domingo, 11 de septiembre de 2011

Un 11 de septiembre por la tarde

Volé. La tarde del más famoso de los onces de septiembre monté en un avión.

Había visto en casa a Matías Prats ("Al parecer, una avioneta acaba de estrellarse en Nueva York contra las conocidas Torres Gemelas" y poco después "La otra torre, Ricardo, la otra torre,... Dios Santo... es otro avión parece"). Estaba claro que era un atentado terrorista, y como era previsible, el miedo comenzó a extenderse sin freno alguno.

Mientras iba de camino al Aeropuerto de Alicante, escuché en la radio del coche cómo se derrumbaba la primera de las torres. Al llegar, y tras atravesar unos controles de seguridad extremadamente vacíos de usuarios y repletos de agentes del orden, recorrí una desértica zona de embarque, en la que los viajeros se agolpaban en un pub irlandés que hay (¿había?) frente a la puerta 8, donde unas imágenes de televisión trasladaban el horror neoyorquino a todo bicho viviente en cualquier lugar del mundo.

Es Historia, y todos habremos recordado hoy, merced a especiales de televisión lo que pasó en Nueva York, en Washington o en Pennsylvania aquel 11 de septiembre de hace diez años.

Sin embargo, no es en los hechos en los que querría centrarme, sino en las sensaciones. En algo que parecemos haber olvidado para quedarnos en lo visual o, todo lo más, en juzgar a toro pasado cómo se comportaron los unos o los otros. Pero hemos olvidado el miedo.

En el coche, camino del aeropuerto, cambiando de una a otra emisora. En el avión, mirando con desconfianza a cualquier pasajero que nos pareciera fuera de lo normal. En el taxi, mientras iba hacia el hotel pasando ante una Embajada norteamericana acordonada por tanquetas de la Policía. Aquella noche, en casa de mis primos viendo la tele. Miedo. Con mayúsculas.

Porque no se sabía cuántos aviones habían sido secuestrados, porque parecía que aquella interminable serie de atentados era interminable y que en cualquier momento, en cualquier lugar de los Estados Unidos, o quien sabe si de otros países, otro avión podría estrellarse contra un lugar emblemáticos. Las radios conservarán las grabaciones, y aunque algunos lo hayan olvidado, se dió pábulo a rumores sobre otros aviones secuestrados, sobre un segundo avión estrellado en Washington,...

Recuerdo especialmente, por lo certero, lo que dijo Felipe González (imagino que en la SER), y es sabido que no soy de piropear al expresidente. Relataba que un país como los Estados Unidos tiene un protocolo de actuación previsto para cualquier caso. Pase lo que pase hay una ficha que te indica lo que tienes que hacer. Y había pasado algo que no estaba previsto, así que se esperaba una reacción que no se sabía si sería inmediata o cuál sería. Había una incógnita más en el ambiente.

No se sabía el alcance de los ataques. Se cerró el espacio aéreo norteamericano, se especulaba con que otros países podrían seguir su ejemplo o incluso ser objetivos esa misma tarde. Y los terroristas consiguieron su objetivo, que no es otro que sembrar el terror, que hacer que todos nos sintiéramos indefensos. 

Lo que pasó después lo sabemos. Pero no está de más recordar que no sólo se atacó a los Estados Unidos. Aquel día cambió el sino de todos cuantos desde aquella tarde miramos con desconfianza al pasajero del asiento de al lado.

Fotowiki: Fotografía tomada por el Servicio Nacional de Parques de Estados Unidos disponible en Wikipedia.