Hace un siglo, cuando Lord Carnarvon y compañía coleccionaban cositas que encontraban por ahí, el concepto de museo arqueológico era bastante diferente al actual. El de los museos y el de la misma Arqueología. El primero se guiaba más bien por el concepto de wunderkammer (saludos, bloggera), cuarto de las maravillas o gabinete de curiosidades, con toda una suerte de objetos de valor acumulados a mayor gloria del propietario del kammer en cuestión. Lo de menos era documentar la procedencia, estudiar científicamente la pieza, incluso conservarla tal y como se encontró o restaurarla según un método. Había que ponerla guapa, en su caso, para que luciera en todo lo suyo. Eran, dicen, otros tiempos.
Luego, en este mundo pendular tan divertido en el que habitamos, llegamos al extremo contrario. Museos donde lo menos importante eran las piezas expuestas (entre otras cosas porque llegamos a un punto en que cada calle tiene su propio museo y reclama sus propiedades), sino el discurso expositivo. El continente, que adquiere un protagonismo mayor, en perjuicio del contenido, y los paneles, los videos, los ordenadores y -ni os cuento- los juegos para niños. Que ahora cada museo es como un pabellón de la Expo pero en pequeñito.
Y qué queréis que os diga, que ni tanto ni tan calvo. Que está muy bien explicarlo todo y ponerse en plan didáctico, pero manteniendo en exposición un número suficiente de piezas -eso sí, ahora mejor dispuestas-, colecciones, etc.
Ahora priman otras cosas y, probablemente, el bloggero es un antiguo, un desfasado. Será eso. Ahora se llevan edificios imponentes, de nueva planta o de moderna remodelación. Grandes espacios para el minimalismo, pues sus colecciones permanentes son apenas cuatro cosas entre un montón de pantallitas y juegos varios que conforman un museo destinado a un público de no más allá de doce años. Objetos de valor que se disimulan perfectamente en un entorno creado para ningunearlos. Aunque en honor a la verdad, sus colecciones permanentes suelen ser mucho más grandes, pero instaladas, eso sí, en espaciosos almacenes.
Otra cosa que ha muerto es la perspectiva nacional. Lo de la grandeur lo dejamos para los franceses y, con una exquisita corrección política, no planteamos nada que huela en lo más mínimo a la grandeza pasada de España. Antes incluso había museos nacionales (término que antiguamente equivalía a lo que hoy puede denominarse "estatal" y que, al implicar a la totalidad de las comunidades reunidas uno piensa que debía ser como lo más de lo más), pero hoy eso no queda bonito, no.
Hemos pasado de museos a mayor gloria de la arqueología a museos a mayor gloria de los arqueólogos, museos donde lo importante es poner en valor el trabajo de éstos, no lo que encuentran. De museos militares a museos donde casi se pide perdón porque nuestro Ejército, en tiempos remotos, no se dedicaba a las "misiones de paz" (sic).
Así que lo de menos es exponer, contar algo. Lo importante es tener una página web chachipiruli, una entrada moderna, una firma de prestigio (ejem) en la parte arquitectónica y ocultar convenientemente la mayor parte de los fondos, salvo que alguno se pueda distribuir a su comunidad de origen, de forma que no exista ni la más mínima perspectiva de conjunto.
Museos que se pueden visitar por las noches, pero donde a algunos no nos apetece ir ni de día. Museos donde, a decir de la gente, lo más interesante puede ser su cafetería, lo que ya de por sí es una descripción suficiente.
Así que, si me pierdo podéis encontrarme en un museo. Pero no en un par de ellos que tengo en mente y que vosotros mismos podréis adivinar.
Fotowiki: Abū ʿAbd Allāh Muḥammad ibn ʿAlī (أبو عبد الله محمد ابن علي), más conocido como Boabdil. En el futuro, cuando ya no haya remedio, algún ministro llorará porque sus antecesores no supieron defender la Cultura española frente a los ineptos.

2 comentarios:
La foto, impactante... el futuro que espera a estos y otros museos nacionales ninguneados por la miopía ignorante y burripédica del Ministerio es tan calamitoso como el que padecieron Boabdil y sus convecinos tras el fin de la conquista castellana...
Excelente artículo de museología, señor Ventimiglia. No puedo estar más de acuerdo con usted, creo que hemos pasado de un extremo a otro... ahora la panacea es el multimedia y tampoco es eso, no.
Es curioso esto de que al final uno eche de menos las Wunderkammern o al menos eso me ocurre a mí, ya se sabe. Gracias por los saludos :D
Y qué gusto verle otra vez actualizando su magnífica bitácora, ánimo.
(Así de lejos y desde la pantalla de mi móvil parecía que el señor de la fotografía llevaba mantilla, jajaja)
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