Dicen los diccionarios y hasta Tita Wiki que la Numerología es una pseudociencia, y el bloggero, que pasa por ser un tío de lo más formal en estas cosas, no va a contradecirlos. Que a mí lo de las artes adivinatorias me suena un poco a cuchufleta, y no consigo tomármelas en serio, por más que algunos las revistan de una seriedad cósmica y, queriendo diferenciarse de las tías esas que echan las cartas en la tele, hasta pronostiquen con todo tipo de detalles el fin del mundo para el año que viene (lo siento atléticos, nos iremos a visitar a Hades sin haber ganado la Champions).
La cuestión es que tampoco creo en las casualidades, pero lo del número doce tiene su aquel. Que si las doce tribus de Israel, que si los signos del Zodiaco, los doce meses del año, los Doce Apóstoles y hasta las doce estrellitas de la bandera europea, la de los siervos de Frau Merkel del uno al otro confín. Y doce, ni uno más, ni uno menos, son los hombres que hasta la fecha han pisado el suelo lunar. Probablemente doce de los tipos que más envidio en este mundo.
Y es que como he confesado en más de una ocasión, uno es de lo más lunático. El satélite éste que nos gastamos los humanos es de lo más molón, y aunque sé que es un sueño casi imposible (incluso más que ver cumplidos mis deseos futbolísticos), pisarlo sería una de las cosas que más me gustarían. Pero lamentablemente, cumplo más bien pocos de las condiciones del perfil.
Es cierto que uno es XY. Y sientiéndolo mucho por Leire y Bibi, a la Luna no han ido XX. Sería cosa de los tiempos, pero entre 1969 y 1972 no debía estilarse demasiado lo de poner una cuota femenina en las misiones del Programa Apolo, por lo que los doce humanos que han dejado su huella en nuestro satélite no llevaban tacones. En fin, que éste sí lo cumplo, pero me da a mí que del resto de los requisitos, ni uno.
Lo de los años ni de coña. Cuando el Apolo 11 se posó en la Luna, uno estaba a puntito de soplar dos velas en su tarta de cumpleaños. Y tampoco es que el puente aéreo espacial estuviera abierto mucho tiempo, porque el último de los Homo Sapiens Selenitas estuvo allá arriba en diciembre de 1972, y con cinco años, tampoco estaba uno para muchos vuelos. Joé, si es que hace ya casi cuarenta años que no viajamos a la Luna, así que decididamente, nací demasiado tarde para apuntarme. El mayor de los doce envidiados nació en 1923. Los dos más jóvenes en 1935, así que decididamente no doy el perfil en esta materia. Y eso que ahora estoy en una edad media excelente: el más joven tenía 36 cuando llegó a la Luna, el mayor 47 y su seguro servidor de ustedes, va a cumplir 44.
Claro que -y me da que esto es importante- tampoco nací en el lugar adecuado. Que mira que la Tri está bien para muchas cosas, y tenemos más historia que los vecinos y tal y cual, pero para haber pisado nuestro satélite es necesario ser natural de las Colonias Escindidas y el Lejano Oeste. Vale que ahora, en los transbordadores espaciales recién jubilados, han volado gentes de toda procedencia, sexo y edad, pero en los vuelos fetén, o sea en los que la cosa iba en serio y en lugar de posarte (aestacionar, supongo) en la Estación Espacial Internacional uno se permitía el lujo de pasearse por la Luna no había más bandera en sus cohetes, uniformes y demás intendencia que la de las barras y estrellas.
Ahondando un poco en ello y mirando el lugar de procedencia de estos doce elegidos, encontraremos tres de Texas, dos de Pennsylvania y uno de Ohio, New Jersey, New Hampshire, California, Carolina del Norte, Illinois y Nuevo México. Del Norte y del Sur, del Este y del Oeste. Ninguno de Cartagena. Una lástima, oye.
En fin, que no sé si el hombre volverá a pisar la Luna. Pero ahora que llega el verano y uno abandona las ciudades y descubre los cielos, cuando observa la singular belleza plateada del único satélite natural de Gaia, siente una envidia sana, pero tremenda de aquellos doce hombres, de los cuales nueve aún pueden contarlo: Neil Armstrong (n. 1930), Buzz Aldrin (1930), Pete Conrad (1930-1999), Alan Bean (1932), Alan Shepard (1923-1998), Edgar Mitchell (1930), David Scott (1932), James Irwin (1930-1991), John W. Young (1930), Charles Duke (1935), Eugene Cernan (1934) y Harrison Schmitt (1935).
Fotowiki: El escudo del Programa Apolo, el que llevó a aquellos hombres allá arriba. Diecisiete misiones entre 1967 y 1972 de las cuales las comprendidas entre el 11 y el 17 (con la conocida excepción del Apolo 13) llevaron hombres a la superficie lunar.

3 comentarios:
Magnífico post. Tenían que ser los alemanes (Fritz Lang, en concreto) quienes mostraran ya en 1928-29 su talante menos machista y más efectivo, anticipo del gran papel protagonista que el nazismo otorgaría a las féminas, en la revolucionaria y profética 'La mujer en la Luna'...
Te pego aquí la magnífica reflexión que sobre esdte maravilloso filmen escribió en su blog José Manuel García Ortega,
Director General de Actividades Cinematográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México:
"Título: La mujer en la luna (Die frau im Mond)
Dirección: Fritz Lang
Guión: Fritz Lang, Thea von Harbou
País: Alemania
Año: 1928
Duración: 162 min.
