, diversas películas que narran los avatares de la Navidad de las Colonias Escindidas y el Lejano Oeste. Como quiera que los programadores de televisión están de psiquiátrico, antes las ponían por las tardes -para los niños- y ahora las ponen por las noches -para los niños-, mientras que por las tardes ponen espantosos melodramas sobre niñas secuestradas y violadas y cosas así. La tele, que no hay quien la entienda.

Pero lo cierto es que el concepto de Navidad ha cambiado hasta en las CC.EE. y el L.O. Totalmente. Que antes todo era paz, amor y buen rollito y ahora todo son padres tontos que no encuentran un regalo o que se convierten de la noche a la mañana en un señor gordo de rojo y con barbas blancas. Y claro, así los tópicos tradicionales del cine cambian también.

Porque a ver, que levante la mano el que, teniendo más de cuarenta, no recuerde una Navidad a base de 'Qué Bello es Vivir' ('It's a Wonderful Life'), 'Mujercitas' ('Little Women'), alguna versión del 'Cuento de Navidad' ('A Christmas Carol') de Dickens -por cierto ES-PEC-TA-CU-LAR la versión que ahora se exhibe en los cines en unas tres dimensiones magníficamente realizadas (sólo por el plano inicial recorriendo Londres ya merece la pena pagar los casi nueve euros que te clavan)-. Incluso recuerdo que a veces se ponían exquisitos con el de Portsmouth y también ponían 'Oliver Twist'.

Pero, con todo, y por encima de esas pelis y de los anuncios, hay una imagen de la Navidad televisiva -en realidad cinematográfica- que es la que yo quería traer hoy aquí. La del inolvidable Pepe Isbert buscando a Chencho en 'La Gran Familia'. Estoy seguro que todos recordáis aquella escena, con la Plaza Mayor de Madrid, por la noche, con los puestos navideños a punto de cerrar e Isbert, el abuelo, con su voz quebrada gritando ¡Chencho! ¡Chencho!

'La Gran Familia' debió ser, a buen seguro, una de las primeras producciones españolas con tal aceptación que se realizó de inmediato una secuela ('La Familia y uno más'), e incluso años después una tercera parte, también interpretada por Alberto Closas y José Luis López Vázquez, aunque con los chicos ya crecidos. Y hasta una cuarta para la tele.

La historia hoy nos parecería marciana. Porque familias de esas no existen salvo que seas kiko o del Opus, pero a ellos no los sacan en el cine, salvo Dan Brown para decir tonterías. Que el Closas tenía ni más ni menos que quince hijos (dieciséis en la segunda parte) y eso ya no es nada común.

'La Gran Familia' la rodaron en 1962, que no sé si por entonces seguía utilizando la nomenclatura triunfal, con lo que sería el vigésimo tercer año tal. Si no recuerdo mal fue el año en que López Rodó puso en marcha los "planes de desarrollo" dando lugar a lo que se llamaría "el desarrollismo español".

Fue dirigida por Fernando Palacios, que ya había tenido éxito con películas como 'Marcelino, Pan y Vino' (1955), 'Las Chicas de la Cruz Roja' (1958) o 'El día de los Enamorados' (1959). Murió joven, a los cuarenta y nueve años (1965) cuando ya había dirigido un par de veces a Marisol.

En 'La Gran Familia' los protagonistas son un matrimonio, el formado por Carlos Alonso (Alberto Closas), aparejador y pluriempleado, y Mercedes Cebrián (Amparo Soler Leal). Tienen ni más ni menos que quince hijos (interpretados, entre otros, por Jaime Blanch -Carlitos- o Pedro Mari Sánchez -Críspulo-) además de vivir con ellos el abuelo (José Isbert) y recibir las visitas continuas del padrino de los críos (¡Padrino, Búfalo!) que interpretaba José Luis López Vázquez.

En cuanto al argumento, pues eso, la vida misma, que con esa tropa no creo que haga falta ningún suceso para que sea interesante lo que pasa a diario. Pero, con todo, la escena que uno recuerda es la que conté. Que hace unos años (2006) estuve en Madrid en estas fechas y acabamos, tras sufrir el primer colapso circulatorio peatonal de mi vida, en la Plaza Mayor ya anocheciendo, y os juro que tenía la sensación de que me iba a encontrar a Pepe Isbert gritando ¡Chencho, Chencho! en cada esquina de aquella plaza.

Así que sí, la Navidad llega con sus anuncios, pero no me importaría que alguna cadena, en lugar de tirar de la producción de santaclauses, revisara alguna de estas películas, aunque sean en blanco y negro. Que seguro que los críos no han visto ya ninguna de ellas, aunque a lo mejor el concepto de cultura de algunos(as) es otro.

Como no dejan insertar la escena, os pongo al menos el enlace: http://www.youtube.com/watch?v=fMLxv_psgt4

Foto: El cartel de la peli, tomado de la web de la SER.