jueves, 4 de noviembre de 2010

De unas presuntas brujas quemadas por unos ingleses en las Colonias

En 1692, un príncipe holandés llamado Guillermo de Orange cumplía su tercer año de mandato como Guillermo III de Inglaterra (y II de Escocia). Había llegado al poder en una maniobra política a medio camino entre el golpe de estado y la invasión extranjera y, como podéis imaginar, con excusa religiosa, en este caso para consolidar un gobierno protestante derrocando a su suegro, el católico Jacobo II. A juzgar por lo que cuenta de él la Historia, se mantuvo bastante ocupado con unos pocos líos internos contra el depuesto y sus fieles (en Irlanda y, sobre todo, en Escocia) y, como miembro de la llamada Gran Alianza una prolongada guerra con Francia, que curiosamente se llamó la de los Nueve Años pese a que duró exactamente nueve años y lo usual en la Historia es que las cifras no cuadren.

El caso es que parece que a William las Colonias de Ultramar le importaban un bledo. No hay ni una sola reseña en su biografía a acción alguna organizada por el de Orange en el otro lado del Atlántico. Cero. Pero por mucho que el monarca no estuviera todo el día dándoles la vara a los colonos, éstos no dejaban de tener la nacionalidad británica y de regirse por las leyes que se escribían en Londres. Y es que el nuevo monarca influyó más de lo que se piensa (y de lo que él mismo pensaría) en algunas cosas que pasaron por allí.

De entrada, cuando se produjo el "cambio de gobierno" muchos de los cargos políticos británicos fueron relevados. Entre ellos el gobernador de Nueva Inglaterra, Sir Edmund Andros. En su lugar situaron (1689) a Simon Bradstreet, considerado una persona mucho más cercana a los puritanos colonos que habitaban la Bahía de Massachusetts, hasta el punto de que éstos lo habían elegido diez años antes como gobernador, cargo que mantuvo hasta 1686, cuando negaron la autonomía a la colonia. Con el nombramiento de Bradstreet, los colonos, cuya principal obsesión era ampliar sus dominios "tomando" tierras de los indios (algo que tenían prohibido por las leyes británicas) aprovecharon el cambio para lanzarse como posesos hacia Maine, entrando en conflicto de inmediato con Francia (cuyas colonias quedaban también por allí) y utilizando los unos y los otros a tribus indias como punta de lanza. Además -recordemos- Inglaterra ya estaba en guerra con Francia, aunque en las Colonias a aquella la llamaron "la Guerra del Rey Guillermo".

No tardarían -en la velocidad administrativa del XVII- en relevar a Bradstreet, nombrando gobernador a Sir William Phips, un tipo hecho a sí mismo, quizá uno de los pioneros de lo que se llamaría con el tiempo el "american dream". Había nacido en las Colonias y aunque tenía familia de abolengo en Inglaterra, dicen de él que era un pobre pastor a los dieciocho, que luego trabajaría cuatro años como aprendiz de carpintero y que no sería hasta después de eso cuando, trabajando en un comercio, aprendió a leer y escribir. Curiosamente, su nombramiento de Caballero le vino cuando encontró un tesoro en un galeón español hundido en las Bahamas, proporcionando a la Corona Británica la envidiable cifra de 300.000 libras de la época. Jaime II, agradecido, le regaló 16.000 como parte del botín y lo hizo Sir. Cosas.

Cuando Phips fue nombrado encontró a los colonos en una suerte de sin gobierno, radicalizados en su puritanismo. Nadie se fiaba de nadie y comenzaron las acusaciones de brujería contra todo aquel que pasara por delante. El nuevo gobernador, siguiendo la ley inglesa, nombró un tribunal de Oyer and Terminer -algo por otro lado normal, pues debían reunirse dos veces al año-, aunque aquellos colonos iban bastante por libre. Así, en 1692 el tribunal se creó y dividió en cuatro secciones, para las ciudades de Ipswich, Boston, Charlestown y la aldea de Salem.

En ésta, la más famosa, los detenidos llegaron al centenar y medio de personas, aunque sólo llegaron a juicio veintiséis (aunque cinco fallecieron en la cárcel antes del juicio y a uno se lo cargaron en los "interrogatorios"). Los veintiséis (hombres y mujeres) fueron condenados y murieron ahorcados.

Y lo demás es Literatura. Y no sé muy bien por qué, pero me apetecía desterrar algunos mitos sobre estas brujas americanas que algunos creen que quemaron en la hoguera. Técnicamente eran británicas, la Justicia que las condenó era británica. Había hombres y mujeres y fueron ahorcados. Y hombre, lo del fanatismo religioso está bien, pero no desdeñaría yo el componente radical de los colonos y su vocación expansionista como parte del conflicto.

Fotowiki: Grabado que representa los Juicios de Salem.

1 comentarios:

sushi de anguila dijo...

Colosal post... tremendo... y múy revelador sobre cómo las hisotiras son deformadas por el imaginario popular, la nefasta influencia de las novelas baratuchas y de las películas de Jolivu...

Lo de la hoguera es más (lamentablemente) cosa de nuestra Inquisición... a los supuestos brujos/brujas se les ahorcó, porque esa era la pena dem uerte establecida para los no nobles o los crímenes deshonrosos... a los aristócratas cabía aplicarles el fusilamiento o la decapitación, reservada ya en esta época para los reyes...

Muy bien explicado el batiburrillo legal y político que eran las Colonias por aquel entonces, cada una con sus propias leyes, sistema monetario y asamblea... y sempiternamente divididas y en pugna por hacerse con los recursos del vecino hasta que un tal Benjamin Franklin implusó su unión como el paso imprescindible para poder expulsar a los franceses de Norteamérica, y, una vez conseguido esto, por las tropas y el dinero británicos, expulsar acto seguido a estos últimos... y quedarse ellos toda la parte del pastel...