lunes, 6 de junio de 2011

Diez cuadros: I. Retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares (Velázquez, 1638)

Hace muchos años, mientras visitaba por enésima vez -ya entonces- el Museo del Prado no recuerdo muy bien en qué contexto, alguien me preguntó por el nombre de mi "cuadro favorito". Como por aquel entonces aún no había desarrollado la manía que adquirí más tarde con respecto a lo de establecer clasificaciones de todo, respondí a la pregunta, y lo hice mencionando el retrato ecuestre que Diego Velázquez había hecho en 1638 de Gaspar de Guzmán, el Conde-Duque de Olivares. A mi respuesta siguió una rápida pregunta: ¿Y te gusta más que 'Las Meninas'? A lo que repliqué que 'Las Meninas' no era un cuadro, sino algo más. Y me quedé tan pancho.

Pero lo cierto y verdad es que el mencionado retrato siempre ha figurado entre mis obras predilectas en la producción del sevillano Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, a cuyo progenitor, don João, imagino que le haría más bien poca gracia que el más famoso de sus hijos pasara a la posteridad con el apellido de doña Jerónima, pero intuyo que tendría que acostumbrarse a ello. Y si hablamos de la producción pictórica de aquel, sabemos que ésta fue numerosa y, sin duda alguna, de extraordinaria calidad.

Pero no me dispersaré en exceso. Al cuadro, que es lo que toca.

De entrada, Velázquez debía tener un sentimiento dual hacia el valido de Su Majestad. El Conde de Olivares y Duque de Sanlúcar la Mayor -que sería la deconstrucción del título más popular del ministro en cuestión- había nacido en Roma, donde su padre era embajador de España, pero a los veinte años, tras pasar por algunas ciudades italianas y por Madrid, acabó afincándose en Sevilla, ciudad que debió cautivarle en los ocho años que allí residió, a juzgar por lo que dicen hizo al ser nombrado como valido: llenar la Corte de andaluces.

Entre aquellos andaluces que acabaron transitando los pasillos del antiguo Alcázar madrileño se encontraba Diego Velázquez, que entre las mañas de su suegro y la beticofilia del Conde-Duque, acabó siendo pintor del rey Felipe IV. Así que supongo que cuando Velázquez quiso retratar a don Gaspar, éste no sólo era para el artista -como para el resto de cortesanos- la encarnación personificada del poder, sino que además, le debía gran parte de su carrera. Había algo "personal" en el retrato.

Hace unos años en El Prado había criterio y sensatez a la hora de exponer los cuadros, y el de Olivares se ubicaba entonces junto al del monarca al que sirvió. El brutal contraste entre ambos no resistía la más mínima comparación, y esa era, precisamente, la mayor de las virtudes que encontré en el retrato del ministro desde la primera vez que lo contemplé.

Olivares no te quita el ojo de encima. Casi te perdona la vida, mientras sostiene con fuerza un bastón de mando que se alza ante el espectador. Su caballo es todo fuerza y empuje, pero el noble no ha de hacer el más mínimo esfuerzo en sostenerlo. Digamos que gobierna con calma al brioso corcel, que, además, está en corbeta, algo que dicen que en la Historia del Arte es sinónimo de elogios hacia el jinete. El uniforme, serio y adusto. El sombrero parece apartarse para no osar tapar el rostro del todopoderoso valido.

Es el retrato de un gobernante poderoso, de un tipo que impone respeto. Manda y lo sabe. El pintor lo sabe también y, desde luego, consigue que lo sepamos también nosotros.

Ahora pongamos junto al del ministro, el retrato de su Rey. Los dos llevan el mismo uniforme, la misma banda y hasta la misma faja. Idéntico bastón de mando (cetro) en su mano derecha, y los dos montan un caballo en corbeta. Pero las diferencias son infinitas.

El rey sostiene el bastón de mando mucho más caído que el ministro, apenas cogido con los dedos. No mira al espectador, no denota la fuerza de su valido. No impone. Incluso va más allá el sevillano, y se permite un jueguecito que muy pocos han intentado antes. Cualquiera que haya estudiado un poco de heráldica sabe que los yelmos que coronan los escudos pueden mirar de frente o hacia los lados. El frontal es para el rey. Si mira hacia la izquierda (del espectador) el propietario del escudo es legítimo. Si lo hace hacia la derecha es bastardo. Adivinad la orientación de ambos cuadros...

Y de los caballos, mejor ni hablar. El de Olivares es el caballo de un militar, un corcel digno de ser pariente de Bucéfalo o de Babieca. Se encamina hacia la batalla (al fondo del cuadro, en pequeñito) y uno tiene la sensación de que montándolo no puede salir derrotado. El del rey... esto... ¿habéis visto alguna vez un tiovivo? Y eso sin contar la peculiar historia -una vez, contándola a un amigo en El Prado delante del cuadro me encontré con un corro de personas alrededor escuchando- de las seis patas del caballo de Felipe IV. Que sí, que sí. Que tiene seis patas, lo que pasa es que las traseras debieron salirle mal y las borró y se le notan las antiguas y las nuevas. Bueno, la versión oficial dice que no se qué de movimiento, pero eso son pamplinas.

Vamos, que ya sabéis cuál es uno de mis cuadros favoritos ¿Pero sigue siendo el que más? Como digo, hace años que soy esquivo cuando se trata de hacer una clasificación, pero en cualquier caso, éste es un cuadro genial. Luego, con los años conocí otros "velázquez" que me parecen sumamente interesantes. Es el caso, por ejemplo, de uno en que su autor deja ver qué aprendió en Italia, donde no todo era Caravaggio, donde hubo un antes más colorido, un "algo" más renacentista. Un cuadro genial de Diego Velázquez llamado 'La Túnica de José', que reside habitualmente en la sacristía mayor del Escorial. Lo pintó en 1630 y hoy casi es el que más me gusta de su autor. Si yo hiciera clasificaciones, claro.

Fotowiki: Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar (1587-1645), Conde de Olivares, Duque de Sanlúcar la Mayor, Marqués de Heliche y Conde de Arzarcóllar retratado por Diego Velázquez, pintor sevillano.