Mis recuerdos bélicos en tiempo real se remontan a los trece años, cuando además de estudiar 8º de EGB, uno podía encontrarse por la tele con las noticias de la guerra entre Irán e Iraq o con los pormenores de la invasión soviética en Afganistán. Aquello era guerra, ciertamente, pero quizá por la inconsciencia de la edad, o porque entonces los telediarios eran en blanco y negro y no existía la ceneene, uno la veía como algo lejano, como algo distante -y no me refiero a una cuestión de kilómetros-.
Por aquel entonces, uno tenía conocimiento de la IIGM, y en menor medida (sí, en menor medida) de la Guerra Civil Española, de la que se hablaba poco en un momento en que los unos ya no hablaban de la Cruzada y los otros aún no habían empezado a revisarla. La Guerra Mundial, sin embargo y para un niño de la Tri no era algo "cercano", sino que casi había sucedido en el cine y en los libros, con mapas, estrategias, uniformes y cosas así. Casi una guerra sin muertos, que podríamos decir, porque no sé muy bien por qué, uno disociaba los combates de Rommel y Montgomery o las batallas del Pacífico de lo que más me había impresionado por entonces de aquella contienda: la persecución de los judíos que había podido ver el año anterior en los cuatro capítulos de la serie 'Holocausto', una producción de la NBC que emitió en junio de 1979 Televisión Española.
Como digo, la guerra era algo distante, del pasado o de tierras lejanas, desprovisto de crudeza y del terror que, con el tiempo, aprendí que le son intrínsecos, sea cual sea su origen, su desarrollo o su marco espacial o temporal.
Sin embargo, no habría de pasar una década antes de que la guerra se hiciera presente en toda su crudeza en Europa, con aquella sobrecogedora contienda que tuvo lugar en los Balcanes, en Croacia primero y poco después en Bosnia. Allí ya no me interesó la estrategia, el saber qué cuerpos de ejército o qué armamento estaban en posesión de cada bando, sino que me sobresaltó una guerra cruel, directa, cercana, que mataba niños y familias enteras, o que las desplazaba incluso a este tranquilo rincón de España.
Las imágenes, ya en color, eran impactantes. La destrucción por doquier. La muerte campando a sus anchas, el patrimonio cultural destruido. Ciudades, como Zagreb, que hasta entonces sólo me sonaban a baloncesto se convertían en sinónimo de muerte y destrucción. Aquí mismo, a tres horas de avión.
La tragedia, la destrucción, se colaba por la ventana. Existía. Y aquellas imágenes cruentas y sobrecogedoras no siempre eran por causas bélicas, sino que también podía provocarlas la naturaleza, como sucedió en la erupción que en noviembre de 1985 sacudió el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, dejando más de 20.000 muertos. Entre todos ellos, una niña, de nombre Omayra Sánchez, cuya agonía pudimos ver todos a través de la televisión en unas imágenes que ya no podremos olvidar nunca cuantos las contemplamos hace ya casi tres décadas. Una tragedia que sucedía tan solo dos meses después del terremoto de México, que había costado la vida a otras 10.000 personas en septiembre de ese año.
El drama de la muerte se había colado ya en la cotidianeidad de la vida, pero seguía siendo algo que pasaba lejos. Acaso te tocaba algo más cerca un accidente de autobús, que los había o, como en la tragedia del camping de los Alfaques (julio de 1978), sucedieron cuando uno aún no era consciente de algo tan brutal. De cómo la muerte y la destrucción pueden campar a sus anchas cuando menos te lo esperas.
Podría hablar del huracán Mitch en 1998, o del tsunami que azotó el Índico en 2004, ejemplos de la brutalidad de la naturaleza, momentos sobrecogedores, pero que uno piensa siempre que no le han de suceder a él. Que eso pasa lejos o que la muerte está relacionada con la debilidad de las construcciones en países menos favorecidos. Claro que luego llegan otros, como el huracán Katrina en 2005 y destroza Nueva Orleáns, pero entonces nos venden que eso se debe a que en los Estados Unidos no están preparados para actuar, porque pagan pocos impuestos y su Estado es débil ante la catástrofe (sic).
Uno está preparado para ver la botella medio llena, y así, cuando ves desmoronarse medio Japón, piensas en que hay edificios que han resistido, aunque sea en un terremoto de extrema dureza. Que es casi imposible tener tan mala suerte para que se junten varios elementos tan destructivos a la vez.
Pero como pudimos comprobar el pasado 11 de mayo en Lorca, una catástrofe puede suceder aquí mismo. Un terremoto puede ser superficial y ubicarse junto a un núcleo urbano. Por eso no se puede describir con palabras lo que aquella noche presencié en las calles de esa ciudad sin ponerlo en el mismo contexto de todo lo que he escrito hasta el momento. No exagero. Una ciudad azotada sin piedad, destrozada. Un terremoto (dos) que sorprendentemente dejaron muy pocos fallecidos para lo que todos pensamos que podría haber pasado. Y esa es la gran suerte que vivimos entonces.
Y sí. Quizá hemos demostrado que estamos preparados para actuar con rapidez. Nuestros servicios de emergencia son increibles y su capacidad de reacción y coordinación admirable. Pero eso no lo es todo. Psicológicamente creo que no estamos preparados para que la destrucción suceda aquí al lado. Ni nosotros ni nadie. Por eso me parece tan admirable el empuje de los lorquinos en salir adelante, en volver a levantar su ciudad. Mi reconocimiento a todos ellos.
Fotowiki: Bandera de Lorca, de suelo grato y castillos encumbrados, espada contra malvados y del Reino segura llave.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada