jueves, 9 de diciembre de 2010

Ya no se hacen regalos como los de antes

Los dioses griegos, ya sabéis, esos tipos que habitaban en el Olimpo, eran unos tipos de cuidado. A juzgar por lo que cuentan, además de inmortalizarse en mármol para mayor gozo de museos de medio mundo, tenían un sentido del humor bastante retorcido, y además, y por encima de todo eran unos salidos. Pero de los de verdad, que no hay más que aventurarse en la lectura de cualquier batallita de esas que inventaron para encontrar cada dos por tres cómo raptaban a la primera moza que pasara ante sus ojos, aunque aquello originara guerras y más guerras.

Pongamos, por caso, a Poseidón. El dios del mar se enamoró como un adolescente de una ninfa llamada Córcira. En lugar de cortejarla, pedir su mano y casarse como Zeus manda, la raptó y se la llevó a una isla llamada Kerkyra (que nosotros conocemos como Corfú) y allí tuvieron un hijo. El niño se llamó Féax, y de él provienen los feocios, un pueblo que aparece, por ejemplo, en la Odisea, cuando Ulises acabó de náufrago en las playas de esta gente.

El caso es que un feocio, que como acabo de contar no es que fuera un tipo especialmente feo, sino proveniente de aquel apareamiento divino fue bastante famoso. Según cuenta Virgilio fue el fundador de Pisa (en aquellos tiempos sin torre inclinada aún) y unos cuantos años antes fue el que construyó, siguiendo las órdenes de Ulises, el famoso caballo de Troya.

Estoy seguro que antes del equino de madera más famoso de todos los tiempos (con permiso de Clavileño) ya existían los regalos "de Estado", pero seguro que eran una vulgaridad (oro, joyas, telas, zagalicas y otro ganado, etc.) y no un presente en condiciones, como el que le hizo el bueno de Odiseo/Ulises a los troyanos. Así que podríamos decir que el rey de Ítaca inventó una costumbre que se extendería a través del tiempo, pero con poquitas cosas destacables de verdad.

Y es que para hacer un regalo en condiciones hay que pensar, y eso no está al alcance de todo el mundo. Que al final le regalan al baranda de turno algo de artesanía o una lata de anchoas y ya parece que cumples, y, hombre, creo que estas cosas pueden dar bastante más de sí.

Que le pregunten si no a los franceses, que con aquello de la grandeur se marcaron el más famoso regalo de Estado de todos los tiempos cuando en 1886 le enviaron a los americanos la Estatua de la Libertad, para celebrar el primer centenario de la independencia americana. Un regalo que pocos saben que tuvo sus más y sus menos para materializarse en Nueva York. Os cuento.

Dicen que fue un político y jurista de la France llamado Édouard de Laboulaye quien tuvo la idea, y un joven escultor alsaciano, Frédéric Auguste Bartholdi, quien hizo el modelo. Se pusieron manos a la obra y consiguieron los fondos, pcco a poco y mediante donativos, para pagar el regalo y enviarlo a las Colonias Escindidas, incluyendo la monumental estructura que habría de sustentar la estatua y que realizaría el famoso Gustave Eiffel, un ingeniero que todavía no había levantado torre alguna en los Campos de Marte.

Eligieron emplazamiento, compraron la isla (por entonces Bedloe Island) y hasta patentaron la estatua y así, el 17 de junio de 1886 Mademoiselle Liberté llegaba al puerto de Nueva York a bordo de una fragata francesa llamada Isère. Lo que pocos saben es que luego las cosas no fueron tampoco un camino de rosas, puesto que Miss Liberty llegó desmontada y el coste de montar el mecano de Monsieur Eiffel y colocarle los trozos de cobre encima fue algo elevado. Hubo incluso quien planteó que si los neoyorquinos no podían pagarla se instalara en otro lugar de iuesei, pero finalmente se consiguieron los dólares suficientes para pagar las obras. Y así, con un color muy distinto al actual -el cobre aún no se había oxidado- el 28 de octubre de 1886 el presidente estadounidense Grover Cleveland y el vicepresidente del Senado francés, Frédéric Desmons, inauguraron la Estatua de la Libertad, el regalo de los franceses a los americanos, el regalo de Estado por excelencia.

Aunque, la verdad, a mí el que más me gusta no es éste, sino uno más barato y mantenido en el tiempo, el que cada año y desde 1947 realiza la capital noruega, Oslo, que envía un abeto navideño al Reino Unido, un árbol de navidad que es colocado durante unas semanas en la londinense plaza de Trafalgar Square.

A mí me parece un detalle genial. Como agradecimiento al apoyo británico en la IIGM, los noruegos decidieron enviar este sencillo presente navideño, que es colocado en una bonita ceremonia presidida por los dos alcaldes. Porque la gratitud es perpetua y porque la sencillez no está reñida con el hecho de regalar. Un regalo de Estado que debiera ser más imitado. Que para estas cosas sí que tiene sentido el regalar.

