Creo que a estas alturas nadie podría sorprenderse si calificamos a la de los ochenta como la década menos glamourosa de la Historia. No hay más que ver la pinta de algunos por aquellas fechas, y no necesariamente hace falta que los busquemos en la Movida madrileña o en sus grupos musicales, que cualquiera de nosotros puede encontrar en su album de fotos algún peinado, chaqueta con hombreras, pantalón de pitillo o demás motivo de incineración fotográfica. Vale que en décadas anteriores hubo macarradas (véanse el look psicodélico o los pantalones de campana setenteros) pero creo que los ochenta se llevaron la palma.
No es de extrañar que, en todo aquel berenjenal antiestético, el cine patrio se viera salpicado y así, al tiempo que José Luis Garci sorprendía al Dorothy Chandler Pavilion, a Ghandi, a ET y al mundo entero con su dominio de la lengua de Shakespeare al recibir el primer óscar para una película española, en los cines de las Españas se proyectaban cosas como 'Deprisa, Deprisa' de Carlos Saura.
Lo del cine macarra no es, en todo caso, una creación del aragonés. Ni siquiera nació en los ochenta, que 'Perros callejeros', de José Antonio de la Loma, considerada la primera de las pelis de cine quinqui es de 1977. Pero convendréis conmigo que los ochenta ('El Pico', 'Colegas' y otras cosas de Eloy de la Iglesia) fueron especialmente fructíferos para estos cursillos de robo de coches y conducción temeraria en 35 mm. Eran los tiempos en que no se hablaba aún de "conducción ilegal de vehículos de motor", sino que se llamaba a las cosas por su nombre.
Los años del macarreo y la heroína. Los de los delincuentes de la navaja fácil, los atracos a diestro y siniestro y el hablar chungo. Y no sólo en el cine. Si en la pantalla estaban El Vaquilla o El Torete, en la Tri por aquellos años teníamos al Quinielas, que menudos estragos hacía en la puerta de algunos locales. Los teenagers aladroques le teníamos por entonces más miedo a éste que a un examen sorpresa de Matemáticas. Ni recordarlo quiero.
Con todo, dice algún estudio de esos tan serios que hay por ahí (que los hay de todo), que el título de la peli de Saura (que tomo prestado para esta entrada) es el más define a aquellos quinquis ochenteros. La suya era una vida a toda velocidad, fuera al volante de un 131 o en sus "relaciones sociales". La heroína hizo estragos, y la esperanza de vida de aquellos jóvenes no superaba los treinta. Y lo sabían. No pensaban en el futuro. Carpe Diem, pero sin saber latín.
Lo curioso es el contraste. Se supone -suponen los opinadores- que ellos vivían deprisa, lo que debería conducirnos a pensar que el resto (los niños bien) vivían -vivíamos- despacio. Puede que sea así.
En aquellos tiempos salías de tu casa, y hasta que no volvías, nadie tenía la urgente necesidad de que supieras nada. No había móviles, ni mensajes, ni internet. Si sucedía algo, era normal pensar que pasarían unas horas hasta que la gente se enterara. Y no pasaba nada. Incluso la gente se iba de vacaciones y si quería saber algo tenía que hacer cola en una cabina y llamar a algún familiar a ver cómo andaba la cosa. Y si no, estaba el "Servicio de Socorro de Radio Nacional de España", que mira que tenía que acojonar (o como se diga) eso de oir tu nombre después del parte "por asunto familiar grave".
Creo que es verdad, entonces los unos iban deprisa, deprisa, y los otros despacio, despacio. Lo jodido es saber cuándo y por qué empezamos a ir, todos, deprisa, deprisa. Y sin heroína.
Fotowiki: C21H23NO5. Heroína.

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