Vale. Es muy posible que el bloggero sea un adicto a la Historia, y que lo interprete todo según un prisma erróneo, marcado siempre por el de dónde venimos, cómo hemos llegado hasta aquí y quiénes han sido los que lo han protagonizado. Y a lo mejor es por eso, pero echo de menos la Historia (con mayúsculas) en esto de los premios del cine.
Alguno pensará que se me ha ido la pinza del todo, que este año la Academia del Tito Óscar ha premiado a una peli muda y en blanco y negro, algo que algunos han llamado un "sincero homenaje" a la Historia del Cine. Pues no, no me vale. Vamos, que no voy por ahí.
Uno, cuando se pone a ver los Premios de la Academia, en su versión iuesei (de la española hablo luego), no puede olvidar que en realidad son los premios que otorga la industria del cine. Y la industria es, ante todo, presente. Por eso es muy difícil ver en la alfombra roja o en los asientos del Teatro Kodak (o como se llame ahora que la compañía fotera ha entrado en concurso de acreedores) a los que no están de promoción, a los que no son "rabioso" presente.
Son, y eso lo olvida mucha gente, premios para vender más entradas, para dar glamour al cine, para que los productores puedan seguir haciendo películas. Interesa el presente, aunque se tenga un respeto por el pasado, que lo tienen, aunque éste -el pasado- no sea el protagonista, sino el actor de reparto de la ceremonia. Claro que los americanos al menos tienen productores e industria cinematográfica. Tienen pasado y presente.
Si nos venimos a este lado del Atlántico, aquí no hay de eso. Aquí hay un montón de gente que vive de hacer películas -lo que me parece bien-, pero sin que exista una verdadera inversión, un riesgo, sino más bien una especie de empresa pseudoestatal, que precisa de la subvención para seguir contándonos manidas historias en la mayor parte de los casos. Que parece que los del cine son todos de la Tri de hace unas décadas, cuando todo el mundo vivía o aspiraba hacerlo de la olla grande.
El otro día, cuando después de un montón de años sin asomarme me puse a ver los Goya (¡ya no le sale una cinta cinematográfica de la cabeza a Don Francisco!), tuve la sensación -una vez más- de que el cine español debió nacer allá por mediados de los ochenta. Antes no hubo nada, ni nadie.
Lo que -en mi opinión- debía ser una fiesta del cine, con un patio de butacas en el que nunca faltaran los actores y las actrices, los directores y los técnicos que lo hicieron posible, ha olvidado a quienes estuvieron antes que ellos. Quizá porque desprecian aquel cine. Quizá porque aquellos no militan en el bando totalitario del actual panorama cinematográfico. Quizá por falta de cultura. Quién sabe.
A mí me gustaría una ceremonia en la que te sorprendiera y alegrara ver el rostro de alguien que hace años que no ves, pero que fue protagonista o secundario del cine que hubo. Porque lo hubo. Una gala en la que una gran familia se reuniera una vez al año y premiara a quien en los últimos meses ha hecho posible que el cine avance, siga vivo, siga ilusionando y emocionando a la gente. Una gala en que los rostros del presentador, los que entregan los premios y los que los reciben sean gente del cine, y no cómicos del stalinismo cinematográfico vigente.
Una gala que no tiene por qué imitar a la de los americanos -que también precisan una evolución, por cierto-, y que sea más de cine. En fn, lo dicho, que el bloggero es un bicho raro.
Fotowiki: En este mundo, después de Platón ha habido dos academias: la de la Lengua Española y la de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de las Colonias Escindidas y el Lejano Oeste. A la vista de cómo se lo montan últimamente las dos, me quedo decididamente con la que fundó el mencionado Aristocles, más conocido como Πλάτων, en el 388 a.C. Gracias Rafael Sanzio por mostrárnosla.

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