Me da a mí la sensación de si digo la palabra desayuno, un buen número de individuos van a pensar casi de inmediato en esa actriz de aspecto frágil que en contra del criterio del bloggero idolatra la peña, y que se tomó un conocido breakfast con diamantes en una joyería allá por el año 1961. Me refiero, obviamente, a esa señora nacida en Bélgica y fallecida en Suiza, que se hizo famosa por su trabajo en las Colonias Escindidas y el Lejano Oeste llamada Audrey Kathleen Ruston y conocida por el personal como Audrey Hepburn. Pues bien, si así pensaran errarían, porque no tengo la más mínima intención de escribir sobre la peli de Blake Edwards ni sobre la novela de Truman Capote. Hoy lo que toca es el desayuno. A secas.
Que salta hoy la noticia (sic) de que el agonizante trigobierno catalán aprobaba una medida que obligará a todos los hoteles de cuatro o más estrellas a servir desayunos catalanes. Con un par, oiga. Nada del desayuno inglés, americano o continental. Ahora también catalán, que habiendo pan con tomate los huevos revueltos pueden irse a hacer puñetas (con bacon). Y que conste que no critico la medida, que lo único sorprendente que tiene -conociendo el percal- es que no obliguen a tener sólo el desayuno catalán y multen al que sirva té con pastas. Aunque eso sí, me surgen un par de dudas. Porque si los tomates son de Mazarrón ¿el desayuno es catalán-catalán? Y luego está el tema del clasismo. Que han debido de pensar que a los "pobres" que les zurzan, porque a la vista del precio del pan y el tomate no sé porqué obligar sólo a los de más de cuatro estrellas. En fin, cosas...
Pero el caso es que uno, que es hotelófilo confeso e insatisfecho (la jodida crisis, ya sabéis, que impide al bloggero viajar todo lo que quisiera) ha acabado por darle vueltas entre neurona y neurona a lo de los desayunos, tema en el que confieso tener prácticas de lo más extremo.
Y es que mi tendencia natural, de años, es no desayunar según me levanto. Que hay gente que sale de la cama en piloto automático y hasta que no se toma un café no se activa, pero no es mi caso. Uno, de natural, es de los que no tomaría nada hasta las diez y pico, momento ideal para hacer un break fast (en traducción original inglesa), parar un momento y tomarse un colacao con algo, ya sea croissant o mediatostada con aceite y azucar. Lo que pasa es que luego los médicos dicen que eso no es sano y tal y cual y cuando me puse a dieta pasé a desayunar casi al saltar de la cama un café descafeinado con leche desnatada y sacarina (combinación a la que alguno bautizó como un "desgraciao") acompañado por dos trozos de pan tostado integral con pechuga de pavo. Vamos, para un premio al desayuno original y atractivo...
Pero lo curioso -en mi caso y no sé si en el vuestro- es cómo cambiamos de forma radical nuestras costumbres en esta materia en cuanto salimos de casa. Que parece que es dormir en otro colchón y levantarnos con antojos matinales como si lo que tenemos bajo las costillas no fuera una barriga cervecera sino un preñao en toda regla.
Aquí el menda en cuanto abre el ojo en su casa paterna, o sea en la Tri, sale a escape al Bar La Paz y desayuna el consabido colacao, pero con churros. Aunque el record de tragaldabismo lo tengo en los hoteles. Y no porque el desayuno sea bufé y lo hayas pagado -y bien- en el precio de la habitación, sino que supongo que más bien por la sensación esa de libertad que te inunda en cuanto estás a más de cien kilómetros de tu madriguera (no digamos si además es en guirilandia).
En todos esos sitios desayuno primer plato, segundo plato y postre. Bebo zumo de naranja en cantidades industriales mientras tomo los inevitables huevos revueltos con salchichas y bacon. Luego cae algo de pan con fiambre y queso, y de postre, café (o lo que sea eso que ponen en los hoteles) con leche y algo de bollería. Quizá porque luego necesitas esas energías extra mientras te pasas el día entero andando, haciendo cola o de pie en el metro, que de todo hay un poco. Y no sé si el paquete es divisible, pero cuando llevo tantos meses como ahora (casi un año) sin salir a tierra extraña transpirenáica, no sé si echo más de menos los aviones, los hoteles, los sitios donde hablan raro, utilizar cutremente la lengua de William & Kate ante la atónita mirada de alguien que no es anglófono o desayunar en plan pantagruélico.
Fotowiki: Edición de 1537 en Lyon de 'Gargantúa y Pantagruel' (François Rabelais), colección de historias sobre dos gigantes -padre e hijo- que comían con un ímpetu comparable al de algunas mañanas del bloggero en otros países de Gaia.

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