Utilizando un lenguaje coloquial podríamos decir que los hay que son chulos con avaricia, pero chulos, chulos, chulos. Más chulos que un ocho (frase que, por cierto, tiene su origen en el tranvía número ocho de Madrid, que a comienzos del siglo pasado recorría el trayecto entre la Puerta del Sol y San Antonio de la Florida y que, para la verbena del santo en cuestión, iba cargado de "chulapos"). Pero a lo que iba. Que los hay tan chulos que hasta se montan su propio calendario, y así no es que el año empiece cuando les salga de las narices, sino que hasta el principio de los tiempos lo marcan ellos. Con un par.
Y es que mira que hay calendarios donde elegir. Pongamos por ejemplo este año en curso. Según el de los hebreos estaríamos en el 5770. Para los árabes estamos acabando el 1431, y para los chinos el 4706. Y hay más, por supuesto. Muchos más. Los hay con años de diez meses, como el de los antiguos romanos, y hasta algunos que, como los hindúes, tienen tres calendarios en vigor, calendarios que sitúan este 2010 que estamos comenzando entre el 1932 del más reciente al 5111 del más veterano. Lo dicho, que podemos elegir el que nos dé la real gana.
Pero mira tú por donde que los vecinos de arriba, después de su Revolución y una vez que se había creado una cierta distancia entre las cabezas y los cuerpos de Louis-Auguste de Borbón (que por cierto reinó como Luis XVI de Francia y de Navarra) y su conocida consorte, María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena (conocida con el menos pomposo nombre de María Antonieta), la Convención Nacional Francesa decidió que había que eliminar el uso del Calendario Gregoriano e inventarse uno propio.
Y dicho y hecho. El 5 de octubre de 1793 se aprobó la entrada en vigor del nuevo calendario. Y lo hizo con carácter retroactivo, dado que se fijó su inicio -el comienzo de los tiempos, podríamos decir- el 22 de septiembre de 1792, día en el que se había proclamado la República Française. De entrada no podemos negar que los tipos aquellos eran originales, desde luego. El mérito de tal diseño fue de un matemático, Gilbert Romme, y de tres astrónomos: Joseph-Jerôme de Lalande, Jean-Baptiste-Joseph Delambre y Pierre-Simon Laplace, pero claro luego llegó el encargado de ponerle nombre a los días y los meses y entonces surgió un tipo que debía ser un hortera de premio nobel, el rey de los horteras. El poeta Fabre d'Églantine, que como comentaré ahora, se lució.
Resulta que aunque no suelan contarlo así, la Revolución Francesa dirigió sus iras antes que contra el Rey contra la Iglesia. De hecho aquí en España nos inspiramos más en ella para tocarle los genitales a los de las sotanas (la Desamortización) que para hacer lo propio con el de la Corona. En 1790 -dos años antes de proclamar la República- se emprendió una dura cruzada anticlerical (curioso uso de un lenguaje contradictorio), con expropiaciones y pérdida de derechos de todo tipo, además de con algunas de las salvajadas habituales en estos casos.
Y entonces consideraron que el calendario era católico, y que había que derogarlo. Así que unieron a un cierto racionalismo (dicen que buscando la aplicación del sistema decimal) el que el nuevo calendario careciera de toda referencia religiosa.
El Calendario Republicano constaba de doce meses de treinta días. Se iniciaba siempre el día del equinoccio de otoño y como al final faltaban días (cinco) se le colocaban unas cuantas fiestas tras el último de los meses. Ocurre que el equinoccio podía variar un día o dos de un año a otro, y eso era una lata, pero... El referido d'Eglantine (que sería guillotinado en 1794, imagino que por hortera) bautizó los meses como Vendimiario, Brumario, Frimario, Nivoso, Pluvioso, Ventoso, Germinal, Floreal, Pradeal, Mesidor, Termidor y Fructidor, nombres basados en fenomenos de la naturaleza. Se agrupaban en cuatro estaciones (éstas no las cambiaron) y los meses de cada una tenían una terminación similar (-ario, -oso, -al, -idor). Desaparecían las semanas (por su origen religioso) y cada mes se dividía en tres decenas, cuyos días en lugar de lunes, martes, etc. se denominaban primero, segundo, tercero,... Ahora, lo que no tiene precio es la obsesión llevada al extremo. Así, aunque algunos lo vemos innecesario, el poeta pensó que para ser un calendario perfecto debía tener algo que sustituyera al santo del día, y así le puso a cada día el nombre de un animal o un vegetal. Merece la pena leer la tabla completa. Sentado, eso sí.
Napoleón, que otras cosas tendría, pero no era tan hortera, eliminó el uso de tan singular calendario el 1 de enero de 1806, día en que los franceses volvieron al redil gregoriano. Por cierto que los currantes lo agradecieron, porque con el Calendario Republicano habían perdido un día de descanso al mes (habían pasado de uno a la semana a uno a la decena) y eso no se perdona.
En fin, que si el bloggero fuera súbdito de Robespierre, Danton y aquellos simpáticos seguidores de Joseph-Ignace Guillotin, hoy no podría estar escribiendo su primer artículo de un nuevo año, sino que estaría firmándolo en North Cartagena a quince de nivoso del año de 218, día del conejo, que siempre es mejor que el día del estiércol (8 de nivoso) o el del macho cabrío (5 de ventoso). Que a ver quien es el guapo que nace en esos días.
Fotowiki: Philippe-François-Nazaire Fabre, nombre real de Fabre d’Églantine (Carcassonne, 1750 - París, 1794). Actor, dramaturgo, poeta, político y hortera francés.

1 comentarios:
Grandioso, grandioso, grandioso, ilustrativo, necesario y ameno post de ese inagotable cenote de la cultura que es el caballero Ventimiglia...
Una palmaria demostración de cómo algunos 'políticos' están para complicar la vida de sus conciudadanos, más que para hacérsela más llevadera y próspera...
Resulta curiosa esa obsesión anticlerical incluso en tan insólitos aspectos, y más cuando todos los meses del calendario son de origen greco-romano...
Sin duda alguna, la recuperación del antiguo calendario por parte de Napoleón fue una manera de congraciarse no sólo con el papado que le había nombrado emperador, así como con algunos de los rasgos más ligados a ese Antiguo Régimen al que cabe asociar la vieja dignidad imperial recién asumida por el astuto corso...
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