Fotowiki: Ronald y Nancy Reagan en la celebración del I Centenario de la Estatua de la Libertad en 1986.

jueves, 2 de diciembre de 2010

De un hombre que lo pasó muy, muy mal

No es para reirse, ciertamente, pero podríamos decir que nacer en un sitio llamado Pueblonuevo del Terrible debe marcar un poco, y el protagonista de esta historia nació en dicha localidad cordobesa el 23 de febrero de 1901. Fue músico, su nombre era Emilio Díaz Ruiz y cuando leí su biografía en el extraordinario libro de Alfredo García Segura ("Músicos en Cartagena, datos biográficos y anecdóticos"), la suya me pareció una vida sobrecogedora, tristemente condenada al infortunio, que llegaría a su extremo cuando a los cuarenta años, el 23 de mayo de 1941 se quitó la vida arrojándose desde lo alto de la calle Gisbert.

El bloggero no ha conocido esa versión terrible de la calle más trabajada de la Tri, puesto que fue excavada en el monte de la Concepción por motivos más que nada militares. Los primeros proyectos, de 1864, ya hablaban de comunicar el Parque de Artillería con el puerto mediante la prolongación de la calle de la Caridad, y así sucedió entre 1878 y 1893, años en que bajo la dirección del arquitecto municipal Carlos Mancha se realizó este proyecto. Quedaba así el cerro de la Concepción cortado sobre la nueva vía (el Parque Torres vendría más tarde) y al igual que los madrileños en el popular Viaducto que prolonga la calle Bailén sobre la de Segovia, los cartageneros encontraron en ella un punto donde saltar al vacío, poniendo fin a muchas vidas sin duda desgraciadas. Aquella calle recibiría el primer apellido del político murciano que inauguró las obras (Lope Gisbert y García-Tornel, que con nombre y primer apellido tiene también calle en Lorca).

Pero volvamos atrás. La familia de Emilio Díaz se trasladó tras su nacimiento a Tomelloso y posteriormente a Madrid, donde el joven músico iniciaría su Servicio Militar en 1921. Allí se enamora de una señorita (María Cruz Alberca) nueve años mayor que él, con la que finalmente se casaría en febrero de 1926, poco después de que su padre, enfermo de cáncer, se quitara la vida.

Su suegro lo ayudó a encontrar trabajo en la orquesta del Teatro de la Zarzuela y más tarde, sabedor de su vocación por la dirección de banda, le procuró dicho cargo en la Banda de Música de Buñol (Valencia), puesto que asumió en 1927, el mismo año que nació su única hija, María Teresa.

En 1931 aprueba las oposiciones para ser Músico Mayor de la Armada y tras un breve paso por San Fernando recala en Cartagena, al frente de la Música del 3er. Regimiento de Infantería de Marina a partir del 2 de julio de 1932.

Pero ya sabemos todos que en 1936 hubo una Guerra. Una jodida guerra que enfrentó a los unos con los otros y que hizo que el odio se esparciera por estas tierras. Los músicos eran eso: músicos. Pero estaban en el sitio equivocado para que no se les tuviera en el punto de mira a partir del 39.

A Emilio Díaz lo denunció un saxofonista de su propia banda por no haberle dado el papel de solista -cuenta García Segura- en la interpretación de las Czardas de Monti en un concierto en Villena. Díaz encargó ese fragmento musical a un músico de menos graduación, pero más atinado en el empleo, y eso motivó que acabara ante los Tribunales, donde constituyeron una acusación en la que lo mostraron como "desafecto" al Régimen, entre otras cosas por haber dedicado en el 37 una pieza musical ('Comandante Baeza') a un comandante cartagenero que sería fusilado al término de la Guerra. Hasta el fiscal reconoció en el juicio que había sido denunciado por celos profesionales, pero eso no lo libró de acabar en el Penal, donde siguió escribiendo música, pese a estar cada vez más deprimido.

Fue indultado en 1940 y aunque tuvo posibilidad de trabajar en lo suyo -poco-, en 1941 fue finalmente apartado del servicio, lo que le llevó -dicen- a deprimirse aún más. El citado 23 de mayo de 1941 se encontró por la calle con la esposa de otro músico (José Torres) y le pidió por favor que le dejara la medalla de la Virgen de la Caridad que ésta llevaba al cuello. Ella se la entregó y Díaz, que al parecer tenía una extraordinaria devoción por la Patrona de Cartagena (a la que compuso una marcha de procesión en 1935 que se conserva y que me gustaría mucho oir, pues no se interpreta), subió al monte de la Concepción, y apretando fuertemente en su mano la medalla de la Virgen, saltó al vacío.

Cinco meses después su única hija fallecía de meningitis, dejando a la viuda sumida en el desconsuelo.

Y yo sé que lo suyo en estos casos es escribir historias bonitas en los blogs, pero me apetecía contaros de mi simpatía por este hombre, del que dicen fue un gran músico, de esos que uno estudia sin saber siquiera como suena su obra -que es extensa, pero uno no tiene capacidad musical para oir partituras, y nada hay grabado-. Un hombre cuya trágica vida me impresionó sobremanera.

Foto: Obras de la calle Gisbert a finales del siglo XIX.