¿Habrán imaginado los primeros homínidos cómo llegar a la Luna? Nunca lo sabremos, pero sí que a partir de ellos siempre fue un motivo de inspiración para el ser humano.
Autores como Edgar Allan Poe o Cyrano de Bergerac crearon obras que tenían como elemento principal el viaje del hombre a la Luna, aproximaciones realizadas, desde luego, bajo una mera óptica fantástica. Al paso del tiempo, el avance tecnológico propició el surgimiento de novelas con trasfondo más científico; De la Tierra a la Luna, de Julio Verne y Los primeros hombres en la Luna, de H. G. Wells, son conocidos ejemplos. Los acercamientos del cine al viaje lunar no difieren mucho de éstas. Empezaron con el clásico de George Meliés en 1902, Viaje a la Luna, donde la sombra de Verne toma cuerpo con la utilización de un cañón como método de propulsión. Como referentes claros de las obras de Verne y Wells se llevaron al celuloide De la Tierra a la Luna (Byron Haskin, 1958), y Los primeros hombres en la Luna (Nathan Juran, 1964).
(sigue)
La mujer en la Luna, filmada por Fritz Lang en 1928, fue el último de sus filmes silentes. Viene a ser una continuación de la senda explorada en su obra mayor, Metrópolis (1927), aunque mucho más contenida y menos fantástica. Ambas comparten una idea común, que Lang prolongaría en muchas de sus películas: el retrato de los mecanismos del poder económico y social, el avance positivo que supone el desarrollo de la ciencia y el efecto que ésta ejercerá sobre la humanidad futura.
Escrita con su entonces compañera Thea Von Harbou, es una película sobresaliente en varios aspectos, empezando por el modo exquisito con el que fue realizada, en particular la cuidada escenografía y fotografía. La guionista debió sentirse profundamente implicada en su trabajo y el título de la película no parece casual; me inclino a pensar que tras la lamentable atracción que por el nazismo sintieron algunas realizadoras de la época —como la propia Harbou o Leni Riefenstahl— había cierto ideal de modernidad y feminismo que no resultó ser tal en el hueco interior del nacionalsocialismo alemán. Por lo demás, el guión amalgama con dosis bien medidas el melodrama, un cierto trasfondo sociopolítico —siempre magistralmente camuflado en las películas de Lang— y por supuesto, un contenido de pura ciencia-ficción que nunca defraudó en su cine.
Casi toda la información científica presentada en la película es de una consistente veracidad. La mujer en la Luna muestra por primera vez la ingravidez en el espacio, por medio de unos efectos especiales muy dignos; por otra parte, el desarrollo —todavía incipiente— de los cohetes en el periodo de entreguerras permitió vislumbrar que éste sería el medio más eficaz para viajar a nuestro satélite. El filme ofrece imágenes que podrían definirse como anticipatorias: escenas como la del lanzamiento de la nave espacial, que ahora resultan tan comunes, debieron ser una verdadera conmoción en su momento. Es famosa la anécdota que atribuye a Fritz Lang la invención de la —ahora habitual— cuenta reversible. El director señalaba que “Si empezamos a contar a partir de uno, no sabremos cuándo terminar. Pero si empezamos desde diez hacia atrás, todos sabrán que la cuenta acabará en cero”. Todos menos los matemáticos, cabría añadir. Diseñada como medio para aumentar la tensión dramática, la estrategia de Lang terminó siendo asimilada por los programas espaciales y posteriormente universalizada en infinidad de situaciones. Más tarde, la verosimilitud de lo narrado por Lang hizo que los nazis confiscaran las copias y destruyeran las maquetas de la nave espacial porque, al parecer, ponía en peligro programas secretos.
(concluye)
La película consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera, se muestran los intereses económicos y de poder que propician el viaje, logrando que los científicos se plieguen a sus exigencias. Es la parte más estructurada de la cinta, ya que además de capturar nuestro interés, cimenta los pilares de las futuras producciones de espionaje, sin obviar lecturas más hondas acerca de la condición humana.
La segunda parte muestra el viaje en sí y es en ella donde se concentran la mayoría de elementos de ciencia-ficción; lo malo es que a medida que transcurre la acción, el contenido se hace más tradicional, incluso naif, hasta llegar a un final del todo cursi. Si en el comienzo de esta segunda parte Lang muestra con detalle como se realiza, fase por fase, un viaje espacial, a partir del alunizaje la credibilidad científica desaparece.
Una vez llegados a la Luna, los viajeros hacen a un lado los trajes espaciales, ya que la atmósfera resulta ser allí similar a la de la Tierra. Aunque a fines de los años veinte ya se sabía sobre la ausencia de atmósfera en la Luna, la pareja Harbou-Lang decide ignorarlo para los fines de su fantástica historia. Tan sólo el buen quehacer del director en lo que respecta a la creación de imágenes y cuidado del suspense logra que el interés no decaiga durante el último tramo de la película".
Recordemos, Venti, que sin un genio nazi de los cohetes y misiles llamado Werner von Braun, la luna no habría sido hollada por los yankees en 1969... y que tampoco los rusos habrían puesto al Sputnik ni a Gagarin en órbita sin todos los secretos científicos y los sabios capturados en Alemania en 1945....
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