miércoles, 6 de octubre de 2010

Dicebamus hesterna die

En las Españas, al siglo XVI lo llamaron el "Siglo de Oro". Un calificativo áureo que no venía dado por el metal que manejaron -o hubieran querido hacerlo- los paisanos de entonces. Y eso por mucho que éstos lo ansiaran hasta el punto de montar expediciones en busca de un sitio llamado El Dorado. Lo del "Siglo de Oro" venía más bien por la extraordinaria riqueza de la cultura española de aquellos años. Y si la Guerra de los Cien Idems había durado ciento dieciséis, el "Siglo de Oro" se permitió el lujo de durar casi dos centurias, a juzgar por lo que nos cuenta Mr.G., que sitúa su inicio en 1492, cuando un tal Antonio de Nebrija publicaba su Gramática y lo extiende hasta que en 1681 elevó su alma al Señor el bueno de Don Pedro Calderón (de la Barca).

Cultura elevada a la enésima potencia. Una relación de escritores, de artistas, de pensadores tan extensa que evitaré hacer una selección, porque citarlos todos es imposible. Un período de esplendor cultural como no ha habido desde entonces en estas tierras, con permiso de actual mandamás de la cosa, la niña-actriz de 'El bengador Gusticiero y su pastelera madre'.

Eso sí. Aquí las cosas las hacemos a nuestra manera. Aquí todo se articulaba desde un prisma religioso, por entonces. Casi más, me atrevería a decir, que en la mismísima Roma. En la Cittá Eterna, iniciaban el Cinquecento pasando página al gobierno de los Borgia, pero la cultura humanista no aparecía reñida en exceso con lo eclesial, con permiso de un tal Buonarroti y un tal Julio II. Y no digamos en la Pérfida Albión, donde Enrique VIII pasaba fácilmente de una a otra esposa, aunque para ello tuviera que haberse inventado una religión nueva y hacerse el boss en la misma. Aquí, en las Españas, -escriben algunos- la cosa se circunscribía a una todopoderosa Inquisición, simplificación bastante absurda, por cierto. Porque lo divertido de la época era conjugar aquel fanatismo con las luchas de poder, y además, con las luchas entre órdenes religiosas, que es un mundo interesantísimo y nunca suficientemente estudiado.

Así que en aquel contexto, reinando Felipe de Habsburgo, segundo monarca de dicho nombre en las Españas, la gente tenía bastante en qué fijarse, aunque las princesas se llamaban Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, pues una tercera, llamada María, había fallecido con tan solo tres años de edad. Ninguna se llamaba -sorprendentemente- Belén ni había tele por entonces. Cosas curiosas. Pero como digo, el pueblo no se aburría, que para eso su Rey había logrado la gran victoria de Lepanto o había mandado unos barcos a hundirse en las costas del oeste de Irlanda.

Y además tenía el teatro y los libros, y en un lugar de la Mancha a un ingenioso hidalgo. Y por si faltaba poco las órdenes religiosas se tiraban los trastos a la cabeza por cuestiones como la traducción de la Biblia. Y es que en España siempre hemos querido meter las narices en todos lados, valga la máxima del NODO ("El mundo entero al alcance de todos los españoles"). El alma de portera que todos llevamos dentro, supongo.

La cuestión estaba en que con tanto arrebato cultural, a alguno se le ocurrió cuestionar la traducción oficial de la Biblia. La Vulgata que la llamaban. Una traducción de los textos originales que había hecho, entre el final del siglo IV y comienzos del V, un tal Jerónimo de Estridón y que desde entonces iba a misa (perdón por el chiste fácil). Pero resulta que a algunos les dió por cuestionar el texto oficial. Que incluso osaron a traducir del original en hebreo por su cuenta, y oiga, eso como que no.

Y claro, si el que lo hacía era uno de los tuyos, a lo mejor hasta tragabas -aunque lo dudo-. Pero si encima era de otra Orden se te iba la pinza. Y algo de eso ocurrió en 1572, cuando un fraile agustino de Cuenca con nombre de ciclista de Mula, fue acusado por un par de reputados dominicos de preferir el texto hebreo al de la Vulgata -escriben que por celos académicos- y acabó en las cárceles de la Inquisición. Pasó allí unos años, hasta que fue declarado inocente y volvió a su cátedra de la Universidad de Salamanca.

Y cuando subió al estrado, un 26 de enero de 1577, comenzó su clase con esas palabras que hoy titulan esta entrada: "Dicebamus hesterna die". Decíamos ayer...

Fotowiki: Fray Luis de León (Belmonte, Cuenca, 1527 – Madrigal de las Altas Torres, Ávila, 23 de agosto de 1591). El prota del relato.

1 comentarios:

sushi de anguila dijo...

Queda más que claro que eso de que España sea el mayor cobijo conocido de hijos de perra envidiosos, incapaces y mediocres no es de ahora, lamentablemente...

Si se vuelve hay que hacerlo así, a lo grande, a lo Fray Luis, al estilo Tres Mosqueteros veinte años después, a lo conde de Montecristo u Obi Wan Kenobi... A lo Ventimiglia...

viva y bravo!