No sé si será alguna reminiscencia tribal en el subconsciente del bloggero-urbanita, pero el caso es que uno es muy de rituales. Hay cosas que se hacen de forma sistemática, periódica, repetitiva. Y comprar libros antes de irse unos días a la playa es una de esas liturgias que repito año tras año. Y en la que puedo decir que -afortunadamente- mi unigénito también se apunta.
No es que uno lea sólo en verano, aunque estos días lo que sí cambia es la materia. En invierno caen pocas novelas (aunque alguna sí -este año, para mi desgracia incluido "eso" que ha escrito últimamente Umberto Eco-) y leo más cosas raras de esas que me gustan en plan biografía, historia y similares. Sin embargo, cuando uno se explaya en la idem, además de huir de toda esa tecnología con la que lidias de forma masiva casi todo el año, la cosa se pone más novelera, más de ficción.
Lo malo es que lo que en tiempos resultaba más interesante, que era echar unas horicas en la librería de turno buscando qué comprar, ahora resulta un tedio insoportable. Y es que acabas con la sensación de que todos los libros son el mismo.
Porque a ver quién es el guapo que encuentra un libro que no cuente cosas de templarios, alguna secta extraña de la iglesia o un cura malo malísimo. Y si no es en la Edad Media, en la Guerra Civil de las narices. ¡Ah! Y por supuesto que sitúe su acción en Barcelona. Joé, si es que no hay variedad. Que recorres las mesas de novedades y tienes la sensación de que todo lo que hojeas ya lo has leído varias veces.
Así que este año he terminado por comprar una extraña combinación de libros guiris que no sé yo. En fin, ya os contaré en septiembre.
Fotowiki: Menos mal que, por lo menos, el unigénito se está leyendo a Dumas, que siempre es un consuelo.

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