Cuando yo era pequeño, el puerto de Cartagena estaba en el mismo sitio que ahora (cosa que no podría decir si fuera romano, pero no es el caso). Estaba en el mismo sitio, en esa impresionante bahía natural que llevara al navegante Andrea Doria (nacido al ladito mismo de Ventimiglia) a decir que no había navegación más segura que junio, julio y el puerto de Cartagena. Pero estando allí, era distinto.
Llegabas -como ahora- a través de la plaza del Ayuntamiento, que entonces no era peatonal, como tampoco la calle del Cañón, por la que bajaba el poco tráfico que había por entonces y que tenías que esquivar en tu llegada a los Héroes de Cavite. El monumento, el original de 1923, era en piedra, pues no sería hasta 1985 cuando sería sustituido por una réplica en bronce llevándose las esculturas de Julio González Pola a sus actuales destinos del Arsenal Militar y el Hospital Naval. Pero lo que más recuerdo no era la piedra de las alegorías, sino los hexágonos del suelo, entre cuyas separaciones crecía la hierba. Y las grandes cadenas que lo rodeaban, en las que nos sentábamos como si fueran columpios.
Al otro lado quedaba el submarino Peral, esa joya de la ingeniería a la que, a fuerza de costumbre, acabamos por ver cómo a alguien de la familia y no le damos toda la importancia que tiene y merece. Cruzabas hacia el cantil del muelle, donde se alzaba ya el "nuevo" edificio del Club de Regatas, que ahora ya no existe y te asomabas al mar. Inmenso, limpio de construcciones (no existían los pantalanes del actual Club de Regatas y de la Marina que lo precede, o de la terminal de cruceros). La bahía, aunque la tierra le había comido terreno, se mantenía en aparente unidad, sin que nada obstaculizara desde ese rinconcito que entonces se asomaba a ella, la visión de Santa Lucía, de la Curra, de los Faros de San Pedro y Navidad, de la Bazán y el Arsenal. De San Julián y Galeras, de Santa Lucía y allá, tras la bocana, el Mar que trajo a los cartagineses y a los romanos.
Tenías apenas un pedazo de puerto, porque casi todo lo que se había ganado al mar en el siglo XX a los pies de la Muralla de Carlos III estaba ocupado por el Muelle Comercial. Una valla separaba los almacenes portuarios, las grandes grúas, los containers que habían de embarcarse y el paseo de Alfonso XII (el del Muelle, para entendernos) presidido por "La Patatera" y a cuyo término se situaba, en contadas y esperadas fechas la Feria. Porque entonces Cartagena albergaba allí una feria que a ojos de la chiquillería no tenía nada que envidiar a los grandes parques de atracciones. Era enorme, a la altura del "túnel" de la calle Gisbert, por el que también llegábamos a la Feria (que no al Puerto) sin dejar de gritar en su interior para comprobar el eco. En aquel lugar, que amén de ser sede temporal de los caballitos, los coches de choque, la noria y tómbolas varias, era también casi feria de muestras, pues allí se colocaban las tiendas de campaña de la celebración de las Fuerzas Armadas (que entonces era de más de un día) y uno podía ver los últimos avances de los Ejércitos y la Policía. Allí fue donde mi hermano -hoy de viaje de novios (enhorabuena, pareja)- se puso jugando unas esposas en la caseta de la Policía (¿Nacional, Armada?) una tarde de mayo de 1981 (la víspera de su Comunión) y tuvo que recorrer todo el paseo del muelle esposado mientras el sofocado policía que estaba a cargo buscaba a un compañero que tuviera unas llaves (se obvia contar que seguidos ambos por un mozo de casi catorce años absolutamente partido de la risa todo el trayecto). Allí se ubicó también, todo sea dicho, el primer Campamento de Cartagineses y Romanos.
El puerto estaba en el mismo sitio, pero no había una estatua de un marinero de reemplazo, sino multitud de marineros. Y no había una gran bandera de España en el muelle, sino en lo alto del Gobierno Militar. Y no se veía siempre a la derecha al Hespérides. Y en lugar de un moderno almacén de Navantia uno veía las letras clásicas con el primer apellido de un tipo que, siendo de tierra adentro, acabaría convertido en uno de los grandes navegantes españoles: Álvaro de Bazán. Y los domingos abrían el muelle comercial y te dejaban pasar a su interior para recorrerlo "ganando" mar, respirándolo, sintiéndolo. Y también lo abrían en las ya tan lejanas fiestas de julio, que uno apenas recuerda si no es por la impresión de contemplar, a los cinco años cómo se hundía una de aquellas barcazas de la Velada Marítima dejando ante los ojos ingenuos de un niño una nube de humo y bombillas, gritos y una rápida retirada que sólo años después sabría que había acabado con la vida de muchos cartageneros y que cerraría, quizá para siempre, aquellas fiestas que transcurrían entre la Virgen del Carmen y Santiago.
Y hoy, cuando de pronto me apetecía viajar al puerto mentalmente, escuchar las gaviotas, oler el salitre, mirar de cara al viento y dejar que éste me azotara el rostro, me he encontrado que el puerto que visitaba, por el que paseaba, estaba en el mismo sitio, pero era éste que os cuento, de treinta años atrás.
Ventifoto: "Con esto, poco a poco llegué al puerto al que los de Cartago dieron nombre. Cerrado a todos vientos y encubierto, a cuyo claro y singular renombre, se postran cuantos puertos el mar baña, descubre el Sol, y ha navegado el hombre". Creo que no había niño que no se supiera estos versos de Miguel de Cervantes ('Viaje del Parnaso', 1614) colocado en unos azulejos que, éstos también, están en el mismo sitio.

2 comentarios:
Igual me pasa a mí con el extinto puerto de Garrucha... El de hoy es la repera de grande y moderno, pero ancla sus fundamentos en el entrañable puertecico de los años sesenta que yo tanto disfruté, hoy sepultado o remodelado a más no poder...
En verdad que me ha traido Usted muchos recuerdos de la infancia. Ahora nos hemos acostumbrado a ver el puerto y nos ha puesto Usted nostálgicos.
Cómo ha cambiado... Recuerdo llegar con mi padre en coche hasta el mismo borde del mar, me asustaba un poco y luego ir a comprar patatas fritas... Esos paseos de los domingos... Si, club de regatas, la feria,...
Gracias por transportarnos a aquel otro tiempo.
Un saludo.
José.
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